martes, 3 de noviembre de 2015
jueves, 3 de diciembre de 2009
Bonito y Mugroso
Bonito y Mugroso llegaron en una caja café con agujeros, amarrada con ixtle y con machas de orina de conejo en la parte de abajo. Acompañaban a los tomates y papas que Juan el ranchero había comprado en el mercado ambulante que iba cada dos meses al pueblo. Juan solo quería comprar a Bonito, pero eran ambos o ninguno y por cincuenta pesos, valía la pena cargar un poco de peso extra.
Bonito, que antes de llegar a la granja no tenia nombre, y respondía a “conejito numero 1”, era, tal y como su nombre lo indicaba, un conejito muy simpático y bonito. Blanco como la chingada, parecía una bolita de algodón de la que escapaban dos perfectas orejitas igual de blancas, su rostro era, si es posible decirlo, muy expresivo, casi pareciendo sonreír, tenia ojos negros y una trompita de esas que parecen a punto de dar un beso. La nariz respingada y unos bigotes perfectamente simétricos daban el toque final a la cara de Bonito. La cola era, otra bola de algodón blanca como la chingada, solo que un poco mas pequeña. Si Bonito hubiera vivido en una gran ciudad, lo mas probable era que terminase de modelo conejil de comerciales de pañales de Bebe y rollos pachoncitos de papel higiénico.
Mugroso, que antes de llegar a la granja tampoco tenia nombre, y respondía a “POR DIOS, QUE LE PASA A ESE CONEJO!?”, no era un conejito muy simpático y bonito. Tenia un color que se podía ubicar entre “negro sucio” y “café basura”, y parecía mas que nada, una cruel broma de dios. La falta de pelaje en ciertas áreas de su cuerpo, lo hacían ver flaco y enfermo, tenia una oreja caída que a causa de la fricción con el suelo, comenzaba a tener costras, y la otra oreja era tiesa y porosa, y parecía mas que bien una especie de tumor. Tenia un diente chueco, o mas bien recto, recto respecto al otro diente, pues formaban un perfecto ángulo de noventa grados. La falta de bigotes y la nariz hundida no eran tan notorios, quizá por que el ojo salido era lo que mas llamaba la atención. La cola de Mugroso no tenia ni un solo pelo y parecía una lombriz muerta. Si Mugroso hubiera vivido en una gran ciudad, lo mas probable era que terminase de modelo conejil de comerciales de exterminio de ratas.
Fueron nombrados asi por la hija de Juan el ranchero, y eran nombres precisos en cuanto a su relación con la realidad, que surgieron de manera espontanea cuando la niña vio a los animalitos.
“que bonito!” fue lo que dijo cuado vio al tierno conejito y asi se llamo desde aquel momento.
“mugroso!” fue en cambio, el final de una serie de adjetivos que la niña enumero cuando vio al otro conejito, y que si se hubiese llamado como el primero de esos adjetivos, para referirse a el se tendría que hacer unos de esos sonidos guturales que preceden al vomito.
Juan el ranchero habilito un viejo cuchitril para que los dos conejos vivieran. Comenzó a sacar toda la inmundicia de cerdo y se detuvo cuando llevaba la mitad. Quito tablas de las paredes con las que construyo una pequeña camita donde coloco un mullido cojín que su esposa hizo. La cama era tan alta que no dejaba que el sol llegara a la otra mitad del conejal. Limpio el suelo de piedras y hierba mala que empujo hacia el otro lado por que no quería cansarse mucho. Al final, la hija de Juan pinto con letras rosas el nombre de bonito encima del suave cojín. La familia de Juan se sorprendió cuando dejaron entrar a ambos conejos y Bonito se movió grácilmente hacia su cama mientras que mugroso se arrastro hacia una sucia, fría y maloliente esquina del conejal. Eso era por que los conejos observaron todo el proceso de construcción.
“sabes que están haciendo Mugroso?”
“creo que nuestra casa Bonito”
“No Mugroso. Están haciendo mi casa, mi cama y mi conejal. Eso donde esta toda la basura es donde tu vivirás. Porque asi es como deben ser las cosas, yo me iré hacia el altar que ellos me edifican y tu te iras a una esquina, manteniéndote atento por si necesito algo”
“pero…”
“pero nada Mugroso! Asi es como son las cosas y deberías sentirte agradecido que te deje vivir en el mismo lugar que yo”
Mugroso, que mas que débil era noble, no dijo nada. Cuando entraron al conejal, vio como Bonito brincaba hacia su cama bajo la mirada aprobatoria de la familia de Juan el ranchero, suspiro y luego camino torpemente hacia el otro lado, donde se hizo bolita para asi tratar de mitigar el frio que tenia por estar sobre un suelo mojado por excrementos de marrano y por no tener sol, que era obstruido por el cojín de Bonito, que el mismo había colocado asi, ya para estar mas cómodo, ya para no compartir el calor.
Asi era la vida de los dos conejos, cada mañana muy temprano, Juan el ranchero abría la puerta del conejal y alimentaba a los animalitos. A Bonito le mandaban traer bombones franceses de la ciudad, le daban leche fresca y apartaban las mejores verduras de cada cosecha diaria para el. Solo bebía agua embotellada y nunca compartía nada con Mugroso. Mugroso era el ultimo de una larga cadena de alimentación, donde primero estaba Bonito, luego la hija de Juan, luego Juan, luego su esposa, el gato, los perros, los caballos, las gallinas, las vacas, los borregos, los marranos, las ratas y al final el. Su dieta incluía lo que no se añadía al friego por temor de que los chanchos enfermasen, restos de placenta de perra parida y escroto de marrano viejo, todo servido en un muy sucio recipiente donde también, de vez en cuando, le echaban agua estancada de los bebederos de los otros animales.
“estoy harto de estos bombones! Siempre es lo mismo, estos humanos deberían preocuparse un poco mas por mi y tratar de conseguir comida diferente de vez en cuando…”
“creo que tenemos mucha suerte Bonito, los humanos son muy buenos con nosotros al darnos un techo y comida”
“no mugroso, tu tienes suerte, suerte de que yo te deje vivir aquí, suerte de que los humanos aun no te hayan tirado a la basura, creo que incluso tienes suerte de estar vivo, para mi en cambio, esto es solo una pequeña parte de que lo merezco, ellos tienen suerte de tenerme aquí, tu tienes suerte de tenerme aquí, en cuanto asi lo desee, me voy a una mejor vida…” decía Bonito panza pa`rriba y con la pata cruzada, lo decía de manera muy solemne sin siquiera mirar a Mugroso, mientras mordisqueaba perezosamente un bombón. Mugroso no dijo nada, había movido su vieja cazuela para estar mas cerca del sol, además de que asi, de vez en vez, a Bonito se le caían pedazos de bombón o verduras que Mugroso comía con avidez. Estiraba su pequeño cuello para alcanzar el fondo de la hoya, quizá hubiere agua, quizá restos de placenta de perra parida, hacia días que no comía y con cada esfuerzo, un rictus de dolor invadía su rostro.
Y es que si hubiese habido un conejo doctor, o mejor dicho, un grupo de conejos doctores investigadores de alguna universidad de conejos que hubiesen estudiado a Mugroso y Bonito, estos hubieran descubierto las condiciones por las que Bonito y Mugroso eran de la manera que eran.
Bonito, que era soberbio y hedonista, tenia un exceso de serotonina en el cerebro, neurotransmisor que funciona como puentes entre las neuronas cuando estas procesan el placer. Asi, un nivel bajo de serotonina provoca depresión o desgano, mientras que el exceso de esta, euforia y desprendimiento de la realidad. Bonito vivía cerca de lo que podía considerarse un orgasmo interminable que no tenia nada de sexual, solo con rascarse la panza se le iban los ojos de gozo, y es que con 600% mas de serotonina de que lo que un conejo normal debería tener, solo eso era necesario para que Bonito alcanzara el séptimo cielo. Mugroso en cambio, era mas complejo que eso. Si ese grupo de conejos doctores investigadores hubiera existido, al descubrir la enfermedad de Mugroso, seguramente la hubieran llamado “síndrome de Mugroso”. Su enfermedad era tan extraña, que el seria el único caso registrado en la historia de la medicina de conejos. Una deficiencia genética que parecía mas una broma de Dios que otra cosa, la fauna intestinal de Mugroso había sufrido un increíble proceso evolutivo en solo dos o tres días. Habían crecido hasta convertirse en organismos un poco mas pequeños que las larvas de pulga, que debido a su tamaño, dejaron de tener espacio en el intestino de Mugroso, por lo se desplazaron a todo el cuerpo del pobre conejito. Ya instalados ahí, formaron colonias en los huesos, alimentándose de los nutrientes y hormonas que circulaban por el cuerpo. Al principio esto no era tan malo, pero cuando descubrieron que al morder y lastimar el cuerpo de Mugroso, este liberaba mas hormonas tratando de mitigar el horrible dolor que los parásitos le causaban, el físico de Mugroso comenzó a sufrir deterioros. Mugroso era un conejo feo por que todo su organismo trataba de mitigar el dolor causado por la fauna intestinal súperdesarrollada. Asi que además de tener que aguantar su fealdad, Mugroso vivía en una interminable agonía física.
En ese tenor continuo la vida de Bonito y Mugroso, porque realmente no mucho podía pasar para dos conejos que Vivian en un conejal de un ranchito perdido en medio de la nada. Bonito dormía gran parte del día, casi quince horas diarias, incluso mas de veinte, solo despertaba para mordisquear su comida y se había vuelto tan perezoso que para hacer sus necesidades no se bajaba de la cama, solo asomaba el rabito por el borde de la misma y dejaba caer todo el asunto. Rascarse la panza se había convertido en su actividad favorita, y lo perfeccionándolo al grado tal, de solo tener que hacerlo por unos minutos antes de que se desmayara de placer. También se había vuelto muy bueno para arrojarle a Mugroso las sobras de comida a la cabeza. Las dejaba secar dos semanas para que estuvieran duras (y de paso, no se pudieran comer) y luego se las arrojaba al desdichado de Mugroso. Esto surgió, porque en ocasiones, Mugroso despertaba en la noche gritando por el dolor causado por su enfermedad, cosa que interrumpía el sueño de Bonito, por lo que a punta de verdurasoz duros, Mugroso aprendió a que no debía de gritar ni llorar, por que eso molestaba a Bonito. Mugroso por otro lado, tenia un ritmo de vida muy distinto al de Bonito. Dormía muy poco. El dolor era demasiado como para hacerlo profundamente, su sueño diario apenas si llegaba a las tres o cuatro horas. Seguía comiendo muy mal, por lo que se veía mas flaco y enfermo que de costumbre., además que por los golpes que Bonito le daba, perdió la vista del ojo izquierdo. Había acondicionado una esquina del conejal como cama, aunque esto solo fuesen ramitas secas que el viento traía de vez en cuando, la humedad seguía filtrándose y la mayor parte del tiempo Mugroso estaba mojado y friolento. No conversaban mucho, rara vez Bonito le hablaba a Mugroso, llegando al punto de que Bonito pasara semanas sin siquiera voltear a verlo, aunque Mugroso siempre estaba esperanzado en que Bonito le dirigiera la palabra. El único placer de Mugroso, lo único que mitigaba un poco el dolor, el horrible dolor, era contemplar por un pequeño agujero el campo. Duraba horas y horas observando el cielo azul sobre los verdes campos, los pájaros tan bonitos y libres volando de aquí para allá, los perros que jugueteaban y los caballos que corrían noblemente. El único consuelo de Mugroso, era saberse parte de ese todo que el ranchito era para el. Aunque cuando Bonito llegaba a sorprenderlo viendo por el agujero, un certero zanahoriazo en la nuca lo despertaba de su letargo, a lo cual seguía por lo regular, una o dos lagrimas de Mugroso, y luego una estridente carcajada de Bonito, que usualmente se desmayaba de placer cuando reía tanto.
Un día Juan el ranchero no se presento por la mañana, cosa que intrigo mucho a Mugroso y cosa que a Bonito francamente no le importaba. Al siguiente dia tampoco apareció, y Mugroso comenzaba a preocuparse y mientras Bonito seguía rascándose la panza. Otro dia paso y otro, al quinto dia Mugroso comenzó a notar que no se escuchaban sonidos producidos por los humanos, y al bajar el montón de bombones de Bonito, este también se preocupo. Otros dos días pasaron y a Bonito la situación no le cuadraba en absoluto, cada dia había menos bombones y las botellas de agua comenzaban a escasear. A los diez días de que Juan no apareció, Bonito decidió hablarle a Mugroso.
“esto esta mal Mugroso, muy mal. ¿Ahora quien traerá mis bombones y mi agua? Tenemos que hacer algo antes de que se me acaben”
“algo esta definitivamente mal, los humanos me preocupan, espero que no les haya pasado nada malo…”
“a quien le importan los humanos! Estamos hablando de mi! De mi, de mi, de mi! Tienes que comenzar a hacer un agujero o a romper las rejas para que salgas y me traigas mas botellas de agua y bombones!”
“si, estaba pensando que…”
“nada! Tu no debes de pensar Mugroso! Déjame eso a mi, tu solo debes preocuparte por mi, por mis bombones, por mi felicidad! Asi que comienza a morder esos alambres con tus horribles dientes, cava con tus contrahechas patas, no me importa si tienes que romper la madera con tu inmunda cabeza, pero tienes que hacerme una salida y rápido!” gritaba Bonito fuera de si, y de tanta excitación, resbalo con un bombón, trato de sujetarse con una de sus botellas, pero todo lo que logro fue caer con todo y agua. Bonito se desmayo por el golpe (era un conejo delicado y fácilmente se desmayaba), quedando empapado en suelo. Mugroso muy asustado corrió a ver si estaba bien, con las pocas fuerzas que le quedaban por no haber comido casi nada en las ultimas dos semanas, movió a Bonito a su cama, y espero a ver si reaccionaba. Lo cubrió con una las muchas mantas que la hija de Juan hizo para que no le diera frio e intento darle de beber. Bonito continuaba sin volver en si, y apenas si movía la cabeza mientras decía algo entre dientes. El sueño de Bonito se extendió toda la noche, misma que Mugroso paso al lado de el, velando que todo estuviera bien, tapándolo y revisando su temperatura. Mugroso suspiraba y suspiraba, y la mañana lo encontró a un lado de Bonito. Mugroso le daba de comer bombones que el no toco, por temor a que se acabaran, sabiendo que en ese momento, Bonito los necesitaba mas. De nuevo se hizo de noche y Mugroso continuaba cuidando a Bonito. Una angustia muy fuerte invadió a Mugroso, tan fuerte que se olvido de su propio dolor. Mugroso consideraba que Bonito era por mucho, su único amigo, y sabia que en el fondo lo quería. Por fin el sueño venció a Mugroso, que se quedo dormido al pie de la cama de Bonito.
Al siguiente dia, Juan el ranchero entro al conejal, olía a tequila y tenia la finta de haber llorado. Un hombre de traje estaba detrás de el y traía una jaula en la mano. El ruido despertó a Bonito, que realmente solo había estado durmiendo como regularmente lo hacia. Cuando vio al hombre, supo que esa era una ocasión especial. Se bajo de la cama y se limpio las patas en lo que el creía era una de sus mantas, pero que realmente se trataba de Mugroso que estaba completamente vencido y débil por los días que paso en vela cuidando a Bonito. Cuando Bonito vio que se trataba de Mugroso, de un puntapié lo mando de nuevo al suelo, no quería que lo vieran al lado de aquel horrible conejo. Mugroso despertó por el golpe, pero no tenia fuerzas para hacer nada. Apenas si logro levantar la cabeza para ver como metían a mugroso en la jaula que aquel hombre de traje traía, luego se desvaneció.
A Juan el ranchero, su esposa lo había dejado por otro, por lo que la ausencia en el conejal se debía a que Juan agarro una de esas borracheras de días. Aquel hombre que se llevo a Bonito, era el representante de una importante compañía de crianza de conejos., que escucho rumores de que en ese pueblucho, vivía un conejo casi perfecto, y compro a Bonito para tenerlo de semental en una de las muchas granjas que la compañía tenia en Europa. Bonito paso el resto de sus días comiendo bombones y caviar, rodeado de muchas conejitas que constantemente eran remplazadas por conejas mas jóvenes y bellas para el goce de Bonito. Tuvo mucha descendencia y murió de un orgasmo después de muchos años. Mugroso se quedo en la granja, también vivió muchos años, aunque los hizo en la mas inmensa agonía que un conejo pudiese soportar. Juan el ranchero dejo el ranchito para irse a la ciudad, vendió todos los animales, excepto a Mugroso, del que ni siquiera se acordaba. Mugroso se quedo solo en el conejal, los parásitos de su cuerpo habían comenzado a expandirse y a construir colonias en el maltrecho cuerpo del conejito. Mugroso paso sus últimos años de vida, como una masa informe de carne del tamaño de un cerdo. Los parásitos, aunque lo lastimasen mucho, no llegaban a matarlo, por que entonces se quedarían sin su fuente de alimentación, por lo que lo mantenían con vida para poder seguir comiéndoselo muy despacio, hasta que un dia, cuando los parásitos se contaban por millones y la piel de Mugroso no resistió mas, literalmente reventó dejando las paredes del conejal repletas de tripas de conejo y parásitos de todos colores, en medio del ultimo grito de agonía de Mugroso.
Bonito, que antes de llegar a la granja no tenia nombre, y respondía a “conejito numero 1”, era, tal y como su nombre lo indicaba, un conejito muy simpático y bonito. Blanco como la chingada, parecía una bolita de algodón de la que escapaban dos perfectas orejitas igual de blancas, su rostro era, si es posible decirlo, muy expresivo, casi pareciendo sonreír, tenia ojos negros y una trompita de esas que parecen a punto de dar un beso. La nariz respingada y unos bigotes perfectamente simétricos daban el toque final a la cara de Bonito. La cola era, otra bola de algodón blanca como la chingada, solo que un poco mas pequeña. Si Bonito hubiera vivido en una gran ciudad, lo mas probable era que terminase de modelo conejil de comerciales de pañales de Bebe y rollos pachoncitos de papel higiénico.
Mugroso, que antes de llegar a la granja tampoco tenia nombre, y respondía a “POR DIOS, QUE LE PASA A ESE CONEJO!?”, no era un conejito muy simpático y bonito. Tenia un color que se podía ubicar entre “negro sucio” y “café basura”, y parecía mas que nada, una cruel broma de dios. La falta de pelaje en ciertas áreas de su cuerpo, lo hacían ver flaco y enfermo, tenia una oreja caída que a causa de la fricción con el suelo, comenzaba a tener costras, y la otra oreja era tiesa y porosa, y parecía mas que bien una especie de tumor. Tenia un diente chueco, o mas bien recto, recto respecto al otro diente, pues formaban un perfecto ángulo de noventa grados. La falta de bigotes y la nariz hundida no eran tan notorios, quizá por que el ojo salido era lo que mas llamaba la atención. La cola de Mugroso no tenia ni un solo pelo y parecía una lombriz muerta. Si Mugroso hubiera vivido en una gran ciudad, lo mas probable era que terminase de modelo conejil de comerciales de exterminio de ratas.
Fueron nombrados asi por la hija de Juan el ranchero, y eran nombres precisos en cuanto a su relación con la realidad, que surgieron de manera espontanea cuando la niña vio a los animalitos.
“que bonito!” fue lo que dijo cuado vio al tierno conejito y asi se llamo desde aquel momento.
“mugroso!” fue en cambio, el final de una serie de adjetivos que la niña enumero cuando vio al otro conejito, y que si se hubiese llamado como el primero de esos adjetivos, para referirse a el se tendría que hacer unos de esos sonidos guturales que preceden al vomito.
Juan el ranchero habilito un viejo cuchitril para que los dos conejos vivieran. Comenzó a sacar toda la inmundicia de cerdo y se detuvo cuando llevaba la mitad. Quito tablas de las paredes con las que construyo una pequeña camita donde coloco un mullido cojín que su esposa hizo. La cama era tan alta que no dejaba que el sol llegara a la otra mitad del conejal. Limpio el suelo de piedras y hierba mala que empujo hacia el otro lado por que no quería cansarse mucho. Al final, la hija de Juan pinto con letras rosas el nombre de bonito encima del suave cojín. La familia de Juan se sorprendió cuando dejaron entrar a ambos conejos y Bonito se movió grácilmente hacia su cama mientras que mugroso se arrastro hacia una sucia, fría y maloliente esquina del conejal. Eso era por que los conejos observaron todo el proceso de construcción.
“sabes que están haciendo Mugroso?”
“creo que nuestra casa Bonito”
“No Mugroso. Están haciendo mi casa, mi cama y mi conejal. Eso donde esta toda la basura es donde tu vivirás. Porque asi es como deben ser las cosas, yo me iré hacia el altar que ellos me edifican y tu te iras a una esquina, manteniéndote atento por si necesito algo”
“pero…”
“pero nada Mugroso! Asi es como son las cosas y deberías sentirte agradecido que te deje vivir en el mismo lugar que yo”
Mugroso, que mas que débil era noble, no dijo nada. Cuando entraron al conejal, vio como Bonito brincaba hacia su cama bajo la mirada aprobatoria de la familia de Juan el ranchero, suspiro y luego camino torpemente hacia el otro lado, donde se hizo bolita para asi tratar de mitigar el frio que tenia por estar sobre un suelo mojado por excrementos de marrano y por no tener sol, que era obstruido por el cojín de Bonito, que el mismo había colocado asi, ya para estar mas cómodo, ya para no compartir el calor.
Asi era la vida de los dos conejos, cada mañana muy temprano, Juan el ranchero abría la puerta del conejal y alimentaba a los animalitos. A Bonito le mandaban traer bombones franceses de la ciudad, le daban leche fresca y apartaban las mejores verduras de cada cosecha diaria para el. Solo bebía agua embotellada y nunca compartía nada con Mugroso. Mugroso era el ultimo de una larga cadena de alimentación, donde primero estaba Bonito, luego la hija de Juan, luego Juan, luego su esposa, el gato, los perros, los caballos, las gallinas, las vacas, los borregos, los marranos, las ratas y al final el. Su dieta incluía lo que no se añadía al friego por temor de que los chanchos enfermasen, restos de placenta de perra parida y escroto de marrano viejo, todo servido en un muy sucio recipiente donde también, de vez en cuando, le echaban agua estancada de los bebederos de los otros animales.
“estoy harto de estos bombones! Siempre es lo mismo, estos humanos deberían preocuparse un poco mas por mi y tratar de conseguir comida diferente de vez en cuando…”
“creo que tenemos mucha suerte Bonito, los humanos son muy buenos con nosotros al darnos un techo y comida”
“no mugroso, tu tienes suerte, suerte de que yo te deje vivir aquí, suerte de que los humanos aun no te hayan tirado a la basura, creo que incluso tienes suerte de estar vivo, para mi en cambio, esto es solo una pequeña parte de que lo merezco, ellos tienen suerte de tenerme aquí, tu tienes suerte de tenerme aquí, en cuanto asi lo desee, me voy a una mejor vida…” decía Bonito panza pa`rriba y con la pata cruzada, lo decía de manera muy solemne sin siquiera mirar a Mugroso, mientras mordisqueaba perezosamente un bombón. Mugroso no dijo nada, había movido su vieja cazuela para estar mas cerca del sol, además de que asi, de vez en vez, a Bonito se le caían pedazos de bombón o verduras que Mugroso comía con avidez. Estiraba su pequeño cuello para alcanzar el fondo de la hoya, quizá hubiere agua, quizá restos de placenta de perra parida, hacia días que no comía y con cada esfuerzo, un rictus de dolor invadía su rostro.
Y es que si hubiese habido un conejo doctor, o mejor dicho, un grupo de conejos doctores investigadores de alguna universidad de conejos que hubiesen estudiado a Mugroso y Bonito, estos hubieran descubierto las condiciones por las que Bonito y Mugroso eran de la manera que eran.
Bonito, que era soberbio y hedonista, tenia un exceso de serotonina en el cerebro, neurotransmisor que funciona como puentes entre las neuronas cuando estas procesan el placer. Asi, un nivel bajo de serotonina provoca depresión o desgano, mientras que el exceso de esta, euforia y desprendimiento de la realidad. Bonito vivía cerca de lo que podía considerarse un orgasmo interminable que no tenia nada de sexual, solo con rascarse la panza se le iban los ojos de gozo, y es que con 600% mas de serotonina de que lo que un conejo normal debería tener, solo eso era necesario para que Bonito alcanzara el séptimo cielo. Mugroso en cambio, era mas complejo que eso. Si ese grupo de conejos doctores investigadores hubiera existido, al descubrir la enfermedad de Mugroso, seguramente la hubieran llamado “síndrome de Mugroso”. Su enfermedad era tan extraña, que el seria el único caso registrado en la historia de la medicina de conejos. Una deficiencia genética que parecía mas una broma de Dios que otra cosa, la fauna intestinal de Mugroso había sufrido un increíble proceso evolutivo en solo dos o tres días. Habían crecido hasta convertirse en organismos un poco mas pequeños que las larvas de pulga, que debido a su tamaño, dejaron de tener espacio en el intestino de Mugroso, por lo se desplazaron a todo el cuerpo del pobre conejito. Ya instalados ahí, formaron colonias en los huesos, alimentándose de los nutrientes y hormonas que circulaban por el cuerpo. Al principio esto no era tan malo, pero cuando descubrieron que al morder y lastimar el cuerpo de Mugroso, este liberaba mas hormonas tratando de mitigar el horrible dolor que los parásitos le causaban, el físico de Mugroso comenzó a sufrir deterioros. Mugroso era un conejo feo por que todo su organismo trataba de mitigar el dolor causado por la fauna intestinal súperdesarrollada. Asi que además de tener que aguantar su fealdad, Mugroso vivía en una interminable agonía física.
En ese tenor continuo la vida de Bonito y Mugroso, porque realmente no mucho podía pasar para dos conejos que Vivian en un conejal de un ranchito perdido en medio de la nada. Bonito dormía gran parte del día, casi quince horas diarias, incluso mas de veinte, solo despertaba para mordisquear su comida y se había vuelto tan perezoso que para hacer sus necesidades no se bajaba de la cama, solo asomaba el rabito por el borde de la misma y dejaba caer todo el asunto. Rascarse la panza se había convertido en su actividad favorita, y lo perfeccionándolo al grado tal, de solo tener que hacerlo por unos minutos antes de que se desmayara de placer. También se había vuelto muy bueno para arrojarle a Mugroso las sobras de comida a la cabeza. Las dejaba secar dos semanas para que estuvieran duras (y de paso, no se pudieran comer) y luego se las arrojaba al desdichado de Mugroso. Esto surgió, porque en ocasiones, Mugroso despertaba en la noche gritando por el dolor causado por su enfermedad, cosa que interrumpía el sueño de Bonito, por lo que a punta de verdurasoz duros, Mugroso aprendió a que no debía de gritar ni llorar, por que eso molestaba a Bonito. Mugroso por otro lado, tenia un ritmo de vida muy distinto al de Bonito. Dormía muy poco. El dolor era demasiado como para hacerlo profundamente, su sueño diario apenas si llegaba a las tres o cuatro horas. Seguía comiendo muy mal, por lo que se veía mas flaco y enfermo que de costumbre., además que por los golpes que Bonito le daba, perdió la vista del ojo izquierdo. Había acondicionado una esquina del conejal como cama, aunque esto solo fuesen ramitas secas que el viento traía de vez en cuando, la humedad seguía filtrándose y la mayor parte del tiempo Mugroso estaba mojado y friolento. No conversaban mucho, rara vez Bonito le hablaba a Mugroso, llegando al punto de que Bonito pasara semanas sin siquiera voltear a verlo, aunque Mugroso siempre estaba esperanzado en que Bonito le dirigiera la palabra. El único placer de Mugroso, lo único que mitigaba un poco el dolor, el horrible dolor, era contemplar por un pequeño agujero el campo. Duraba horas y horas observando el cielo azul sobre los verdes campos, los pájaros tan bonitos y libres volando de aquí para allá, los perros que jugueteaban y los caballos que corrían noblemente. El único consuelo de Mugroso, era saberse parte de ese todo que el ranchito era para el. Aunque cuando Bonito llegaba a sorprenderlo viendo por el agujero, un certero zanahoriazo en la nuca lo despertaba de su letargo, a lo cual seguía por lo regular, una o dos lagrimas de Mugroso, y luego una estridente carcajada de Bonito, que usualmente se desmayaba de placer cuando reía tanto.
Un día Juan el ranchero no se presento por la mañana, cosa que intrigo mucho a Mugroso y cosa que a Bonito francamente no le importaba. Al siguiente dia tampoco apareció, y Mugroso comenzaba a preocuparse y mientras Bonito seguía rascándose la panza. Otro dia paso y otro, al quinto dia Mugroso comenzó a notar que no se escuchaban sonidos producidos por los humanos, y al bajar el montón de bombones de Bonito, este también se preocupo. Otros dos días pasaron y a Bonito la situación no le cuadraba en absoluto, cada dia había menos bombones y las botellas de agua comenzaban a escasear. A los diez días de que Juan no apareció, Bonito decidió hablarle a Mugroso.
“esto esta mal Mugroso, muy mal. ¿Ahora quien traerá mis bombones y mi agua? Tenemos que hacer algo antes de que se me acaben”
“algo esta definitivamente mal, los humanos me preocupan, espero que no les haya pasado nada malo…”
“a quien le importan los humanos! Estamos hablando de mi! De mi, de mi, de mi! Tienes que comenzar a hacer un agujero o a romper las rejas para que salgas y me traigas mas botellas de agua y bombones!”
“si, estaba pensando que…”
“nada! Tu no debes de pensar Mugroso! Déjame eso a mi, tu solo debes preocuparte por mi, por mis bombones, por mi felicidad! Asi que comienza a morder esos alambres con tus horribles dientes, cava con tus contrahechas patas, no me importa si tienes que romper la madera con tu inmunda cabeza, pero tienes que hacerme una salida y rápido!” gritaba Bonito fuera de si, y de tanta excitación, resbalo con un bombón, trato de sujetarse con una de sus botellas, pero todo lo que logro fue caer con todo y agua. Bonito se desmayo por el golpe (era un conejo delicado y fácilmente se desmayaba), quedando empapado en suelo. Mugroso muy asustado corrió a ver si estaba bien, con las pocas fuerzas que le quedaban por no haber comido casi nada en las ultimas dos semanas, movió a Bonito a su cama, y espero a ver si reaccionaba. Lo cubrió con una las muchas mantas que la hija de Juan hizo para que no le diera frio e intento darle de beber. Bonito continuaba sin volver en si, y apenas si movía la cabeza mientras decía algo entre dientes. El sueño de Bonito se extendió toda la noche, misma que Mugroso paso al lado de el, velando que todo estuviera bien, tapándolo y revisando su temperatura. Mugroso suspiraba y suspiraba, y la mañana lo encontró a un lado de Bonito. Mugroso le daba de comer bombones que el no toco, por temor a que se acabaran, sabiendo que en ese momento, Bonito los necesitaba mas. De nuevo se hizo de noche y Mugroso continuaba cuidando a Bonito. Una angustia muy fuerte invadió a Mugroso, tan fuerte que se olvido de su propio dolor. Mugroso consideraba que Bonito era por mucho, su único amigo, y sabia que en el fondo lo quería. Por fin el sueño venció a Mugroso, que se quedo dormido al pie de la cama de Bonito.
Al siguiente dia, Juan el ranchero entro al conejal, olía a tequila y tenia la finta de haber llorado. Un hombre de traje estaba detrás de el y traía una jaula en la mano. El ruido despertó a Bonito, que realmente solo había estado durmiendo como regularmente lo hacia. Cuando vio al hombre, supo que esa era una ocasión especial. Se bajo de la cama y se limpio las patas en lo que el creía era una de sus mantas, pero que realmente se trataba de Mugroso que estaba completamente vencido y débil por los días que paso en vela cuidando a Bonito. Cuando Bonito vio que se trataba de Mugroso, de un puntapié lo mando de nuevo al suelo, no quería que lo vieran al lado de aquel horrible conejo. Mugroso despertó por el golpe, pero no tenia fuerzas para hacer nada. Apenas si logro levantar la cabeza para ver como metían a mugroso en la jaula que aquel hombre de traje traía, luego se desvaneció.
A Juan el ranchero, su esposa lo había dejado por otro, por lo que la ausencia en el conejal se debía a que Juan agarro una de esas borracheras de días. Aquel hombre que se llevo a Bonito, era el representante de una importante compañía de crianza de conejos., que escucho rumores de que en ese pueblucho, vivía un conejo casi perfecto, y compro a Bonito para tenerlo de semental en una de las muchas granjas que la compañía tenia en Europa. Bonito paso el resto de sus días comiendo bombones y caviar, rodeado de muchas conejitas que constantemente eran remplazadas por conejas mas jóvenes y bellas para el goce de Bonito. Tuvo mucha descendencia y murió de un orgasmo después de muchos años. Mugroso se quedo en la granja, también vivió muchos años, aunque los hizo en la mas inmensa agonía que un conejo pudiese soportar. Juan el ranchero dejo el ranchito para irse a la ciudad, vendió todos los animales, excepto a Mugroso, del que ni siquiera se acordaba. Mugroso se quedo solo en el conejal, los parásitos de su cuerpo habían comenzado a expandirse y a construir colonias en el maltrecho cuerpo del conejito. Mugroso paso sus últimos años de vida, como una masa informe de carne del tamaño de un cerdo. Los parásitos, aunque lo lastimasen mucho, no llegaban a matarlo, por que entonces se quedarían sin su fuente de alimentación, por lo que lo mantenían con vida para poder seguir comiéndoselo muy despacio, hasta que un dia, cuando los parásitos se contaban por millones y la piel de Mugroso no resistió mas, literalmente reventó dejando las paredes del conejal repletas de tripas de conejo y parásitos de todos colores, en medio del ultimo grito de agonía de Mugroso.
martes, 24 de noviembre de 2009
Otro fragmento
Recuerdo que en los últimos días de vida de la abuela, nadie en la casa decía una sola palabra. Ni siquiera estoy segura de que la abuela aun escuchara, pero parecía que nadie quería interrumpir su agonía. Desde antes de que la abuela enfermara, yo tenia la costumbre de correr en el parque antes de ir al trabajo, luego tomaba café con la abuela en el balcón. Recuerdo que siempre la encontraba sentada con un rosario en la mano, en ocasiones sonriendo, y otras veces al borde del llanto. Nunca pregunte porque. La abuela no hablaba mucho, supongo que yo tampoco lo hago, solo nos sentábamos a ver salir el sol sin decir nada. Son los únicos recuerdos que tengo de la abuela antes de que enfermara.
Era curioso, pero la casa parecía morir junto con ella. Las tías iban a diario a hacer el aseo, regaban las plantas y hacían comida. La casa no estaba sucia, pero se sentía un ambiente mortecino, la luz parecía mas tenue, el sol no lograba entrar por completo y el aire estaba completamente enrarecido. La habitación de la abuela originalmente estaba en el segundo piso, cuando su enfermedad comenzó a empeorar la cambiaron al piso de abajo, hacia al final de su enfermedad decidieron volver a instalarla en la planta alta, no en su habitación, sino en el cuarto al final del pasillo. Los gemidos de la abuela parecían una grabación y no era algo que la familia deseara que escucharan los visitantes. En la casa había un constante entrar y salir de personas, amigos de la familia, parientes lejanos, ex novios de la tía Flor, compadres del tio Mario, amiguitas de las primas. Por supuesto que no subían, nadie veía a la abuela mas que los parientes mas cercanos. Todos se quedaban en la planta baja hablando de nada y tomando café con galletitas. Aun asi, en los espacios de silencio que eran muy pocos cuando había visitas, si se prestaba atención, era posible escuchar los lamentos de la abuela. En ocasiones me gustaba sentarme a ver a la gente hablar y tratar de encontrar el sonido perdido que la abuela emitía sin cesar.
Los doctores dijeron que no sufriría, que se trataba de una enfermedad por demás indolora, que el mal que se extendía por su cuerpo no atacaba las terminaciones nerviosas, solo el tejido muscular que rápidamente se transformaba en tejido necrótico. El doctor venia cada cinco días a lo que yo pensaba eran, sesiones cersenatorias, por que realmente lo único que hacia era remover la carne que iba muriendo. Quizá hacia al final de su vida a la abuela le entro una necesidad imperante de hablar, de contar historias, de preguntar, de saber, de cantar, de sentirse escuchada, aunque sin una lengua que estructurara las palabras, lo mejor que conseguía, eran sonidos graciosos. Desde que despertaba hasta que el cansancio de estar acostada todo el dia la vencía, la abuela gemía y se quejaba, no de dolor físico aparentemente, sino de desesperación por comunicarse.
Para la abuela no era un conflicto morir, eso nos lo dejo muy claro desde que supimos de su enfermedad y ella tomo la actitud mas estoica posible. Nunca la escuche quejarse, nunca la vi llorar, decía que su tiempo estaba por terminar y que se iría con la frente en alto, tal como lo hizo el abuelo. Nunca pregunte como murió el abuelo.
Durante los primeros años de su enfermedad, la abuela se negaba a recibir ayuda alguna, ella hacia todas las labores de la casa aun con mas fuerzas que antes. Yo seguía tomando el café con ella por las mañanas, sin hablar como siempre lo habíamos hecho. Ella Veía al horizonte de una manera muy extraña, como retando al sol, o a la vida, sonriendo burlonamente de ella misma o de su enfermedad. Yo la veía sin preguntar nada hasta que terminaba mi café, la besaba en la frente y mi iba al trabajo. La enfermedad duro casi un año en comenzar a lastimarla realmente. Los primeros síntomas eran solo manchas oscuras en las manos y pies, del tamaño de pecas y luego como lunares, que eventualmente comenzaron a crecer hacia los lados y luego hacia adentro. Cuando comenzaron a ennegrecerse le pregunte si le dolía. Todo lo que obtuve fue un lacónico No. A los ocho o nueve meses de que los manchas comenzaron a aparecer, la amputaron el dedo índice de la mano. La operación fue en un hospital, aunque el doctor dijo que no era necesario internarla, que la carne estaba muerta y era un procedimiento que se podía realizar en casa. Nadie de la familia acepto. Después del dedo índice le siguieron el menique, el anular, el pulgar y luego toda la mano derecha. Un pie también comenzó a podrirse un poco después. La mano y el pie izquierdo le fueron amputados el mismo dia. Tomo su nueva discapacidad sin decir nada, tampoco quiso hacer lo imposible, cuando perdió las manos y el pie dejo de hacer cosas, las tías comenzaron a ir a la casa a diario a hacer el quehacer, ella se sentaba va ver la televisión o en el jardín debajo del álamo. Seguía sin hablar. Yo seguía tomando el café con ella, todas las mañana la encontraba sentada en la cama, supongo que rezando aunque no estoy seguro de aquí asi fuera, puesto que ya no tenia manos para sujetar el rosario. Le daba los bueno días y la movía a la silla de ruedas para llevarla a la terraza. Al principio no sabia si darle o no café, así que simplemente evitaba tomarlo enfrente de ella, pero después ella me dijo que no le molestaba que lo hiciera. Todos los días la llevaba a la terraza y después iba por mi café, lo tomaba a un lado de ella, viendo salir al sol sin hablar. Nunca le ofrecí un sorbo.
Con el tiempo la enfermedad fue empeorando. Poco a poco los carne muerta fue avanzando por sus miembros, despacio pero de manera segura, las manchas negras se fueron comiendo las piernas y brazos de la abuela. El pelo comenzó a caérsele y nuevas ronchas aparecieron en su torso y rostro. La abuela nunca dijo nada al respeto. Mas y mas gente comenzaron a llegar a la casa de visita, la abuela ya estaba de nuevo en la planta alta, aun podía hablar pero rara vez lo hacia. Durante los primeros meses del ultimo año de la abuela, los llantos venían de abajo, de las hijas e hijos de la abuela, de mi propio padre, de mi hermano, de mis primos y primas, de los pequeños sobrinos que no podían subir a verla. Solo yo y mi hermana nunca lloramos. Yo seguía asistiendo puntual a mi cita toda las mañanas, antes de las siete llegaba al cuarto de la abuela y la ponía en la silla de ruedas, luego la sacaba a la terraza y me tomaba mi café. Los mismos buenos días sin el beso en la frente. La enfermedad no era contagiosa pero prefería no hacerlo. La abuela pareció entenderlo perfectamente, puesto que nunca hizo ningún comentario al respecto.
No creo que la abuela y yo tuviéramos un lazo especial, uno diferente al del resto de la familia. Me gusta pensar que la abuela era pragmática, asi como yo lo soy, pragmática y discreta, del tipo de personas que no dice nada si no tiene nada bueno que decir. Eso me gusta pensar por que de alguna manera es la única percepción positiva que tengo de mi mismo. Asi que no había razón para llantos y palabras de consuelo, ella estaba enferma y no hay nada que nadie pudiera hacer al respecto. Ella mismo lo dijo y yo compartía ampliamente su opinión. Volar no es posible no importa que tan fuerte se desee. Es una de las pocas cosas que la abuela me enseño.
Eventualmente la abuela perdió el habla. Una pequeña laceración le apareció en la lengua y a los pocos días tuvieran que removérsela. Fue cuando comenzó a emitir sonidos todos los días, a toda hora. Deje de sacarla a la terraza, porque creo que dejo de agradarle mi compañía, pues apenas me veía y comenzaba a gemir. Aun asi todos los días llegaba a darle los buenos días y luego me iba a tomar mi café al balcón.
Hacia el final de octubre, a la abuela le faltaba una pierna completa, otra a la mitad del muslo, los dos brazos hasta al hombro, un seno y una oreja. Tampoco tenía pelo, le faltaba un parpado, el labio superior, la mitad de los dientes y una mejilla. Además no tenia lengua y la nariz no era mas que un pequeño muñón sin forma. La abuela murió hace tres días. Ahora tomo el café en mi casa
Era curioso, pero la casa parecía morir junto con ella. Las tías iban a diario a hacer el aseo, regaban las plantas y hacían comida. La casa no estaba sucia, pero se sentía un ambiente mortecino, la luz parecía mas tenue, el sol no lograba entrar por completo y el aire estaba completamente enrarecido. La habitación de la abuela originalmente estaba en el segundo piso, cuando su enfermedad comenzó a empeorar la cambiaron al piso de abajo, hacia al final de su enfermedad decidieron volver a instalarla en la planta alta, no en su habitación, sino en el cuarto al final del pasillo. Los gemidos de la abuela parecían una grabación y no era algo que la familia deseara que escucharan los visitantes. En la casa había un constante entrar y salir de personas, amigos de la familia, parientes lejanos, ex novios de la tía Flor, compadres del tio Mario, amiguitas de las primas. Por supuesto que no subían, nadie veía a la abuela mas que los parientes mas cercanos. Todos se quedaban en la planta baja hablando de nada y tomando café con galletitas. Aun asi, en los espacios de silencio que eran muy pocos cuando había visitas, si se prestaba atención, era posible escuchar los lamentos de la abuela. En ocasiones me gustaba sentarme a ver a la gente hablar y tratar de encontrar el sonido perdido que la abuela emitía sin cesar.
Los doctores dijeron que no sufriría, que se trataba de una enfermedad por demás indolora, que el mal que se extendía por su cuerpo no atacaba las terminaciones nerviosas, solo el tejido muscular que rápidamente se transformaba en tejido necrótico. El doctor venia cada cinco días a lo que yo pensaba eran, sesiones cersenatorias, por que realmente lo único que hacia era remover la carne que iba muriendo. Quizá hacia al final de su vida a la abuela le entro una necesidad imperante de hablar, de contar historias, de preguntar, de saber, de cantar, de sentirse escuchada, aunque sin una lengua que estructurara las palabras, lo mejor que conseguía, eran sonidos graciosos. Desde que despertaba hasta que el cansancio de estar acostada todo el dia la vencía, la abuela gemía y se quejaba, no de dolor físico aparentemente, sino de desesperación por comunicarse.
Para la abuela no era un conflicto morir, eso nos lo dejo muy claro desde que supimos de su enfermedad y ella tomo la actitud mas estoica posible. Nunca la escuche quejarse, nunca la vi llorar, decía que su tiempo estaba por terminar y que se iría con la frente en alto, tal como lo hizo el abuelo. Nunca pregunte como murió el abuelo.
Durante los primeros años de su enfermedad, la abuela se negaba a recibir ayuda alguna, ella hacia todas las labores de la casa aun con mas fuerzas que antes. Yo seguía tomando el café con ella por las mañanas, sin hablar como siempre lo habíamos hecho. Ella Veía al horizonte de una manera muy extraña, como retando al sol, o a la vida, sonriendo burlonamente de ella misma o de su enfermedad. Yo la veía sin preguntar nada hasta que terminaba mi café, la besaba en la frente y mi iba al trabajo. La enfermedad duro casi un año en comenzar a lastimarla realmente. Los primeros síntomas eran solo manchas oscuras en las manos y pies, del tamaño de pecas y luego como lunares, que eventualmente comenzaron a crecer hacia los lados y luego hacia adentro. Cuando comenzaron a ennegrecerse le pregunte si le dolía. Todo lo que obtuve fue un lacónico No. A los ocho o nueve meses de que los manchas comenzaron a aparecer, la amputaron el dedo índice de la mano. La operación fue en un hospital, aunque el doctor dijo que no era necesario internarla, que la carne estaba muerta y era un procedimiento que se podía realizar en casa. Nadie de la familia acepto. Después del dedo índice le siguieron el menique, el anular, el pulgar y luego toda la mano derecha. Un pie también comenzó a podrirse un poco después. La mano y el pie izquierdo le fueron amputados el mismo dia. Tomo su nueva discapacidad sin decir nada, tampoco quiso hacer lo imposible, cuando perdió las manos y el pie dejo de hacer cosas, las tías comenzaron a ir a la casa a diario a hacer el quehacer, ella se sentaba va ver la televisión o en el jardín debajo del álamo. Seguía sin hablar. Yo seguía tomando el café con ella, todas las mañana la encontraba sentada en la cama, supongo que rezando aunque no estoy seguro de aquí asi fuera, puesto que ya no tenia manos para sujetar el rosario. Le daba los bueno días y la movía a la silla de ruedas para llevarla a la terraza. Al principio no sabia si darle o no café, así que simplemente evitaba tomarlo enfrente de ella, pero después ella me dijo que no le molestaba que lo hiciera. Todos los días la llevaba a la terraza y después iba por mi café, lo tomaba a un lado de ella, viendo salir al sol sin hablar. Nunca le ofrecí un sorbo.
Con el tiempo la enfermedad fue empeorando. Poco a poco los carne muerta fue avanzando por sus miembros, despacio pero de manera segura, las manchas negras se fueron comiendo las piernas y brazos de la abuela. El pelo comenzó a caérsele y nuevas ronchas aparecieron en su torso y rostro. La abuela nunca dijo nada al respeto. Mas y mas gente comenzaron a llegar a la casa de visita, la abuela ya estaba de nuevo en la planta alta, aun podía hablar pero rara vez lo hacia. Durante los primeros meses del ultimo año de la abuela, los llantos venían de abajo, de las hijas e hijos de la abuela, de mi propio padre, de mi hermano, de mis primos y primas, de los pequeños sobrinos que no podían subir a verla. Solo yo y mi hermana nunca lloramos. Yo seguía asistiendo puntual a mi cita toda las mañanas, antes de las siete llegaba al cuarto de la abuela y la ponía en la silla de ruedas, luego la sacaba a la terraza y me tomaba mi café. Los mismos buenos días sin el beso en la frente. La enfermedad no era contagiosa pero prefería no hacerlo. La abuela pareció entenderlo perfectamente, puesto que nunca hizo ningún comentario al respecto.
No creo que la abuela y yo tuviéramos un lazo especial, uno diferente al del resto de la familia. Me gusta pensar que la abuela era pragmática, asi como yo lo soy, pragmática y discreta, del tipo de personas que no dice nada si no tiene nada bueno que decir. Eso me gusta pensar por que de alguna manera es la única percepción positiva que tengo de mi mismo. Asi que no había razón para llantos y palabras de consuelo, ella estaba enferma y no hay nada que nadie pudiera hacer al respecto. Ella mismo lo dijo y yo compartía ampliamente su opinión. Volar no es posible no importa que tan fuerte se desee. Es una de las pocas cosas que la abuela me enseño.
Eventualmente la abuela perdió el habla. Una pequeña laceración le apareció en la lengua y a los pocos días tuvieran que removérsela. Fue cuando comenzó a emitir sonidos todos los días, a toda hora. Deje de sacarla a la terraza, porque creo que dejo de agradarle mi compañía, pues apenas me veía y comenzaba a gemir. Aun asi todos los días llegaba a darle los buenos días y luego me iba a tomar mi café al balcón.
Hacia el final de octubre, a la abuela le faltaba una pierna completa, otra a la mitad del muslo, los dos brazos hasta al hombro, un seno y una oreja. Tampoco tenía pelo, le faltaba un parpado, el labio superior, la mitad de los dientes y una mejilla. Además no tenia lengua y la nariz no era mas que un pequeño muñón sin forma. La abuela murió hace tres días. Ahora tomo el café en mi casa
viernes, 17 de abril de 2009
La otra profesion
Mi otra profesión es la de chofer. No lo hago mucho, todo surgió hace unos dos años, cuando por conducto de un tío que tenia un buen puesto en el banco, me consiguieron un trabajo de chofer para la familia de un banquero holandés: el padre la madre y dos hijos. Yo tenía que mover al hijo menor, un niño de esos rubios canarios de apariencia enfermiza y de muy pocas palabras. No hablaba español y aunque su inglés era muy deficiente nos las arreglamos para comunicarnos. La rutina era corta, en las mañanas a la escuela de idiomas donde llevaba español e inglés, por las tardes a clases de karate. De vez en cuando tenía que llevarlo a la plaza comercial a que comprara juegos o dulces o revistas o cosas de esas. Era un trabajo simple y bien pagado, cinco días por semana y sin muchos riesgos. Después de unos meses el holandés y su familia tuvieron que volver a… Holanda supongo, por lo que pensé que ese sería el final de mi carrera como chofer. Pero después de un tiempo, supongo que por referencias del holandés, la gente del banco siguió llamándome esporádicamente, cada dos o tres semanas, para mover a banqueros de otras partes del país. Nada interesante realmente, por ser sólo una o dos veces por mes, el sueldo no era ni medianamente considerable, pero alcanzaba para sufragar los gastos esenciales. Nada interesante pasó nunca como ya había dicho, por lo regular eran hombres ya entrados en los cuarenta años que vestían traje y camisas color pastel, no decían mucho y mantenían cierta distancia que a mí no me incomodaba. Además, por órdenes de los jefes, yo no podía hablar a menos que ellos hablaran, abrir la puerta del coche y seguirlos hasta la puerta del banco, esperarlos allí y de nuevo seguirlos al coche, abrir la puerta y llevarlos al hotel. En una ocasión uno de ellos me preguntó por prostitutas. En la ciudad hay un servicio muy conocido, dos putas de no más de veinte años por tres mil pesos. Hice el contacto e incluso me permití pensar que quizá, el acaudalado director de mercadotecnia se dignaría a invitarme, pues serian dos putas las que llegarían, pero por supuesto que el hombre tenía otros planes. A la diez de la noche recogí a las muchachas en cuestión, dos mujeres prácticamente niñas pero con maquillaje en exceso, delgadas y con cara de inocentes, vestidas con pequeñas faldas y sendos escotes. Una de ellas se fue el asiento delantero, sí, quizá no era la mujer más brillante del día, pero supongamos que sabía de su oficio. Las conduje a la habitación del hombre, tocamos la puerta y éste apareció vestido solo con una bata. Las vio y pude observar su cara de lujuria, temblando las hizo pasar, luego cerró la puerta sin siquiera decir gracias. Me quede ahí unos segundos antes de darme cuenta que eso sería todo para mí. Con las manos en las bolsas di media vuelta y comencé a avanzar por el pasillo del hotel. Inesperadamente el hombre abrió la puerta y me llamó. Pensé que quizá aún tendría alguna oportunidad, pero cuando llegué a la puerta éste me preguntó con mucho nerviosismo si esto ya había ocurrido. Le dije que no. Respirando entrecortadamente me contestó que la situación no tenía porque pasar de nosotros, metió la mano en el bolsillo y me dio cincuenta pesos. Miserables banqueros lujuriosos, con sus sueldos de sesenta mil pesos por mes, con dos jóvenes putas en su cuarto y apenas me dio cincuenta pesos. ¿Decepcionado? No, por supuesto que no, mi trabajo era conducir, no recoger las sobras lascivas de mis patrones. Y bueno, eso había sido lo único medianamente rescatable de dos años de trabajo, buscar y llevar putas, fuera de eso, el esporádico trabajo era más bien aburrido, pero como dije, no me quitaba mucho tiempo y los setecientos pesos que me daban por día trabajado no eran nada despreciables.
Hace algunos días me hablaron, pero no gente del banco, alguien les había dado mi número para contactarme. Hablaban de parte un comité organizador de un ciclo de conferencias para la familia, un congreso de la juventud que tenía algunos años haciéndose en la ciudad, traían dos o tres estrellitas de televisión, algún productor de música, y motivadores personales. Ya conocía ese tipo de congresos, de día se hablaba de valores y de noche hacían fiestas donde el alcohol era gratis y prácticamente sin ningún control. Niños de unos quince años podían entrar a hacer el ridículo con dos cervezas, chavitas de diecisiete años se movían rítmicamente con música ruidosa y monótona, mientras cabrones de veinte intentaban sacar provecho de la situación. Sí sí, doble moralidad, incongruencias de las autoridades, bla bla bla… Nada que me importara realmente. Me preguntaron que si podía trabajar al día siguiente. Tendría que ir por una persona al aeropuerto, luego llevarla al hotel, luego al congreso, luego a comer, luego a donde me dijeran, a turistear o a comprar chucherías de la ciudad, nada fuera de contexto o interesante. No tenía mucho dinero guardado y los cigarros se estaban terminando así que acepté sin pensarlo mucho. Al siguiente día fui a recoger la camioneta en la que movería a mi cliente, otras dos personas estaban allí esperando lo mismo. Se nos asignaron vehículos y tuvimos que esperar al jefe sin que diera más explicaciones. Luego comencé a escuchar que vendrían dos estrellitas de televisión juvenil, de esas veinteañeras que salen en novelas y hacen como que cantan. Mi hermano tenía incluso un afiche en su habitación con una de ellas en poca ropa. Esto podría ser interesante pensé, pero vaya, no es sorpresa que no me tocaran ninguna de ellas. Yo tendría que mover a un motivador personal. Maldije a mi suerte por primera vez ese día a las siete de la mañana. Ya con mi itinerario listo me dirigí al aeropuerto con los otros dos vehículos detrás de mí. Cuando llegamos aún faltaba media hora para que el avión llegara, así que me quede en la camioneta para hacer tiempo. Cuando se acercaba la hora me di cuenta de que había perdido el cartel con el nombre del tipo. Maldita sea, pedí una hoja en la recepción del aeropuerto y con una pluma rayé el nombre. No era muy convincente, pero daría el servicio. Me coloqué en la entrada de las llegadas alzando mi horrible hoja con mi horrible letra. Nadie me había descrito a Héctor, que era el nombre escrito en la hoja, nadie me había dicho nada sobre él, ni de que hablaría ni cómo era. Nada. Llegó una de las estrellitas, era mucho más pequeña de lo que imaginaba, aunque aún sin maquillaje era ridículamente bella. Demonios, sólo la vi pasar mientras el idiota que la llevaría al hotel sonreía con… pues con una sonrisa idiota. La sonrisa que llevaba horas practicando para recibir a Héctor cayó sin más junto a mi horrible hoja. A la estrellita la vi alejarse con mi vista perdida en su espalda cuando Héctor apareció.
El tipo tenía cáncer. O Sida. O ambos. En ese momento me incliné por creer que se trataba de cáncer porque no tenía un solo vello en su pálido rostro, y además llevaba una gorra que seguramente cubría una cabeza vuelta calva por la quimioterapia. Fantástico, al idiota de idiota sonrisa le había tocado una diva televisiva y a mi un guey con cáncer. “Buena esa Dios” y según recuerdo esa fue la tercera vez que maldecía en el día, y apenas eran las ocho. Cargué sus maletas en el carro y con premura abrí la puerta de atrás.
-No, como crees, me voy adelante- dijo con un acento que me pareció un poco afeminado. Enfermo, feo y homosexual. La mañana apenas comenzaba.
-¿Cómo te llamas?- preguntó. Sin querer verme muy grosero le dije mi nombre. Hizo un chiste de mi nombre. No me reí.
-¡Ríete!- fingí una sonrisa. Luego lo inevitable. Héctor comenzó a hablarme de su vida sin que yo lo preguntara. Se dedicaba a eso. Veintitantos años, ocho tipos de cáncer, no tenía colón, no tenía la mitad del intestino delgado, se estaba quedando ciego por unos tumores en los lagrimales, no podía metabolizar la comida, no podía orinar o defecar sin ayuda de un tubo, lo habían operado no sé cuántas veces en no sé cuántos meses, no tenía una vida sexual, le daban paros respiratorios, había estado al borde de la muerte en tres ocasiones, se le formaban coágulos en los pulmones, temblaba, estaba perdiendo la voz, tenía tubos en el vientre, tenía tubos debajo del vientre y le quedaban menos de tres meses de vida. Y al terminar de contar eso sonrió. Se qué estaba pensando. “¿Y tú de qué te quejas?”. Yo de qué me quejo, yo de qué me quejo, yo de qué me quejo… luego más chistes, más sonrisas fingidas hasta que llegamos al hotel mientras conversábamos acerca dela ciudad y de la comida. Cosas de turistas sin importancia. Pudiendo manejar para una actriz tuvo que tocarme un desahuciado insufrible y empalagoso que se dedicaba a viajar por el país dando testimonio de lo hermoso que puede ser la vida. Llegamos al hotel y llevé las maletas al cuarto. Le dije que lo esperaría en el lobby pero el insistió en que me quedara. Entre al cuarto y me senté en la silla más cercana a la puerta. El seguía, me preguntó por mi familia y por la escuela, me preguntó por mis amigos y pasatiempos. El tipo comenzaba a serme un poco molesto. Supongo que al igual que yo puedo ser molesto por quejoso y pesimista, Héctor lo era por insufrible y feliz. Me pidió que saliera de la habitación por que tenía que hacerse una diálisis o algo así. Antes de irme pude ver cómo sacaba una caja llena de tubos de una de las maletas. Salí a fumar un cigarro mientas él terminaba. Al cabo de una media hora estaba en la entrada del lobby con un pantalón de mezclilla, playera rosa y una cachucha verde. Sonreía como siempre, me pregunté si la sonrisa no sería el efecto colateral de las quimioterapias. Íbamos retrasados, por lo que tuve que manejar deprisa para llegar a tiempo. Cuando por fin llegamos, una pequeña comitiva ya nos esperaba en la puerta de entrada. Nos asignaron una pequeña habitación acondicionada con un sillón y una cesta de frutas. De nuevo me senté en la silla más cercana a la salida. Él comenzó a cantar. Me dijo que por lo regular cantaba dos o tres canciones por conferencia. Me entretuve con una mandarina que pelé muy lentamente para hacer tiempo, pues la conferencia según me había dicho Héctor, podía prolongarse hasta por dos horas. Eventualmente fue llamado para que empezara su conferencia. Habría unas setecientas personas en el auditorio. Comenzó con un chiste, supongo que para captar la atención del público. Luego preguntó:
-¿Y ustedes… como viven su vida? ¿Yo? Yo la vivo como si fuera el último día de mi vida. ¿Saben por qué? Porque para mí éste podría ser el último, los doctores no me han dado más de dos meses de vida, tres como máximo, por eso vivo de esta manera, disfrutando a plenitud cada cosa que hago, viendo cosas de las que ustedes ni siquiera se percatan como lo que realmente son, obras de arte, obras de arte de Dios Mismo. amando a mi familia, haciendo todos los días amigos nuevos, disfrutando los que ya tengo, cantando, y hago todo esto a pesar de que vivo en una intenso dolor, porque yo tengo cáncer en etapa terminal, paso 3 días a la semana en el hospital, tengo que usar tubos para poder ir al baño, por las noches el dolor en el estómago me arranca gritos de dolor, por que aún las medicinas más fuertes solo logran mitigar un poco el sufrimiento y aún así, aún así con todo esto, estaría dispuesto a tener mil cánceres con tal de disfrutar un solo día el maravilloso regalo de Dios que es ésta vida. Y a ustedes les digo, que quien tenga el día de mañana asegurado que pasa aquí al frente y me lo diga… ¿Pero saben qué? Nadie en este mundo tiene el día de mañana asegurado, nadie de los que están aquí, todos están tan desahuciados como yo, nada los diferencia de mí y así pasan los días sin siquiera darles importancia, han perdido la capacidad de asombro, y un día, quiera Dios muy lejano, podrían voltear hacia atrás sólo para mirar todas las cosas que no hicieron, dijeron, desperdiciaron…-
Un atronador aplauso inundó el salón. Yo seguía ocupado con la mandarina, masticando muy lentamente, haciendo tiempo. Seguía atrincherado en el camerino, pero la curiosidad y el hecho de que mi mandarina estaba por terminarse, me hizo salir a la sala de conferencias. Mayoritariamente el publico estaba compuesto por señoras, aunque en la parte trasera se veían algunos sectores de niños uniformados con cara de aburrimiento. El congreso estaba divido en dos, por las mañanas se hacia énfasis en las familias y las tardes se dedicaban a la juventud. Durante el trayecto de aeropuerto al hotel ya había escuchado la presentación de Héctor, con cosas mas cosas menos, pero ya sabia que tenia cáncer, que tenia tubos, que no le quedaba mucho tiempo… era una letanía para el, cambiaba de ciudad pero decía lo mismo, una y otra y otra vez. Bonita forma de pasar el final de tu vida pensé. Y bien, digamos que era cierto lo que decía de la capacidad de asombro, digamos que efectivamente el hombre pierde la posibilidad de asombrarse ante lo nuevo, es lo que diferencia a los adultos de los niños, convierten una vida de sorpresas en una rutina de quehaceres aderezada con los leves condimentos de la sociedad moderna. Digamos que eso es cierto. ¿Pero tener mil canceres por un solo día de vida? Tuve que diferir con Héctor, yo no cambiaria un día. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela de vida por mil canceres, no cambiaria una vida entera por mil canceres, ni por uno siquiera. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela enterita en un volado, eso es diferente… pero bueno, a Héctor le encanta vivir, hay que reconocer eso sin juzgarlo. Me senté en la parte de atrás donde no había nadie mas y después de mirar un rato el vacio, comencé a ponerle atención de nuevo a la platica:
-… menos de treinta años y estoy por terminar. No quiero que piensen que me estoy quejando, yo nunca hago eso, de esta vida no tengo ninguna queja por que seria una ofensa a Dios. Tampoco vivo con rencor o reprochándome lo que no hice, el pasado esta muy atrás y ya nada se puede hacer con lo que hicimos o no hicimos, yo aprendí a perdonar incluso cuando nadie me pedía perdón. ¿Del futuro? El futuro no existe, hoy podemos morir y se termina todo. La vida es este momento, aquí y ahora, se vive cada minuto, no podemos vivir en las horas que han muerto, ni tampoco podemos hacerlo en los días que aun no nacen. Y ahora quiero que se pregunten… ¿están viviendo en el pasado? ¿Hacen cosas pensando en su futuro? ¿se dan cuenta que la vida es esta hecho de instantes nada mas?...-
Héctor sonreía mientras arqueaba las cejas. Creo que las arqueaba, porque es difícil saberlo cuando no se tienen cejas, pero estoy casi seguro que la carne de su frente se arqueo. Luego se callo. El silencio inundo la habitación. Ah, se trataba de una introspección, de responder las preguntas que recién había hecho. Lo supe porque el señor que estaba delante de mi se llevo la mano a la barbilla, señal inequívoca de reflexión. Sin quererlo, mi cerebro comenzó a trabajar en las respuestas, como un reflejo de defensa. Vivir en el pasado. No. Bien, no creo hacerlo, no es que pase los días recordando mis pocos días de gloria, o no es que pase gran parte del día haciéndolo. Por las mañanas se me van algunos instantes viendo el lado vacio de la cama es cierto, y luego veo el rostro de ella a la que no puedo olvidar aun. Luego un vacio inunda mi estomago y pienso que quizá ese día le hable solo para escuchar su voz, aunque nunca lo haga. Por las tardes cuando suelo caminar por el parque enfrente de mi casa, me vienen a la mente olores e imágenes de lugares que he visitado y me recrimino un poco por seguir aquí, haciendo de mi vida prácticamente nada. Y las noches… bueno, las noches son complicadas dejémoslo así. Eso no es vivir en el pasado creo yo, además de que no podemos olvidar nuestros errores porque nos condenaríamos a repetirlos. No, contestando tu pregunta Héctor, no vivo en el pasado. ¿Pienso demasiado en el futuro? No. No creo. ¿Que es exactamente pensar el futuro? Por supuesto que hago planes, que seria la vida sin hacer planes y además… luego recupere mi libre albedrio. Estúpidos reflejos, yo no quería siquiera pensar en las preguntas, así que deja a un lado la introspección y comencé a observar el auditorio. Como ya había dicho, principalmente se trataba de mujeres ya entradas en años, algunos señores y dos o tres grupos de primaria. Todos con cara meditabunda. Se dejaron escuchar algunos susurros entre la audiencia, por lo que Héctor comenzó a hablar de nuevo. Antes de que hiciera otra pregunta que obviamente yo no quería contestar, me levante y me escondí de nuevo en el camerino. Tome un plátano que también pele muy lentamente, y que mastique como mínimo unas sesenta veces antes de pasar cada bocado. El aburrimiento ya era hastió, y el hastió pronto se convertiría en sueño. El sillón era cómodo, por lo que paso lo que tenia que pasar. No pasaron cinco minutos cuando una espantosa melodía me despertó de mi hermoso letargo mata conferencias. Me levante de un sobresalto, y de nuevo, traicionado por mis reflejos, me dirigí otra vez a la sala de conferencias. Héctor movía los brazos en lo que supongo, era el mejor intento de un desahuciado baile. Luego comenzó a cantar. Cantaba mejor que yo, lo cual no era siquiera una aproximación ridícula a un cumplido, pues canto horrible. Más que horrible. Conocía la canción, creo recordar que había sido el tema de alguna campaña publicitaria hace ya algunos años.
“abre tus brazos fuertes a la vida, no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá… abre tus brazos fuertes blablabla, que nada te llevaras, blablabla…” algo de ángeles y ya no recuerdo que mas. Todo el asunto comenzaba a parecerme patético, todo en conjunto pintaba un cuadro más bien melodramático y algo morboso. No me sentaba la idea de que alguien pasara así sus últimos días, mal cantando frente a una audiencia de personas de las cuales, probablemente una parte estaría ahí por obligación, y la otra porque no tenia nada mejor que hacer. Se me escapo una sonrisa. Lo mas seguro es que a Héctor no le molestara, incluso creo que se vanagloraria de haberme hecho reír. Cuando termino de cantar el publico respondió de nuevo con aplausos y silbidos. Y luego pensé en porque aplaudían. No creo que fuera por su maravillosa canción o por sus dotes artísticos o interpretativos. Entonces aplaudían porque el tipo tenia cáncer y no le quedaba mucho tiempo de vida, pero aun así estaba ahí, gastando sus últimos días dando testimonio de lo hermoso que a el (y creo que debería remarcar “el”) le parecía la vida. No quise adentrarme mucho en eso, en que tan moralmente aceptable pueden ser esos aplausos de reconocimiento que fácilmente se pueden ver como de lastima. Y no importa que nadie del publico lo pensara así, que nadie le tuviera lastima, pero las multitudes son mas fáciles de interpretar que los individuos. Cuando un individuo sonríe puede tener ochocientas connotaciones distintas, pero cuando una multitud de pone de pie para aplaudirle a un moribundo que acaba de cantar pesimamente (ya por el cáncer que probablemente tiene en la garganta o porque simplemente no tiene talento) durante casi dos minutos, no es tan difícil adivinar los motivos que los orillan a ese tipo de comportamientos. Empatía o lastima. O ambas. Una empatía lastimera. Si fuera posible juntar todos los pensamientos de la multitud en uno solo (esto de manera figurativa, como si existiera alguna formula para promediar las ideas) estoy seguro de que seria algo así como “alma mía de su vida, pobrecito! Que valiente! Míralo ahí, muriendo y aun tiene ánimos de cantar! BRAVO!”. Yo no aplaudí. No lo hice porque canto pesimamente. Y no le iba a aplaudir porque tuviera cáncer, eso ni a el le agradaría. ¿Entonces por que sonreía cuando le aplaudieron? ¿Pensaba que fue por su calidad vocal? ¿o sabia que era por que estaba condenado a muerte? ¿y que tan valido es una u otra de esas razones?. Bah. Como decía, ya todo era un cuadro patético de melodramatismo, una celebración de la vida propia por la muerte de otro. ¿Cuál era el mensaje final de esto? “aun estoy vivo, el esta muriendo, desde ahora viviré de manera diferente, no desperdiciare mi vida, no mas..” .Algo así supongo. Pero bien, si a ellos les funcionaba, no era nada criticable lo que Héctor hacia. Seguía perdido en esos pensamientos y el continuaba hablando, hasta que una frase capto mi atención. “…ellos me tocaban…”. Carajo. ¿Qué quien te tocaba que Héctor?...
-…mi padre duraba días tomando, agarraba la borrachera desde el viernes y en ocasiones no las terminaba hasta el siguiente viernes. Una semana encerrado en la casa, con vivavillas que en aquel entonces costaban diez pesos. 3 por día. Siempre tenía amigos en la casa, si es que a eso se les puede llamar amigos. No se quien era el ventajoso, si mi padre que los tenia ahí a cambio de que continuaron suministrándole alcohol, o sus amigos que continuaban comprándole aguardiente a cambio de un lugar donde tomar. Mi papa hacia como si mis hermanos y yo no hubiéramos existido, pasaban los días y el continuaba en lo suyo, pasaban las semanas y ni una palabra. Yo sabia que no había que hablarle, porque cada vez que lo hacíamos el reaccionaba como un animal y nos daba unas palizas de aquellas. Pero mis hermanos eran menores y en ocasiones se les olvidaba… es una ocasión se me ocurrió decirle a mi hermano que mi cumpleaños estaba muy cercano, y el, inocentemente le pregunto a mi papa con voz de juego “quien crees que cumple años en dos semanas pa´?”. Con la mirada perdida y ahogado en alcohol, se levanto a tropiezos de la cama, se quito el cinto, y comenzó a pegarle a mi hermano. Corrí desde la cocina, y me puse en medio de mi hermano y mi papa. El seguía gritando y levantando el brazo, “¿tu lo mandaste verdad? Para que me dijera que iba ser tu cumpleaños!”. ¿y saben algo? Yo estaba feliz, porque sabia que ese cinto no le pegaría mi hermano, porque sabia que el estaba en la cocina, asustado quizá, pero nadie lo estaba golpeando…-
Por dios Héctor… comenzaba a serme bastante inverosímil… comenzaba a pensar que solo jugaba con las sensibilidades de la audiencia. Y luego continuo:
-y mi papa se ahogaba en alcohol, y sus amigos seguían ahí, hombres que mi papa apenas conocía, teporochos de la colonia, almas perdidas… y en mas de una ocasión, algunos de ellos entraban por la noche al cuartito de cartón donde dormíamos yo y mis hermanitos, y se acostaban en medio de mi hermana y yo, y me tocaban, y yo veía como tocaban a mi hermana, pero teníamos demasiado miedo para hacer algo, solo nos quedábamos ahí, llorando, esperando que se quedaran dormidos o se fueran…-
Parecía que la habitación estaba muerta. Solo se escuchaban algunos sollozos perdidos entre la multitud. Al observar mejor, pude ver que había varias señoras llorando. Se mantenían inmutes, pero las lagrimas se resbalaban por sus mejillas. Héctor había tocado una fibra sensible, cierto, la pedofilia tiene ese efecto sobre las personas, les parece demasiado grotesco, demasiado horrible… y no se a donde quería llegar Héctor con eso. Se trataba de narrar tragedias creo, me di cuenta que no buscaba la empatía de las personas, no puedes pedir empatía a una multitud en base de abusos sexuales, eso iba mas allá, quizá se trataba de sensibilizar al publico, o de mostrar lo espantosa que la vida puede ser y aun estar bien dispuesto a sonreírle a lo que venga. O quizá alguien le había dicho a Héctor que el cáncer se podía curar con lágrimas ajenas. No lo se. En ese momento me deje entregar un poco a mi humanidad, y sentí empatía o algo así. Si, quizá sea un poco insensible, o un mucho, quizá parezca que no me importa nada, quizá sea cierto, pero tampoco estoy hecho de basura. He de suponer. El pobre hombre tenia cáncer, un padre alcohólico, una madre ausente, vivía en un casa de cartón, y además, encima de todo, sufría abusos sexuales.
(Dios se ensaño con este cabron)
Me reí un poco de mi pensamiento. Me reí solo por dentro, siempre he podido conservar la postura en esas situaciones, porque no podía ignorar a la veintena de señora que continuaban llorando a mi alrededor. La idea de volver a atrincherarme en el camerino no parecía tan mala, pero en ese momento, un amigo que no veía desde hace tres o cuatro años, se sentó a un lado. No había cambiado mucho, tendría unos tres kilos de más, el pelo un poco mas corto, pero en esencia, era el mismo Pepe de los años de escuela. Sonreía como la última vez que lo vi.
-¿Qué estas haciendo aquí?- susurro de manera muy poco efectiva
-soy chofer del tipo con cáncer- dije entre dientes mientras señalaba a Héctor
-¿que fuerte historia no?- pregunto de forma casi acusativa
-si- dije después de dudar unos instantes…
Que fuerte historia. A eso lo resumía Pepe. No estoy muy seguro de que es lo que quiso decir con “fuerte historia”, si se refería a la profundidad del relato, o la fuerza de la narrativa, o al trasfondo ético de la novela… pero lo dijo de una manera casi absoluta, haciendo énfasis en “fuerte” y el ultimo “no”, como ya sabiendo la verdad, como solo esperando una respuesta que tendría que ser confirmativa. Tuve que decir que si. No se si porque lo pensaba así en ese momento o porque me daba pereza discutir.
-creo que es homosexual…- dije a manera de broma, tuve que reír un poco para que Pepe se diera cuenta de eso y afortunadamente el rio también. La historia no era tan “fuerte” como para no poder burlarnos un poco.
-¿lo besarías si fuera su ultimo deseo?- pregunte
-creo que si… ¿tu lo harías?- dijo sonriendo de nuevo
-no… no es mi tipo- conteste mientras observaba a Héctor. Los dos reímos. Héctor continuaba hablando:
-… y eso es lo que me ha ayudado a enterrar el pasado. El perdón. Aprendí a perdonar aun cuando nadie me había pedido perdón. Y es diferente a olvidar, no perdonamos por que olvidamos, perdonamos porque nos quitamos los rencores de encima, porque todos los reproches guardados no son mas que veneno, veneno que infecta nuestra alma, veneno que puede terminarnos, por eso yo perdono pero no olvido, porque es la vida es tan bella y en ocasiones tan corta, que no vale la pena pasarse los días así. Aprendan a perdonar para que puedan ver con claridad la vida. Y déjenme les digo, que hace un mes inauguramos un nuevo tumor en los lagrimales, y en menos de un mes perderé la vista, por eso ahora, me dedico a guardar imágenes bonitas para cuando se apague la luz, tengo algo que recordar…-
Y luego esa sonrisa de suficiencia de nuevo., una sonrisa casi retadora, incitante, azuzando al publico como a un toro, esperando que este saliera de su letargo con un largo suspiro, un suspiro quejumbroso y lastimero, no si era mas empatía o mas lastima, no se que estaba buscando Héctor, en ese momento solo trataba de mantenerme alejado del foro, no quería pensar mas en eso, sentía como si alguien tratara de atacar mi tristeza y mi dolor, como un pavorreal con una cola claramente mas grande y con mas colores, pavoneándose de un lado a otro, emitiendo graznidos y moviendo la cabeza como si fuera a picotearme, queriendo dejar muy claro que todo lo que yo sentía, era minúsculo, ridículo, maldita sea, como si no tuviera ya problemas para justificar todo eso, como si en ocasiones no sintiera que toda la nausea que siento es inútil, desplantes de un ridículo hombrezucho con complejos de genio atormentado, maldita sea, no quería pensar en eso, quería alejarme con lo mío, esconderlo lejos de este moribundo que se dedicaba a robárselo a las personas sin cáncer, a las personas que nunca fueron sexualmente abusadas, a los que no nos vamos a quedar ciegos, a los que no somos como el. Sentí la inmensa necesidad de salir corriendo de ahí, de pasar en medio de todas las sillas, de empujar a la gente, de hacer un escándalo, de robarle algo de la atención que tenia de toda la gente, pero me quede ahí, sentado y tratando de casi no moverme, y luego vi a Pepe. Seguía sonriendo, pero tenia los ojos llenos de agua, a punto de desbordarse, Pepe, el que siempre sonreía, había sido alcanzado por Héctor. No supe que sentir o hacer y el estaba en la misma situación. Volteo a verme y medio abrió la boca, se le quebró la voz, mas agua en sus ojos, no dijo nada mas. Me sentí un poco incomodo, así que mejor me levante, toque el hombro de Pepe esperando que entendiera el gesto de apreciación, y me fui sin decir nada mas. El estaría mas cómodo solo, con Héctor y su dolor. Luego de nuevo en las barracas, hurgando entre la fruta y tratando de no escucharlo mas. Claro que la intención de Héctor no era minimizar el dolor de los demás, pero así era como yo lo percibía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Esa voz llena de alegría se escuchaba lejos, pero aun así retumbaba en mis oídos y rebotaba en mi cabeza una y otra vez.
-y una semana antes de navidad, cuando trabajaba limpiando vidrios en un crucero, una señora me dio una cajita con tres pelotas de ping-pong. Por esas fechas también trabajaba en una carpintería haciendo el aseo, y le pedí al maestro carpintero algo de los deshechos que iba a tirar. ¡Iba a hacer una mesa de ping-pong!, haría las raquetas y pintaría la madera, y el día de navidad, debajo del árbol que todos los años estaba vacio, pondría la mesa y mis hermanitos tendrían un regalo por primera vez en sus vidas. Comencé a trabajar en el patio de la casa, no podía decirle a mis hermanos que estaba haciendo porque era una sorpresa, pero Carlitos, que tenia seis años en ese entonces, estaba pregunte y pregunte “que estas haciendo, que estas haciendo, que estas haciendo”, le dije que se metiera a la casa porque me iba a tirar la madera, pero no hizo caso, y bueno, efectivamente tiro la madera, tiro la mesa y la rompió en dos. Sentí mucho coraje y lo nalguee. Comenzó a llorar como si alguien le hubiera pegado con un tubo. Estaba inconsolable, pero no era por la nalgada, sino porque se sentía culpable. Yo también comencé a llorar del coraje, Salí del patio y me senté en la banqueta. Carlitos se sentó a mi lado y sollozando me decía “perdón, manito, perdón”. Yo quería decirle que estaba bien, que no pasaba nada, pero el coraje era demasiado y la voz no me salía. Cuando por fin me calme, voltee a ver mi hermano para decirle que todo estaba bien y esa fue la ultima vez que lo vi vivo. La defensa de un carro le dio justo en la frente. Y ahí estaba, mi hermanito tendido en la calle lleno de sangre, yo a su lado, embarrándomela en el cuerpo para ver si podía compartir algo del dolor, para ver si me hermanito se levantaba, pero ya era demasiado tarde para decirle que lo perdonaba…-
No me esperaba eso. Toda la conferencia era un increscendo de desgracias y tragedias, cada vez mas triste, cada vez mas doloroso, cada vez mas crudo. Ya no sabia que pensar o sentir, solo deseaba que terminara pronto, que Héctor nos contara la desgracia mas grande todas para poder irnos a nuestras casas con nuestros propios dolores. No tenia que salir para comprobar que seguramente todo el publico estaba llorando, pero aun así lo hice. El seguía hablando, diciendo algo del perdón y de la importancia de decir las cosas a tiempo, y la gente seguía sumida en las miserias del moribundo, y yo, bueno yo estaba un poco aturdido si he de ser sincero, aunque en el exterior fuera toda tranquilidad y todo temple, he de admitir que por dentro, y solo por ese momento, llegue a dudar de mi capacidad para hacer un lado los problemas ajenos. El folleto de la presentación de Héctor rezaba algo así como “cambia tu vida” o algo así. ¿y si realmente este sujeto tenia la capacidad para ir de pueblo en pueblo, contando lo mal que la vida lo había tratado, con una sonrisa de oreja a oreja, cambiando la perspectiva de los desdichados que iban a verle?. Si, por un momento así lo creí, por un momento minimice todos mis problemas, todas mis desgracias, todas las pequeñas situaciones que me acontecen y que mi quitan el sueño, todas las cajas llenas de ilusiones muertas que acarreo como una cruz, todos los prejuicios hacia mi mismo y hacia los demás que me siguen como una sombra y que me hunden mas en este juego que se llama vida, todas mis falsas percepciones, todo parecía tan pequeño, tan insignificante al lado de la vida de ese hombre con tubos en el vientre. Estaba anonadado, tuve que sentarme para evaluar mi sorpresa. Esa fue la ultima desgracia que conto Héctor, de ahí en adelante se dedico a pregonar sus éxitos en la vida, que había ganado el campeonato nacional de matemáticas y obtenido el segundo lugar en el mundial de números, de cómo había obtenido una beca para estudiar en una universidad de prestigio, de su maravilloso promedio que le valió estudiar en el extranjero, de conocer no se cuantos países, de haber sido subgerente de una importante empresa a los veintitrés años… y la lista seguía, algo de un doctorado y otra cosa del gobernador de no se que parte. Comenzaba con lo trágico, seguía con lo bueno y terminaba con una canción y un aplauso de siete minutos. Ya al final de la conferencia, la gente se le arremolinaba para abrazarle, para desearle lo mejor, para darle donativos, para pedirle autógrafos, y siendo parte de mi trabajo, tuve que quedarme a su lado como si se tratara de una estrella de televisión, diciendo una y otra vez “si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte”. Al cabo de una hora de lo mismo, la fila por fin termino. Salimos del auditorio cerca del medio día, y en esa ocasión Héctor prefirió ir atrás. Se puso gafas oscuras y una gorra, prendió un cigarro y no me ofreció nada –¿que es lo peor que puede pasar? ¿Qué me de cáncer?- dijo bromeando. Le pregunte a donde quería ir, me dijo que lo llevara al lugar mas turístico de la ciudad. Lo lleve al calabozo donde murió Hidalgo y luego a caminar por la calle Libertad. Una mujer lo reconoció y se le acerco para felicitarlo, luego lo acompañe a comer con los demás conferencistas y los organizadores del evento. En el restaurant habría cerca de ocho personas, entre conferencistas y directivos. Cuando le preguntaron que quería comer, el dijo que tenia que seguir una dieta muy estricta, libre de grasas, azucares y carbohidratos, pero que ese día en particular la pasaría por alto. Era viernes santo, o viernes de esos de cuaresma y el pidió un filete termino medio. Yo sabia que no debía hablar frente a los jefes y realmente no tenia deseos de hacerlo. Entre los conferencistas estaba una diputada feminista de Ecuador que había hablado de la equidad de genero, otra conferencista bizca que era de la capital y que hablaría del derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, además de los choferes de estas, representantes del municipio y un padre amigo de una de ellas. Cuando llegamos estaban hablando de una ley proaborto que recién se había aprobado en Ecuador, todos se mostraban un poco indignados y luego Héctor dijo algo como “yo nunca abortaría, la vida es tan hermosa blablabla, yo el cáncer blablabla…”. Luego otra de las conferencistas hizo un comentario acerca de la catedral y Héctor rápidamente desvió de nuevo la conversación hacia el “a si, de hecho de ahí venimos, preciosa la catedral, hubieran visto en calle, mucha gente se acercaba a saludarme, es muy bonito cuando se tiene la oportunidad de conocer asi a las personas…”. Y Héctor lo logro, desvió la mayor parte de la atención hacia el, La comida se convirtió en una sesión de preguntas y respuestas, ¿Qué tipo de cáncer tienes? ¿hace cuanto lo detectaron? ¿Cuál es tu esperanza de vida? ¿en verdad tienes una escuelita de niños con cáncer? ¿Quién te financia eso? ¿Cuántas conferencias das por mes? ¿no cobras? , tengo cáncer en el estomago y en los intestinos, me lo detectaron hace seis años, los doctores no me dan mas de tres meses, es una organización donde ayudamos a niños con cáncer pero le decimos escuelita de cariño, nadie me financia, yo consigo recursos de aquí y de allá, doy hasta veinte conferencias por mes, yo no cobro; luego miradas de compasión y de admiración, luego la sonrisa de suficiencia de Héctor, hablando de niños cancerosos que duermen en cuevas mientras mordisqueaba su filete de trescientos pesos, le daba un sorbo a su tequila y hablaba de filas de personas deseosas de conocerlo que yo sabia que nunca existieron. Dude. Es decir, no dude de las buenas intenciones que pudiera tener, porque incluso si todo hubiera sido una mentira destinada a sacar provecho económico, el mensaje que daba se podía considerar objetivo, las reacciones que despertaba en la gente eran evidentes y el efecto era a luces positivo, no obstante de todas las deficiencias que pudieran existir, de los huecos y de las muy viables exageraciones, de las mentiras blancas y de los cuentos ajenos. ¿Qué tan criticable era mentir o exagerar si el propósito era “bueno”? , y encomillo la palabra bueno por lo relativo que el concepto puede ser. Bah, a mi que me importa, a mi que me importaba y que me importara todo el asunto. Al siguiente día el tipo se marcharía y jamás lo volvería a ver, ya sea por el cáncer, ya sea porque no existían motivos para ello. Pero aun así, no obstante de todos esos detalles, de que realmente no debería importarme, había algo en todo el asunto que me molestaba, algo que deseaba gritarle en el oído a Héctor, un sentimiento que bien podría ser un primitivo deseo de simplemente darle un golpe en la boca del estomago para ver si eso seria suficiente para matarlo. Contemplaba a Héctor hablar, quieto, muy quieto, apenas respirando, sin parpadear, mientras imaginaba que brincaba sobre el y le clavaba el tenedor una y otra vez hasta sacarle el ultimo de los tubos de su estomago, cuando finalmente termino su monologo, se despidió de los comensales y pidió que nos retiráramos. Me levante y asentí con la cabeza a modo de un adiós, siendo yo un simple elemento de logística, no requería mas formalidades que esa. Aun quedaban tres horas para su otra conferencia, la que le daría al auditorio mas joven, así que me pidió que lo llevara al hotel para que pudiera descansar un poco. En esa ocasión rechace su invitación a subir y le dije que mejor lo esperaría en el lobby. Al cabo de dos horas, Héctor bajo con mirada cansada. no sentía muchos deseos de hablar, por lo que, lo mas cortésmente que pude, cortaba las platicas lo mas rápido que podía. Ya casi por llegar al auditorio, Héctor me pregunto que edad tenia, le dije que en unos cuantos meses cumpliría los veintisiete, luego dijo muy soberanamente “espero que alcances la edad que aparentas”, lo dijo sin dejar de sonreír, sin mostrarse hostil, como con los mejores deseos. No dije nada, el tampoco, cada quien a los suyo, yo al camino y seguramente el volteo los ojos para poder verse por dentro. La otra conferencia fue básicamente igual a la de la mañana, aunque me di cuenta que improviso un poco, al hacer mas chistes y utilizar palabras como cabron y valemadrismo. Logro las mismas reacciones, incluso algunas mas fuertes, una niña que apenas tendría quince años no dejo de llorar en toda la conferencia, a un tipo de la sierra (y lo digo no tanto por la cachucha que tenia la leyenda “mis tres gallos” y con el grabado de lo que supongo eran tres gallos, sino por el marcadísimo acento con el que hablaba) se le quebró la voz cuando al final tomo el micrófono para decirle a Héctor que hasta ese día “yo estaba perdido”, y al final fue un poco mas de los mismo, la fila interminable de chavitas y chavitos que querían agradecerle, y bueno, alguien se equivoco al presentarme como el representante del moribundo, así que en esa ocasión no tuve que preocuparme por cuidar que no fueran a sacarle los adentros de tanto abrazo, sino que solo tuve que decirle a unos de los gorilas de seguridad que si podían encargarse de eso. Después de terminar con los abrazos, Héctor fue invitado por el comité que organizaba, a la tradicional celebración de bienvenida (pues el evento apenas duraba dos días) que hacían en una casa que se alquilaba para fiestas. Héctor acepto, por lo que mi turno se alargo aun mas. Eran casi las diez de la noche cuando esperaba que Héctor terminara con su sesión de… acomodamiento de tubos nocturna he de suponer, llevaba casi dieciséis horas moviéndome de un lugar a otro, por lo que cargue un café a la cuenta del comité y me senté en el bar a esperar a que todos los tubos terminaran de arreglarse para salir de noche. La fiesta estaba atiborrada de chavales de todos tamaños y colores, supongamos que la edad media no rebasaba los diecisiete años, aun así había barra libre porque unos de los principales patrocinadores era una nueva marca de sotol, aunque había “un estricto control sobre la distribución de alcohol”, pude ver a niñas de catorce años sorbiendo margaritas hechas a base de hielo. Pero bueno, por supuesto que una persona del calibre de Héctor no estaría con la plebe, por lo que fuimos pasados a la área de gente muy importante, donde el se acomodo entre el dueño de la nueva marca de sotol y el hijo del alcalde. Yo me alinee con el resto del personal de seguridad y choferes, pero Héctor me mando llamar para que me sentara entre el y el hijo del alcalde. No voy a ponerme a decirles que Héctor se dedico a hablar de el porque seria como estarse quejando, y no pretendo quejarme por algo que no debería importarme. Pero el caso es que así lo hizo. Duramos cerca de tres horas ahí, sentados y observándolo, a el y solo a el. Y afortunadamente eso sirvió de catalizador para que el tipo terminara por causarme asco. Mientras el seguía hablando de lo mismo, en mi muy personal análisis del día, termine por darme cuenta que el no tenia mas poder sobre mi que las demás personas. No tenía por que sentirme mal por el, no tenia que cambia mi manera de ver la vida, ni siquiera era valido considerar que conocerlo había sido un evento medianamente trascendente. Por eso me apresure a escribir estas líneas, antes de que todo terminara por olvidarse. Al siguiente día el se marcharía y jamás volvería a verlo. Otro individuo mas que tengo el poco placer de conocer, y que terminaría en la lista de gente poco importante que guardo en un rincón perdido de mi cerebro. El no era mejor que yo, su dolor no era mas importante que el mío, sus historia bien podrían ser falsas y aunque fueran ciertas, no eran mas trascedentes para el resto del universo que las mías propias, es decir, realmente importaban un carajo, si, tenia cáncer, pero no era motivo para aplaudirle y darle una medalla, millones de personas mas están enfermas, millones de personas mas han tenido una vida tan dura como la de el, millones de personas mas morirían el mismo día que el, y todo seguiría igual, nadie marcaria la mínima diferencia, su dolor, mi dolor, y el dolor del resto de las personas de la habitación y de la fiesta, era el mismo, la gente puede lamentarse por tener cáncer o por que su equipo de futbol no gano ese día, por haber perdido la casa en una apuesta o por terminar una relación de tres años, por no haber podido ir a la fiesta de tu madre o por la novela de las cuatro. Todos elegimos nuestros dolores, todos elegimos como los afrontamos, todos elegimos que es lo nos importa, y si yo quiero amargarme por simplemente no ser feliz, o si la vecina opta por huir por que su esposo la golpeo de nuevo, o si Héctor cree que sonreír es la mejor manera de recibir a la muerte, lo que sea, es lo mismo, son decisiones tomadas individualmente, unilaterales y arbitrarias, y todos importan lo mismo hablando de lo trascendente que pueden llegar a ser. Al final nada de eso va importar.
Decidí ocuparme con una mandarina que había guardado, masticando muy lentamente, haciendo tiempo y esperando que ese día terminara.
Hace algunos días me hablaron, pero no gente del banco, alguien les había dado mi número para contactarme. Hablaban de parte un comité organizador de un ciclo de conferencias para la familia, un congreso de la juventud que tenía algunos años haciéndose en la ciudad, traían dos o tres estrellitas de televisión, algún productor de música, y motivadores personales. Ya conocía ese tipo de congresos, de día se hablaba de valores y de noche hacían fiestas donde el alcohol era gratis y prácticamente sin ningún control. Niños de unos quince años podían entrar a hacer el ridículo con dos cervezas, chavitas de diecisiete años se movían rítmicamente con música ruidosa y monótona, mientras cabrones de veinte intentaban sacar provecho de la situación. Sí sí, doble moralidad, incongruencias de las autoridades, bla bla bla… Nada que me importara realmente. Me preguntaron que si podía trabajar al día siguiente. Tendría que ir por una persona al aeropuerto, luego llevarla al hotel, luego al congreso, luego a comer, luego a donde me dijeran, a turistear o a comprar chucherías de la ciudad, nada fuera de contexto o interesante. No tenía mucho dinero guardado y los cigarros se estaban terminando así que acepté sin pensarlo mucho. Al siguiente día fui a recoger la camioneta en la que movería a mi cliente, otras dos personas estaban allí esperando lo mismo. Se nos asignaron vehículos y tuvimos que esperar al jefe sin que diera más explicaciones. Luego comencé a escuchar que vendrían dos estrellitas de televisión juvenil, de esas veinteañeras que salen en novelas y hacen como que cantan. Mi hermano tenía incluso un afiche en su habitación con una de ellas en poca ropa. Esto podría ser interesante pensé, pero vaya, no es sorpresa que no me tocaran ninguna de ellas. Yo tendría que mover a un motivador personal. Maldije a mi suerte por primera vez ese día a las siete de la mañana. Ya con mi itinerario listo me dirigí al aeropuerto con los otros dos vehículos detrás de mí. Cuando llegamos aún faltaba media hora para que el avión llegara, así que me quede en la camioneta para hacer tiempo. Cuando se acercaba la hora me di cuenta de que había perdido el cartel con el nombre del tipo. Maldita sea, pedí una hoja en la recepción del aeropuerto y con una pluma rayé el nombre. No era muy convincente, pero daría el servicio. Me coloqué en la entrada de las llegadas alzando mi horrible hoja con mi horrible letra. Nadie me había descrito a Héctor, que era el nombre escrito en la hoja, nadie me había dicho nada sobre él, ni de que hablaría ni cómo era. Nada. Llegó una de las estrellitas, era mucho más pequeña de lo que imaginaba, aunque aún sin maquillaje era ridículamente bella. Demonios, sólo la vi pasar mientras el idiota que la llevaría al hotel sonreía con… pues con una sonrisa idiota. La sonrisa que llevaba horas practicando para recibir a Héctor cayó sin más junto a mi horrible hoja. A la estrellita la vi alejarse con mi vista perdida en su espalda cuando Héctor apareció.
El tipo tenía cáncer. O Sida. O ambos. En ese momento me incliné por creer que se trataba de cáncer porque no tenía un solo vello en su pálido rostro, y además llevaba una gorra que seguramente cubría una cabeza vuelta calva por la quimioterapia. Fantástico, al idiota de idiota sonrisa le había tocado una diva televisiva y a mi un guey con cáncer. “Buena esa Dios” y según recuerdo esa fue la tercera vez que maldecía en el día, y apenas eran las ocho. Cargué sus maletas en el carro y con premura abrí la puerta de atrás.
-No, como crees, me voy adelante- dijo con un acento que me pareció un poco afeminado. Enfermo, feo y homosexual. La mañana apenas comenzaba.
-¿Cómo te llamas?- preguntó. Sin querer verme muy grosero le dije mi nombre. Hizo un chiste de mi nombre. No me reí.
-¡Ríete!- fingí una sonrisa. Luego lo inevitable. Héctor comenzó a hablarme de su vida sin que yo lo preguntara. Se dedicaba a eso. Veintitantos años, ocho tipos de cáncer, no tenía colón, no tenía la mitad del intestino delgado, se estaba quedando ciego por unos tumores en los lagrimales, no podía metabolizar la comida, no podía orinar o defecar sin ayuda de un tubo, lo habían operado no sé cuántas veces en no sé cuántos meses, no tenía una vida sexual, le daban paros respiratorios, había estado al borde de la muerte en tres ocasiones, se le formaban coágulos en los pulmones, temblaba, estaba perdiendo la voz, tenía tubos en el vientre, tenía tubos debajo del vientre y le quedaban menos de tres meses de vida. Y al terminar de contar eso sonrió. Se qué estaba pensando. “¿Y tú de qué te quejas?”. Yo de qué me quejo, yo de qué me quejo, yo de qué me quejo… luego más chistes, más sonrisas fingidas hasta que llegamos al hotel mientras conversábamos acerca dela ciudad y de la comida. Cosas de turistas sin importancia. Pudiendo manejar para una actriz tuvo que tocarme un desahuciado insufrible y empalagoso que se dedicaba a viajar por el país dando testimonio de lo hermoso que puede ser la vida. Llegamos al hotel y llevé las maletas al cuarto. Le dije que lo esperaría en el lobby pero el insistió en que me quedara. Entre al cuarto y me senté en la silla más cercana a la puerta. El seguía, me preguntó por mi familia y por la escuela, me preguntó por mis amigos y pasatiempos. El tipo comenzaba a serme un poco molesto. Supongo que al igual que yo puedo ser molesto por quejoso y pesimista, Héctor lo era por insufrible y feliz. Me pidió que saliera de la habitación por que tenía que hacerse una diálisis o algo así. Antes de irme pude ver cómo sacaba una caja llena de tubos de una de las maletas. Salí a fumar un cigarro mientas él terminaba. Al cabo de una media hora estaba en la entrada del lobby con un pantalón de mezclilla, playera rosa y una cachucha verde. Sonreía como siempre, me pregunté si la sonrisa no sería el efecto colateral de las quimioterapias. Íbamos retrasados, por lo que tuve que manejar deprisa para llegar a tiempo. Cuando por fin llegamos, una pequeña comitiva ya nos esperaba en la puerta de entrada. Nos asignaron una pequeña habitación acondicionada con un sillón y una cesta de frutas. De nuevo me senté en la silla más cercana a la salida. Él comenzó a cantar. Me dijo que por lo regular cantaba dos o tres canciones por conferencia. Me entretuve con una mandarina que pelé muy lentamente para hacer tiempo, pues la conferencia según me había dicho Héctor, podía prolongarse hasta por dos horas. Eventualmente fue llamado para que empezara su conferencia. Habría unas setecientas personas en el auditorio. Comenzó con un chiste, supongo que para captar la atención del público. Luego preguntó:
-¿Y ustedes… como viven su vida? ¿Yo? Yo la vivo como si fuera el último día de mi vida. ¿Saben por qué? Porque para mí éste podría ser el último, los doctores no me han dado más de dos meses de vida, tres como máximo, por eso vivo de esta manera, disfrutando a plenitud cada cosa que hago, viendo cosas de las que ustedes ni siquiera se percatan como lo que realmente son, obras de arte, obras de arte de Dios Mismo. amando a mi familia, haciendo todos los días amigos nuevos, disfrutando los que ya tengo, cantando, y hago todo esto a pesar de que vivo en una intenso dolor, porque yo tengo cáncer en etapa terminal, paso 3 días a la semana en el hospital, tengo que usar tubos para poder ir al baño, por las noches el dolor en el estómago me arranca gritos de dolor, por que aún las medicinas más fuertes solo logran mitigar un poco el sufrimiento y aún así, aún así con todo esto, estaría dispuesto a tener mil cánceres con tal de disfrutar un solo día el maravilloso regalo de Dios que es ésta vida. Y a ustedes les digo, que quien tenga el día de mañana asegurado que pasa aquí al frente y me lo diga… ¿Pero saben qué? Nadie en este mundo tiene el día de mañana asegurado, nadie de los que están aquí, todos están tan desahuciados como yo, nada los diferencia de mí y así pasan los días sin siquiera darles importancia, han perdido la capacidad de asombro, y un día, quiera Dios muy lejano, podrían voltear hacia atrás sólo para mirar todas las cosas que no hicieron, dijeron, desperdiciaron…-
Un atronador aplauso inundó el salón. Yo seguía ocupado con la mandarina, masticando muy lentamente, haciendo tiempo. Seguía atrincherado en el camerino, pero la curiosidad y el hecho de que mi mandarina estaba por terminarse, me hizo salir a la sala de conferencias. Mayoritariamente el publico estaba compuesto por señoras, aunque en la parte trasera se veían algunos sectores de niños uniformados con cara de aburrimiento. El congreso estaba divido en dos, por las mañanas se hacia énfasis en las familias y las tardes se dedicaban a la juventud. Durante el trayecto de aeropuerto al hotel ya había escuchado la presentación de Héctor, con cosas mas cosas menos, pero ya sabia que tenia cáncer, que tenia tubos, que no le quedaba mucho tiempo… era una letanía para el, cambiaba de ciudad pero decía lo mismo, una y otra y otra vez. Bonita forma de pasar el final de tu vida pensé. Y bien, digamos que era cierto lo que decía de la capacidad de asombro, digamos que efectivamente el hombre pierde la posibilidad de asombrarse ante lo nuevo, es lo que diferencia a los adultos de los niños, convierten una vida de sorpresas en una rutina de quehaceres aderezada con los leves condimentos de la sociedad moderna. Digamos que eso es cierto. ¿Pero tener mil canceres por un solo día de vida? Tuve que diferir con Héctor, yo no cambiaria un día. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela de vida por mil canceres, no cambiaria una vida entera por mil canceres, ni por uno siquiera. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela enterita en un volado, eso es diferente… pero bueno, a Héctor le encanta vivir, hay que reconocer eso sin juzgarlo. Me senté en la parte de atrás donde no había nadie mas y después de mirar un rato el vacio, comencé a ponerle atención de nuevo a la platica:
-… menos de treinta años y estoy por terminar. No quiero que piensen que me estoy quejando, yo nunca hago eso, de esta vida no tengo ninguna queja por que seria una ofensa a Dios. Tampoco vivo con rencor o reprochándome lo que no hice, el pasado esta muy atrás y ya nada se puede hacer con lo que hicimos o no hicimos, yo aprendí a perdonar incluso cuando nadie me pedía perdón. ¿Del futuro? El futuro no existe, hoy podemos morir y se termina todo. La vida es este momento, aquí y ahora, se vive cada minuto, no podemos vivir en las horas que han muerto, ni tampoco podemos hacerlo en los días que aun no nacen. Y ahora quiero que se pregunten… ¿están viviendo en el pasado? ¿Hacen cosas pensando en su futuro? ¿se dan cuenta que la vida es esta hecho de instantes nada mas?...-
Héctor sonreía mientras arqueaba las cejas. Creo que las arqueaba, porque es difícil saberlo cuando no se tienen cejas, pero estoy casi seguro que la carne de su frente se arqueo. Luego se callo. El silencio inundo la habitación. Ah, se trataba de una introspección, de responder las preguntas que recién había hecho. Lo supe porque el señor que estaba delante de mi se llevo la mano a la barbilla, señal inequívoca de reflexión. Sin quererlo, mi cerebro comenzó a trabajar en las respuestas, como un reflejo de defensa. Vivir en el pasado. No. Bien, no creo hacerlo, no es que pase los días recordando mis pocos días de gloria, o no es que pase gran parte del día haciéndolo. Por las mañanas se me van algunos instantes viendo el lado vacio de la cama es cierto, y luego veo el rostro de ella a la que no puedo olvidar aun. Luego un vacio inunda mi estomago y pienso que quizá ese día le hable solo para escuchar su voz, aunque nunca lo haga. Por las tardes cuando suelo caminar por el parque enfrente de mi casa, me vienen a la mente olores e imágenes de lugares que he visitado y me recrimino un poco por seguir aquí, haciendo de mi vida prácticamente nada. Y las noches… bueno, las noches son complicadas dejémoslo así. Eso no es vivir en el pasado creo yo, además de que no podemos olvidar nuestros errores porque nos condenaríamos a repetirlos. No, contestando tu pregunta Héctor, no vivo en el pasado. ¿Pienso demasiado en el futuro? No. No creo. ¿Que es exactamente pensar el futuro? Por supuesto que hago planes, que seria la vida sin hacer planes y además… luego recupere mi libre albedrio. Estúpidos reflejos, yo no quería siquiera pensar en las preguntas, así que deja a un lado la introspección y comencé a observar el auditorio. Como ya había dicho, principalmente se trataba de mujeres ya entradas en años, algunos señores y dos o tres grupos de primaria. Todos con cara meditabunda. Se dejaron escuchar algunos susurros entre la audiencia, por lo que Héctor comenzó a hablar de nuevo. Antes de que hiciera otra pregunta que obviamente yo no quería contestar, me levante y me escondí de nuevo en el camerino. Tome un plátano que también pele muy lentamente, y que mastique como mínimo unas sesenta veces antes de pasar cada bocado. El aburrimiento ya era hastió, y el hastió pronto se convertiría en sueño. El sillón era cómodo, por lo que paso lo que tenia que pasar. No pasaron cinco minutos cuando una espantosa melodía me despertó de mi hermoso letargo mata conferencias. Me levante de un sobresalto, y de nuevo, traicionado por mis reflejos, me dirigí otra vez a la sala de conferencias. Héctor movía los brazos en lo que supongo, era el mejor intento de un desahuciado baile. Luego comenzó a cantar. Cantaba mejor que yo, lo cual no era siquiera una aproximación ridícula a un cumplido, pues canto horrible. Más que horrible. Conocía la canción, creo recordar que había sido el tema de alguna campaña publicitaria hace ya algunos años.
“abre tus brazos fuertes a la vida, no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá… abre tus brazos fuertes blablabla, que nada te llevaras, blablabla…” algo de ángeles y ya no recuerdo que mas. Todo el asunto comenzaba a parecerme patético, todo en conjunto pintaba un cuadro más bien melodramático y algo morboso. No me sentaba la idea de que alguien pasara así sus últimos días, mal cantando frente a una audiencia de personas de las cuales, probablemente una parte estaría ahí por obligación, y la otra porque no tenia nada mejor que hacer. Se me escapo una sonrisa. Lo mas seguro es que a Héctor no le molestara, incluso creo que se vanagloraria de haberme hecho reír. Cuando termino de cantar el publico respondió de nuevo con aplausos y silbidos. Y luego pensé en porque aplaudían. No creo que fuera por su maravillosa canción o por sus dotes artísticos o interpretativos. Entonces aplaudían porque el tipo tenia cáncer y no le quedaba mucho tiempo de vida, pero aun así estaba ahí, gastando sus últimos días dando testimonio de lo hermoso que a el (y creo que debería remarcar “el”) le parecía la vida. No quise adentrarme mucho en eso, en que tan moralmente aceptable pueden ser esos aplausos de reconocimiento que fácilmente se pueden ver como de lastima. Y no importa que nadie del publico lo pensara así, que nadie le tuviera lastima, pero las multitudes son mas fáciles de interpretar que los individuos. Cuando un individuo sonríe puede tener ochocientas connotaciones distintas, pero cuando una multitud de pone de pie para aplaudirle a un moribundo que acaba de cantar pesimamente (ya por el cáncer que probablemente tiene en la garganta o porque simplemente no tiene talento) durante casi dos minutos, no es tan difícil adivinar los motivos que los orillan a ese tipo de comportamientos. Empatía o lastima. O ambas. Una empatía lastimera. Si fuera posible juntar todos los pensamientos de la multitud en uno solo (esto de manera figurativa, como si existiera alguna formula para promediar las ideas) estoy seguro de que seria algo así como “alma mía de su vida, pobrecito! Que valiente! Míralo ahí, muriendo y aun tiene ánimos de cantar! BRAVO!”. Yo no aplaudí. No lo hice porque canto pesimamente. Y no le iba a aplaudir porque tuviera cáncer, eso ni a el le agradaría. ¿Entonces por que sonreía cuando le aplaudieron? ¿Pensaba que fue por su calidad vocal? ¿o sabia que era por que estaba condenado a muerte? ¿y que tan valido es una u otra de esas razones?. Bah. Como decía, ya todo era un cuadro patético de melodramatismo, una celebración de la vida propia por la muerte de otro. ¿Cuál era el mensaje final de esto? “aun estoy vivo, el esta muriendo, desde ahora viviré de manera diferente, no desperdiciare mi vida, no mas..” .Algo así supongo. Pero bien, si a ellos les funcionaba, no era nada criticable lo que Héctor hacia. Seguía perdido en esos pensamientos y el continuaba hablando, hasta que una frase capto mi atención. “…ellos me tocaban…”. Carajo. ¿Qué quien te tocaba que Héctor?...
-…mi padre duraba días tomando, agarraba la borrachera desde el viernes y en ocasiones no las terminaba hasta el siguiente viernes. Una semana encerrado en la casa, con vivavillas que en aquel entonces costaban diez pesos. 3 por día. Siempre tenía amigos en la casa, si es que a eso se les puede llamar amigos. No se quien era el ventajoso, si mi padre que los tenia ahí a cambio de que continuaron suministrándole alcohol, o sus amigos que continuaban comprándole aguardiente a cambio de un lugar donde tomar. Mi papa hacia como si mis hermanos y yo no hubiéramos existido, pasaban los días y el continuaba en lo suyo, pasaban las semanas y ni una palabra. Yo sabia que no había que hablarle, porque cada vez que lo hacíamos el reaccionaba como un animal y nos daba unas palizas de aquellas. Pero mis hermanos eran menores y en ocasiones se les olvidaba… es una ocasión se me ocurrió decirle a mi hermano que mi cumpleaños estaba muy cercano, y el, inocentemente le pregunto a mi papa con voz de juego “quien crees que cumple años en dos semanas pa´?”. Con la mirada perdida y ahogado en alcohol, se levanto a tropiezos de la cama, se quito el cinto, y comenzó a pegarle a mi hermano. Corrí desde la cocina, y me puse en medio de mi hermano y mi papa. El seguía gritando y levantando el brazo, “¿tu lo mandaste verdad? Para que me dijera que iba ser tu cumpleaños!”. ¿y saben algo? Yo estaba feliz, porque sabia que ese cinto no le pegaría mi hermano, porque sabia que el estaba en la cocina, asustado quizá, pero nadie lo estaba golpeando…-
Por dios Héctor… comenzaba a serme bastante inverosímil… comenzaba a pensar que solo jugaba con las sensibilidades de la audiencia. Y luego continuo:
-y mi papa se ahogaba en alcohol, y sus amigos seguían ahí, hombres que mi papa apenas conocía, teporochos de la colonia, almas perdidas… y en mas de una ocasión, algunos de ellos entraban por la noche al cuartito de cartón donde dormíamos yo y mis hermanitos, y se acostaban en medio de mi hermana y yo, y me tocaban, y yo veía como tocaban a mi hermana, pero teníamos demasiado miedo para hacer algo, solo nos quedábamos ahí, llorando, esperando que se quedaran dormidos o se fueran…-
Parecía que la habitación estaba muerta. Solo se escuchaban algunos sollozos perdidos entre la multitud. Al observar mejor, pude ver que había varias señoras llorando. Se mantenían inmutes, pero las lagrimas se resbalaban por sus mejillas. Héctor había tocado una fibra sensible, cierto, la pedofilia tiene ese efecto sobre las personas, les parece demasiado grotesco, demasiado horrible… y no se a donde quería llegar Héctor con eso. Se trataba de narrar tragedias creo, me di cuenta que no buscaba la empatía de las personas, no puedes pedir empatía a una multitud en base de abusos sexuales, eso iba mas allá, quizá se trataba de sensibilizar al publico, o de mostrar lo espantosa que la vida puede ser y aun estar bien dispuesto a sonreírle a lo que venga. O quizá alguien le había dicho a Héctor que el cáncer se podía curar con lágrimas ajenas. No lo se. En ese momento me deje entregar un poco a mi humanidad, y sentí empatía o algo así. Si, quizá sea un poco insensible, o un mucho, quizá parezca que no me importa nada, quizá sea cierto, pero tampoco estoy hecho de basura. He de suponer. El pobre hombre tenia cáncer, un padre alcohólico, una madre ausente, vivía en un casa de cartón, y además, encima de todo, sufría abusos sexuales.
(Dios se ensaño con este cabron)
Me reí un poco de mi pensamiento. Me reí solo por dentro, siempre he podido conservar la postura en esas situaciones, porque no podía ignorar a la veintena de señora que continuaban llorando a mi alrededor. La idea de volver a atrincherarme en el camerino no parecía tan mala, pero en ese momento, un amigo que no veía desde hace tres o cuatro años, se sentó a un lado. No había cambiado mucho, tendría unos tres kilos de más, el pelo un poco mas corto, pero en esencia, era el mismo Pepe de los años de escuela. Sonreía como la última vez que lo vi.
-¿Qué estas haciendo aquí?- susurro de manera muy poco efectiva
-soy chofer del tipo con cáncer- dije entre dientes mientras señalaba a Héctor
-¿que fuerte historia no?- pregunto de forma casi acusativa
-si- dije después de dudar unos instantes…
Que fuerte historia. A eso lo resumía Pepe. No estoy muy seguro de que es lo que quiso decir con “fuerte historia”, si se refería a la profundidad del relato, o la fuerza de la narrativa, o al trasfondo ético de la novela… pero lo dijo de una manera casi absoluta, haciendo énfasis en “fuerte” y el ultimo “no”, como ya sabiendo la verdad, como solo esperando una respuesta que tendría que ser confirmativa. Tuve que decir que si. No se si porque lo pensaba así en ese momento o porque me daba pereza discutir.
-creo que es homosexual…- dije a manera de broma, tuve que reír un poco para que Pepe se diera cuenta de eso y afortunadamente el rio también. La historia no era tan “fuerte” como para no poder burlarnos un poco.
-¿lo besarías si fuera su ultimo deseo?- pregunte
-creo que si… ¿tu lo harías?- dijo sonriendo de nuevo
-no… no es mi tipo- conteste mientras observaba a Héctor. Los dos reímos. Héctor continuaba hablando:
-… y eso es lo que me ha ayudado a enterrar el pasado. El perdón. Aprendí a perdonar aun cuando nadie me había pedido perdón. Y es diferente a olvidar, no perdonamos por que olvidamos, perdonamos porque nos quitamos los rencores de encima, porque todos los reproches guardados no son mas que veneno, veneno que infecta nuestra alma, veneno que puede terminarnos, por eso yo perdono pero no olvido, porque es la vida es tan bella y en ocasiones tan corta, que no vale la pena pasarse los días así. Aprendan a perdonar para que puedan ver con claridad la vida. Y déjenme les digo, que hace un mes inauguramos un nuevo tumor en los lagrimales, y en menos de un mes perderé la vista, por eso ahora, me dedico a guardar imágenes bonitas para cuando se apague la luz, tengo algo que recordar…-
Y luego esa sonrisa de suficiencia de nuevo., una sonrisa casi retadora, incitante, azuzando al publico como a un toro, esperando que este saliera de su letargo con un largo suspiro, un suspiro quejumbroso y lastimero, no si era mas empatía o mas lastima, no se que estaba buscando Héctor, en ese momento solo trataba de mantenerme alejado del foro, no quería pensar mas en eso, sentía como si alguien tratara de atacar mi tristeza y mi dolor, como un pavorreal con una cola claramente mas grande y con mas colores, pavoneándose de un lado a otro, emitiendo graznidos y moviendo la cabeza como si fuera a picotearme, queriendo dejar muy claro que todo lo que yo sentía, era minúsculo, ridículo, maldita sea, como si no tuviera ya problemas para justificar todo eso, como si en ocasiones no sintiera que toda la nausea que siento es inútil, desplantes de un ridículo hombrezucho con complejos de genio atormentado, maldita sea, no quería pensar en eso, quería alejarme con lo mío, esconderlo lejos de este moribundo que se dedicaba a robárselo a las personas sin cáncer, a las personas que nunca fueron sexualmente abusadas, a los que no nos vamos a quedar ciegos, a los que no somos como el. Sentí la inmensa necesidad de salir corriendo de ahí, de pasar en medio de todas las sillas, de empujar a la gente, de hacer un escándalo, de robarle algo de la atención que tenia de toda la gente, pero me quede ahí, sentado y tratando de casi no moverme, y luego vi a Pepe. Seguía sonriendo, pero tenia los ojos llenos de agua, a punto de desbordarse, Pepe, el que siempre sonreía, había sido alcanzado por Héctor. No supe que sentir o hacer y el estaba en la misma situación. Volteo a verme y medio abrió la boca, se le quebró la voz, mas agua en sus ojos, no dijo nada mas. Me sentí un poco incomodo, así que mejor me levante, toque el hombro de Pepe esperando que entendiera el gesto de apreciación, y me fui sin decir nada mas. El estaría mas cómodo solo, con Héctor y su dolor. Luego de nuevo en las barracas, hurgando entre la fruta y tratando de no escucharlo mas. Claro que la intención de Héctor no era minimizar el dolor de los demás, pero así era como yo lo percibía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Esa voz llena de alegría se escuchaba lejos, pero aun así retumbaba en mis oídos y rebotaba en mi cabeza una y otra vez.
-y una semana antes de navidad, cuando trabajaba limpiando vidrios en un crucero, una señora me dio una cajita con tres pelotas de ping-pong. Por esas fechas también trabajaba en una carpintería haciendo el aseo, y le pedí al maestro carpintero algo de los deshechos que iba a tirar. ¡Iba a hacer una mesa de ping-pong!, haría las raquetas y pintaría la madera, y el día de navidad, debajo del árbol que todos los años estaba vacio, pondría la mesa y mis hermanitos tendrían un regalo por primera vez en sus vidas. Comencé a trabajar en el patio de la casa, no podía decirle a mis hermanos que estaba haciendo porque era una sorpresa, pero Carlitos, que tenia seis años en ese entonces, estaba pregunte y pregunte “que estas haciendo, que estas haciendo, que estas haciendo”, le dije que se metiera a la casa porque me iba a tirar la madera, pero no hizo caso, y bueno, efectivamente tiro la madera, tiro la mesa y la rompió en dos. Sentí mucho coraje y lo nalguee. Comenzó a llorar como si alguien le hubiera pegado con un tubo. Estaba inconsolable, pero no era por la nalgada, sino porque se sentía culpable. Yo también comencé a llorar del coraje, Salí del patio y me senté en la banqueta. Carlitos se sentó a mi lado y sollozando me decía “perdón, manito, perdón”. Yo quería decirle que estaba bien, que no pasaba nada, pero el coraje era demasiado y la voz no me salía. Cuando por fin me calme, voltee a ver mi hermano para decirle que todo estaba bien y esa fue la ultima vez que lo vi vivo. La defensa de un carro le dio justo en la frente. Y ahí estaba, mi hermanito tendido en la calle lleno de sangre, yo a su lado, embarrándomela en el cuerpo para ver si podía compartir algo del dolor, para ver si me hermanito se levantaba, pero ya era demasiado tarde para decirle que lo perdonaba…-
No me esperaba eso. Toda la conferencia era un increscendo de desgracias y tragedias, cada vez mas triste, cada vez mas doloroso, cada vez mas crudo. Ya no sabia que pensar o sentir, solo deseaba que terminara pronto, que Héctor nos contara la desgracia mas grande todas para poder irnos a nuestras casas con nuestros propios dolores. No tenia que salir para comprobar que seguramente todo el publico estaba llorando, pero aun así lo hice. El seguía hablando, diciendo algo del perdón y de la importancia de decir las cosas a tiempo, y la gente seguía sumida en las miserias del moribundo, y yo, bueno yo estaba un poco aturdido si he de ser sincero, aunque en el exterior fuera toda tranquilidad y todo temple, he de admitir que por dentro, y solo por ese momento, llegue a dudar de mi capacidad para hacer un lado los problemas ajenos. El folleto de la presentación de Héctor rezaba algo así como “cambia tu vida” o algo así. ¿y si realmente este sujeto tenia la capacidad para ir de pueblo en pueblo, contando lo mal que la vida lo había tratado, con una sonrisa de oreja a oreja, cambiando la perspectiva de los desdichados que iban a verle?. Si, por un momento así lo creí, por un momento minimice todos mis problemas, todas mis desgracias, todas las pequeñas situaciones que me acontecen y que mi quitan el sueño, todas las cajas llenas de ilusiones muertas que acarreo como una cruz, todos los prejuicios hacia mi mismo y hacia los demás que me siguen como una sombra y que me hunden mas en este juego que se llama vida, todas mis falsas percepciones, todo parecía tan pequeño, tan insignificante al lado de la vida de ese hombre con tubos en el vientre. Estaba anonadado, tuve que sentarme para evaluar mi sorpresa. Esa fue la ultima desgracia que conto Héctor, de ahí en adelante se dedico a pregonar sus éxitos en la vida, que había ganado el campeonato nacional de matemáticas y obtenido el segundo lugar en el mundial de números, de cómo había obtenido una beca para estudiar en una universidad de prestigio, de su maravilloso promedio que le valió estudiar en el extranjero, de conocer no se cuantos países, de haber sido subgerente de una importante empresa a los veintitrés años… y la lista seguía, algo de un doctorado y otra cosa del gobernador de no se que parte. Comenzaba con lo trágico, seguía con lo bueno y terminaba con una canción y un aplauso de siete minutos. Ya al final de la conferencia, la gente se le arremolinaba para abrazarle, para desearle lo mejor, para darle donativos, para pedirle autógrafos, y siendo parte de mi trabajo, tuve que quedarme a su lado como si se tratara de una estrella de televisión, diciendo una y otra vez “si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte”. Al cabo de una hora de lo mismo, la fila por fin termino. Salimos del auditorio cerca del medio día, y en esa ocasión Héctor prefirió ir atrás. Se puso gafas oscuras y una gorra, prendió un cigarro y no me ofreció nada –¿que es lo peor que puede pasar? ¿Qué me de cáncer?- dijo bromeando. Le pregunte a donde quería ir, me dijo que lo llevara al lugar mas turístico de la ciudad. Lo lleve al calabozo donde murió Hidalgo y luego a caminar por la calle Libertad. Una mujer lo reconoció y se le acerco para felicitarlo, luego lo acompañe a comer con los demás conferencistas y los organizadores del evento. En el restaurant habría cerca de ocho personas, entre conferencistas y directivos. Cuando le preguntaron que quería comer, el dijo que tenia que seguir una dieta muy estricta, libre de grasas, azucares y carbohidratos, pero que ese día en particular la pasaría por alto. Era viernes santo, o viernes de esos de cuaresma y el pidió un filete termino medio. Yo sabia que no debía hablar frente a los jefes y realmente no tenia deseos de hacerlo. Entre los conferencistas estaba una diputada feminista de Ecuador que había hablado de la equidad de genero, otra conferencista bizca que era de la capital y que hablaría del derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, además de los choferes de estas, representantes del municipio y un padre amigo de una de ellas. Cuando llegamos estaban hablando de una ley proaborto que recién se había aprobado en Ecuador, todos se mostraban un poco indignados y luego Héctor dijo algo como “yo nunca abortaría, la vida es tan hermosa blablabla, yo el cáncer blablabla…”. Luego otra de las conferencistas hizo un comentario acerca de la catedral y Héctor rápidamente desvió de nuevo la conversación hacia el “a si, de hecho de ahí venimos, preciosa la catedral, hubieran visto en calle, mucha gente se acercaba a saludarme, es muy bonito cuando se tiene la oportunidad de conocer asi a las personas…”. Y Héctor lo logro, desvió la mayor parte de la atención hacia el, La comida se convirtió en una sesión de preguntas y respuestas, ¿Qué tipo de cáncer tienes? ¿hace cuanto lo detectaron? ¿Cuál es tu esperanza de vida? ¿en verdad tienes una escuelita de niños con cáncer? ¿Quién te financia eso? ¿Cuántas conferencias das por mes? ¿no cobras? , tengo cáncer en el estomago y en los intestinos, me lo detectaron hace seis años, los doctores no me dan mas de tres meses, es una organización donde ayudamos a niños con cáncer pero le decimos escuelita de cariño, nadie me financia, yo consigo recursos de aquí y de allá, doy hasta veinte conferencias por mes, yo no cobro; luego miradas de compasión y de admiración, luego la sonrisa de suficiencia de Héctor, hablando de niños cancerosos que duermen en cuevas mientras mordisqueaba su filete de trescientos pesos, le daba un sorbo a su tequila y hablaba de filas de personas deseosas de conocerlo que yo sabia que nunca existieron. Dude. Es decir, no dude de las buenas intenciones que pudiera tener, porque incluso si todo hubiera sido una mentira destinada a sacar provecho económico, el mensaje que daba se podía considerar objetivo, las reacciones que despertaba en la gente eran evidentes y el efecto era a luces positivo, no obstante de todas las deficiencias que pudieran existir, de los huecos y de las muy viables exageraciones, de las mentiras blancas y de los cuentos ajenos. ¿Qué tan criticable era mentir o exagerar si el propósito era “bueno”? , y encomillo la palabra bueno por lo relativo que el concepto puede ser. Bah, a mi que me importa, a mi que me importaba y que me importara todo el asunto. Al siguiente día el tipo se marcharía y jamás lo volvería a ver, ya sea por el cáncer, ya sea porque no existían motivos para ello. Pero aun así, no obstante de todos esos detalles, de que realmente no debería importarme, había algo en todo el asunto que me molestaba, algo que deseaba gritarle en el oído a Héctor, un sentimiento que bien podría ser un primitivo deseo de simplemente darle un golpe en la boca del estomago para ver si eso seria suficiente para matarlo. Contemplaba a Héctor hablar, quieto, muy quieto, apenas respirando, sin parpadear, mientras imaginaba que brincaba sobre el y le clavaba el tenedor una y otra vez hasta sacarle el ultimo de los tubos de su estomago, cuando finalmente termino su monologo, se despidió de los comensales y pidió que nos retiráramos. Me levante y asentí con la cabeza a modo de un adiós, siendo yo un simple elemento de logística, no requería mas formalidades que esa. Aun quedaban tres horas para su otra conferencia, la que le daría al auditorio mas joven, así que me pidió que lo llevara al hotel para que pudiera descansar un poco. En esa ocasión rechace su invitación a subir y le dije que mejor lo esperaría en el lobby. Al cabo de dos horas, Héctor bajo con mirada cansada. no sentía muchos deseos de hablar, por lo que, lo mas cortésmente que pude, cortaba las platicas lo mas rápido que podía. Ya casi por llegar al auditorio, Héctor me pregunto que edad tenia, le dije que en unos cuantos meses cumpliría los veintisiete, luego dijo muy soberanamente “espero que alcances la edad que aparentas”, lo dijo sin dejar de sonreír, sin mostrarse hostil, como con los mejores deseos. No dije nada, el tampoco, cada quien a los suyo, yo al camino y seguramente el volteo los ojos para poder verse por dentro. La otra conferencia fue básicamente igual a la de la mañana, aunque me di cuenta que improviso un poco, al hacer mas chistes y utilizar palabras como cabron y valemadrismo. Logro las mismas reacciones, incluso algunas mas fuertes, una niña que apenas tendría quince años no dejo de llorar en toda la conferencia, a un tipo de la sierra (y lo digo no tanto por la cachucha que tenia la leyenda “mis tres gallos” y con el grabado de lo que supongo eran tres gallos, sino por el marcadísimo acento con el que hablaba) se le quebró la voz cuando al final tomo el micrófono para decirle a Héctor que hasta ese día “yo estaba perdido”, y al final fue un poco mas de los mismo, la fila interminable de chavitas y chavitos que querían agradecerle, y bueno, alguien se equivoco al presentarme como el representante del moribundo, así que en esa ocasión no tuve que preocuparme por cuidar que no fueran a sacarle los adentros de tanto abrazo, sino que solo tuve que decirle a unos de los gorilas de seguridad que si podían encargarse de eso. Después de terminar con los abrazos, Héctor fue invitado por el comité que organizaba, a la tradicional celebración de bienvenida (pues el evento apenas duraba dos días) que hacían en una casa que se alquilaba para fiestas. Héctor acepto, por lo que mi turno se alargo aun mas. Eran casi las diez de la noche cuando esperaba que Héctor terminara con su sesión de… acomodamiento de tubos nocturna he de suponer, llevaba casi dieciséis horas moviéndome de un lugar a otro, por lo que cargue un café a la cuenta del comité y me senté en el bar a esperar a que todos los tubos terminaran de arreglarse para salir de noche. La fiesta estaba atiborrada de chavales de todos tamaños y colores, supongamos que la edad media no rebasaba los diecisiete años, aun así había barra libre porque unos de los principales patrocinadores era una nueva marca de sotol, aunque había “un estricto control sobre la distribución de alcohol”, pude ver a niñas de catorce años sorbiendo margaritas hechas a base de hielo. Pero bueno, por supuesto que una persona del calibre de Héctor no estaría con la plebe, por lo que fuimos pasados a la área de gente muy importante, donde el se acomodo entre el dueño de la nueva marca de sotol y el hijo del alcalde. Yo me alinee con el resto del personal de seguridad y choferes, pero Héctor me mando llamar para que me sentara entre el y el hijo del alcalde. No voy a ponerme a decirles que Héctor se dedico a hablar de el porque seria como estarse quejando, y no pretendo quejarme por algo que no debería importarme. Pero el caso es que así lo hizo. Duramos cerca de tres horas ahí, sentados y observándolo, a el y solo a el. Y afortunadamente eso sirvió de catalizador para que el tipo terminara por causarme asco. Mientras el seguía hablando de lo mismo, en mi muy personal análisis del día, termine por darme cuenta que el no tenia mas poder sobre mi que las demás personas. No tenía por que sentirme mal por el, no tenia que cambia mi manera de ver la vida, ni siquiera era valido considerar que conocerlo había sido un evento medianamente trascendente. Por eso me apresure a escribir estas líneas, antes de que todo terminara por olvidarse. Al siguiente día el se marcharía y jamás volvería a verlo. Otro individuo mas que tengo el poco placer de conocer, y que terminaría en la lista de gente poco importante que guardo en un rincón perdido de mi cerebro. El no era mejor que yo, su dolor no era mas importante que el mío, sus historia bien podrían ser falsas y aunque fueran ciertas, no eran mas trascedentes para el resto del universo que las mías propias, es decir, realmente importaban un carajo, si, tenia cáncer, pero no era motivo para aplaudirle y darle una medalla, millones de personas mas están enfermas, millones de personas mas han tenido una vida tan dura como la de el, millones de personas mas morirían el mismo día que el, y todo seguiría igual, nadie marcaria la mínima diferencia, su dolor, mi dolor, y el dolor del resto de las personas de la habitación y de la fiesta, era el mismo, la gente puede lamentarse por tener cáncer o por que su equipo de futbol no gano ese día, por haber perdido la casa en una apuesta o por terminar una relación de tres años, por no haber podido ir a la fiesta de tu madre o por la novela de las cuatro. Todos elegimos nuestros dolores, todos elegimos como los afrontamos, todos elegimos que es lo nos importa, y si yo quiero amargarme por simplemente no ser feliz, o si la vecina opta por huir por que su esposo la golpeo de nuevo, o si Héctor cree que sonreír es la mejor manera de recibir a la muerte, lo que sea, es lo mismo, son decisiones tomadas individualmente, unilaterales y arbitrarias, y todos importan lo mismo hablando de lo trascendente que pueden llegar a ser. Al final nada de eso va importar.
Decidí ocuparme con una mandarina que había guardado, masticando muy lentamente, haciendo tiempo y esperando que ese día terminara.
jueves, 5 de marzo de 2009
Querida Julia:
Antes que nada quisiera pedirte disculpas por no haber contestado tu carta a la brevedad que se ameritaba, y se que no es excusa suficiente decirlo, pero los servicios postales militares han estado fallando un poco, aun así espero que recibas esta carta cuanto antes. También debo decir (no con el afán de intentar disculparme) que la actividad en el frente se ha intensificado a lo largo del ultimo mes, y que los servicios de información prevén otra escalada en las ofensivas Europeas en los próximos días. Ahora duramos hasta diez horas en actividad directa, aunque los servicios de información no reportan una gran cantidad de bajas comienzo a creer que cada vez somos menos. Pero como dije, no estoy tratando de disculparme por no haber respondido a tu carta antes y te pido que me excuses y que trates de encontrar compresión por mi falta de rapidez al respecto. Y bien, una vez que he tratado de explicarte por que la demora, permíteme preguntar como te encuentras y agradecerte por tus buenos deseos expresados en tu carta anterior. Yo también te extraño, te extraño cada día mas, también pienso en ti la mayor parte del día y también recuerdo por las noches el beso que te di antes de partir. Sobra decir que espero verte pronto y estrecharte en un abrazo muy largo y fuerte. Respondiendo a tu pregunta, me encuentro bien, tan bien como se puede estar en estas situaciones. Afortunadamente nos siguen proveyendo con píldoras que no permiten que los malos pensamientos nos invadan mientras estamos luchando contra el enemigo, yo, al igual que el resto de los valientes que con los que tengo el honor de servir, estamos confiados en que la victoria es inminente, por que tenemos a dios de nuestro lado. No puedo evitar sentir pena por mis enemigos infieles, esperando que encuentren el perdón divino por todas las atrocidades que han hecho a lo largo de su vida llena de herejías y blasfemias. Aunque no se, y realmente me gusta pensar lo contrario, pero el reverendo de división insiste en que son creaturas sin alma, que es totalmente intrascendente que sigan vivos y muertos.
El otro día capturamos a uno vivo. El capitán se mostro muy generoso al entregárselo a mi pequeño batallón. Mis compañeros se mostraron muy entusiasmados, aunque yo y Mc’clusky nos mantuvimos un poco al margen de la situación. Tengo que admitir que cuando lo vi la primera vez, me pareció bastante humano, aunque realmente su lenguaje me parece un poco primitivo, casi animal. Lo tenían en una pequeña jaula, desnudo y en cuclillas, justo en el centro de la mesa a la hora de la cena. Estaba sollozando y emitía extraños ruidos cuando alguien se acercaba. Cenamos en compañía del capitán, que nos llevo un poco de café y algunos cigarrillos. Le arrojamos un poco de agua al europeo para que se despertara y luego comenzamos a cantar patria patria, el europeo profirió algunos gritos, el capitán dijo que se estaba burlando de nuestra canción lo cual me pareció bastante grosero de su parte. Terminamos de comer y luego levantamos un pequeño corral con las mesas. El capitán soltó al europeo y le dio un golpe en el estomago para que se quedara quieto. Gonzales fue el primero en levantarse, sabes que el siempre ha sido muy impulsivo, brinco al centro del ruedo con el tenedor con el que habíamos trinchado el pollo. Gonzales comenzó a cantar de nuevo patria patria y luego tomo un mantel que utilizo como capote para hacer una suerte de pequeña faena. A todos les pareció muy divertido. Al grito de OLE! OLE!, Gonzales comenzó a trinchar al europeo en la espalda, nada muy profundo, pues según el mismo dijo, quería que todos alcanzáramos a divertimos un poco. Después de un rato el europeo dejo de esforzarse, por lo que Gonzales finalmente se rindió, se acerco un poco a el y le dio un puntapié en el rostro. Los demás compañeros le arrojaron lo que tenían a la mano, cual matador en una corrida de toros. Barret fue el siguiente en entrar, supongo que no tenia nada pensado por que solo se movía de un lado a otro, profiriendo groserías contra el desdichado. En un momento dado, el europeo tomo una cuchara que le habían arrojado a Gonzales y se lanzo sobre Barret, esto fue totalmente inútil, por que Barret siempre se ha caracterizado por ser el más veloz de todos. Lo desarmo de un rápido golpe, supongo que le ayudo que el europeo no había probado bocado en días y luego comenzó a pisotearle las manos. Barret continuo haciendo esto mientras todo el batallón contaba a cada pisotón y cada grito del europeo –UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE,CINCUENTA Y OCHO, CINCUENTA Y NUEVE, SESENTA…!!!- hasta que solo quedaron unos delgados hilos sanguinolentos donde aun se apreciaba algo de la estructura ósea que formaba la mano. Después el capitán aprovecho para contarnos una historia que le contaba su abuelo cuando el era niño. Sabes que la familia del capitán tiene cinco generaciones en esta guerra? Nos conto que en los principios de la guerra media, cuando su abuelo pelaba en los frentes caribeños antes de que los recuperáramos de los europeos, estos tenían la costumbre de robar a los niños de las aldeas que invadían, donde como recordaras, asesinaban a todas las mujeres, hombres y ancianos. Cuando llegaban a sus barracas arrojaban a los niños a ollas gigantes de agua hirviendo y después solo se comían los ojos de las pobres creaturas dejando el resto del cuerpo para los cerdos. El abuelo del capitán encontró junto con su batallón uno de esas barracas y logro rescatar a algunos de los niños que aun no habían sido asesinados por los europeos. El capitán dijo que a partir de que su abuelo salvo esos niños nuestras ofensivas comenzaron a avanzar hasta que recuperamos el Caribe. Quizá ese europeo intentaba sacar los ojos de Barret con la cuchara, pero afortunadamente su intento no llego muy lejos. No quiero agobiarte con todos los detalles de esa noche, pero puedes estar seguro de que tuvimos una noche relajante y vaya que creo que la merecíamos, por que al siguiente día nos fue asignado la primera línea de acción al frente de las unidades mecanizadas.
Nuestro día comenzó muy temprano, las 400 horas estábamos listos para subir a las unidades aerotransportadoras, pero estas no llegaron hasta ya entradas las 6 de la mañana. Afortunadamente ya habíamos tomado nuestras píldoras matutinas por lo que la espera no fue tan tediosa.
Sabes, ese sentimiento antes de entrar a la batalla, esos minutos que le toma a las unidades aerotransportadoras llevarnos al frente, son cosas que no se pueden expresar con palabras y letras, los gritos, las explosiones, el aroma a sangre y el seco crujir de los engranes triturando los cadáveres de los europeos… es embriagante supongo. Antes de que nos bajen al frente, unas pequeñas mangueras liberan perfumes, perfumes Julia, de cinco mil millones de sutiles fragancias, todas mezcladas en un intenso aroma a… bueno, supongo que es gracioso, siempre que he hablado de ello con los muchachos, pareciera que cada quien lo percibe de diferentes maneras y quizá también con diferentes efectos. Gonzales dice que huele al perfume de su madre, Bleine recuerda los algodones de azúcar de la feria a la que iba cuando era niño, el capitán nos ha contado que al le parece un aroma muy similar al que desprende su esposa después de bañarse… yo? Bueno, quizá ya sepas que es lo que yo huelo cada vez que liberan los perfumes. Y luego, todo pasa tan rápido, no importa cuantas veces lo hagamos, nunca parece suficiente, siempre quiero más y más, diez horas son nada, diez horas no son suficientes… Julia, si es difícil describir los instantes antes de entrar a la batalla, la batalla es… la batalla es… sobrecogedora. No existen palabras, ni pensamientos ni nada parecido para describirla, son muchos colores, muchos sonidos y muchas sensaciones al mismo tiempo, un delicioso bombardeo de deseos y satisfacciones interminables dentro de una pequeño empaque una y otra y otra vez, miles de esos empaques por segundo es…. Impresionante. Pero como dice el reverendo, no siempre vamos a poder estar ahí, ya sea que terminemos por vencer o que tengamos que dejar nuestro lugar a los paisanos más jóvenes para que ellos también tengan este honor. Después de que terminamos nuestro turno, la misma unidad aerotransportadora nos espera para llevarnos de vuelta a las barracas. Antes de llegar nos ponen música y sueltan mas perfumes. Es gracioso que cada vez que volvemos, todos terminamos por dormirnos ahí mismo, supongo que siempre volvemos demasiado agotados, además de que el viaje de regreso siempre es mas largo que el primero. Pero siempre despertamos lósanos y frescos, siempre tenemos ánimos de cantar y bailar por las noches. El batallón se convierte en tu familia. Cuanto llevo aquí? Tres o cuatro años? Pareciera que es mucho mas, mucho mas realmente. No logro recordarme cuando llegue, pero he visto que todos los nuevos reclutas apena son unos niños, no mayores de quince años… que edad tengo Julia? No lo recuerdo tampoco, pero al verme al espejo calculo arriba de treinta, quizá mas, bueno, supongo que los estándares de reclutamiento cambian constantemente, por que también he notado que los nuevos batallones son mas grandes, mucho mas grande que el mío. Hace dos días que observamos cuando un nuevo batallón con casi trescientos hombres se apostaba enfrente del nuestro. En mi batallón apenas somos doce con el capitán. Pero siempre ha sido así, siempre ha sido así cierto? O tu recuerdas algo de lo que haya escrito antes Julia? Tengo que volver a preguntarte si recuerdas algo de lo que haya escrito antes, si recuerdas que edad tenía cuando llegue, o cuantos hombres tenía mi batallón al principio. Por que nunca contestas estas preguntas Julia? Es que acaso te resulto molesto de alguna manera? Se que debe de ser difícil para ti, pero todos tenemos que estar en esto, todos como un único ente, todos respirando y pensando lo mismo. Eso es lo que dice el reverendo cada domingo. Y no quiero incomodarte con más de esas preguntas, pero aun así te agradecería que si tuvieras el tiempo, busques mis viejas cartas, las que te mandaba al principio, hazlo como un favor y como un juego, será divertido ver las cosas que escribía antes, será como ver una fotografía de la infancia. Yo ya he buscado las tuyas, siempre las he tenido debajo de mi cama, y cada vez que puedo me gusta releerlas para pasar los domingos. Sabes, es peculiar, pero tus cartas no han cambiado nada desde el principio. Supongo que eres una persona que siempre se ha mantenido fiel a lo que cree y eso es algo que siempre he admirado de ti. Todas tus cartas parecen tener un formato perfecto, siempre de una cuartilla de extensión, siempre con la misma estructura, creo que he olvidado lo meticulosa que eres para esas cosas, por que siempre al principio dedicas unos versos a la patria, por eso te amo Julia, por que sabes poner a la patria en su lugar, antes que todo, por supuesto antes que yo. Luego agradeces a Dios (sabiendo que cuando lea la carta, también yo lo hare) por todo lo que este nos da, por que el es único camino, la ultima salida, “dios es patria!” por supuesto que si Julia, Dios es patria, como nos enseñaron en la escuela, Dios es todo, Dios es patria, patria es todo. Luego, siempre Julia, siempre Julia, preguntas como me encuentro, preguntas por mis hermanos de batallón, preguntas por el capitán y por el reverendo, me dices que mi madre esta bien y que mi padre habla todo el tiempo de lo orgulloso que esta de mi, de cómo conversa con los demás padres cada domingo afuera de la iglesia, de lo orgulloso que esta de su muchacho. Y siempre, siempre Julia, casi al final, me escribes a mi directamente, me dices cuanto me amas y me extrañas, cuanto anhelas abrazarme fuerte y largo, cuanto piensas en mi por las noches, cuanto recuerdas aquel beso que te di antes de partir. Hace cuanto te di ese beso Julia? Dios, parece que fue hace una eternidad, parece que tengo una eternidad aquí, pero el capitán cuenta los meses por nosotros sabes, el ultimo conteo fue 18 meses. Te di ese beso apenas hace año y medio Julia? Parece mucho mas, ya casi no lo recuerdo, aunque creo que es único recuerdo que me queda de mi vida antes de la guerra. Apenas si recuerdo a mis padres, apenas si recuerdo tu rostro. No has podido conseguir un retrato tuyo? Yo se que debes estar muy ocupada, y como siempre dices en tus cartas, la patria es primero, y se que tu trabajo como administradora de suministros de tu colonia es de suma importancia para nuestra victoria, pero aun así, si esta semana encuentras algo de tiempo para tomarte una foto y mandármela con tu siguiente carta, te estaría eternamente agradecido. Sabes, es gracioso, también la novia de Gonzales y de Barret y de Mc’clusky, y del capitán y de Bleine, también ellas administran los suministros de sus barrios. No es eso gracioso Julia? Bueno, supongo que son pequeñas coincidencias sin importancia.
Y para terminar, “Te amo, ama tu Patria como yo te amo a ti. Dios te bendiga”, siempre, en cada una de tus cartas, en cada una de las cuatrocientas sesenta y siete de tus cartas, siempre terminas de la misma manera. Yo también te amo Julia, y se que tu amas a tu patria como yo te amo a ti, y sobre todo, estoy seguro que dios siempre nos bendice.
Como decía, coincidencias sin importancia, el otro día alcance a ver la carta que la novia de Gonzales le envió. Terminaba de la misma manera que las tuyas. Pequeñas coincidencias sin importancias, no quiero agobiarte con minimalencias, lo que Gonzales y yo concluimos es que seguramente ese es el lema de algún melodrama televisado por red, y que bueno, ustedes ya tienen suficiente con sus trabajos para pensar en nosotros mas de lo necesario. Menuda sorpresa nos llevamos cuando nos dimos cuenta que también la novia de Mc’clusky terminaba sus cartas de la misma manera, al igual que la novia de Barret y de Bleine. Nos reímos mucho esa noche, “mujeres, siempre con sus novelitas” fue lo que dijo Barret. A todos nos pareció muy gracioso, a todos excepto al capitán. Ese día nos mando a dormir temprano, aunque aun nos reíamos en la oscuridad. Suerte que también se nos tiene asignada una ración de pastillas para la noche. Sabes, creo recordar que el capitán no era tan huraño. Creo recordar que era un poco mas jovial, aunque también me da la impresión de que antes de ser jovial era muy serio. Pero el tiene mas tiempo en el servicio que todos nosotros, así que supongo que la guerra cambia a las personas. Es curioso, el capitán tiene más años de servicios que todos nosotros y aun así se ve mas joven que el resto de nosotros. Pareciera no envejecer, pareciera como si cada tanto le inyectaran un suero para rejuvenecerlo. Y vaya, supongo que eso es probable, por que el capitán nunca toma pastillas, pienso que probablemente a el le suministran otras cosas. Eso también explicaría por que el recuerdo de un capitán mas moreno, mas alto o mas gordo. Si me pongo a pensar muy fuerte, soy capas de recordar a muchos capitanes, todos distintos, pero supongo que son efectos colaterales de lo que sea que le dan al capitán. Sabes, creo que estoy suponiendo demasiado, quizá deba tomar una píldora rosa, te he hablado de ellas? Son las píldoras que tomamos cuando suponemos mucho, por que como dice el reverendo, no es bueno suponer, suponer es dudar, y no podemos dudar frente al enemigo, por que seria como dudar de Dios mismo. Eso es lo que dice el reverendo cada domingo. En cuanto termine de escribir la carta la tomare. Siempre es bueno tomar nuestras píldoras. No quiero terminar como Juan. Te he hablado de Juan? Lo recuerdas? El era nuestro cocinero, y además un excelente soldado. Pero Juan dejo de tomar sus píldoras azules, las que utilizamos para dormir. Juan no dormía por las noches, de eso nos dimos cuenta un día que todos nos pusimos de acuerdo para no tomar tampoco las píldoras azules, por que Juan se había estado comportando muy extraño. Así fue como descubrimos que no tomaba sus píldoras azules. Por las noches, al parecer, salía al patio y destapaba un pequeño hoyo y luego cavaba. Por suerte nos dimos cuenta y pudimos avisarle al capitán. Al siguiente día Juan no estaba. El capitán nos dijo que Juan había sido transferido a otro batallón, otro batallón donde requerían sus servicios de cocinero. Barret cocina desde ese día. Claro que extrañamos a Juan, pero ahora esta en otro batallón con mas numeroso que el nuestro, cocinando para otros hermanos. El hoyo? Ja, resulta que el viejo Juan guardaba sus recetas ahí, y que por las noches se dedicaba a trabajar en ellas para mejorarlas. Ese día el capitán nos dio una píldora violeta. Creo recordar haber tomado solo tres o cuatro píldoras violetas a lo largo de toda la guerra. Tomamos una píldora violeta cada vez que se va alguien, es para fijar los recuerdos dice el capitán, para nunca olvidar. Y claro! Quien querría olvidar a Juan? Sabes, al siguiente día de que Juan se había marchado, capturamos al europeo. No lo había notado. De hecho, creo recordar que Mc’clusky dijo que el europeo tenia los ojos de Juan. El capitán intervino rápidamente y nos explico que todos provenimos de la misma especie, y que de hecho no somos muy diferentes físicamente de los europeos (y esto es solo físicamente por que como tu y yo sabemos, ellos no tiene alma) y que es común que de pronto ellos tengan cierto parecido con nosotros. Mc’clusky dijo que el europeo tenia los ojos de Juan. Yo… creo recordar eso, creo recordar los ojos de Juan y los ojos del europeo… quizá si eran idénticos, casi idénticos supongo. Pero mira! Otra vez suponiendo… creo que es hora de tomar mis pastillas (risas).
Julia, tengo que retirarme, pronto tendré que dormir por que mañana tendremos otro día de actividad en el frente. Quiero despedirme y decirte que esperare tu respuesta el martes, tan puntual como siempre, tan puntual como el resto de nuestras mujeres, de las madres y hermanas de mis hermanos de lucha, de las hijas y esposas de ellos. Que haríamos sin ustedes Julia? Por ustedes estamos luchando contra el demonio y sus huestes, y ten confianza en nuestra victoria, por que Dios esta de nuestra parte.
Patria hasta la muerte Julia
Te amo
Sinceramente tuyo
Jacques
Antes que nada quisiera pedirte disculpas por no haber contestado tu carta a la brevedad que se ameritaba, y se que no es excusa suficiente decirlo, pero los servicios postales militares han estado fallando un poco, aun así espero que recibas esta carta cuanto antes. También debo decir (no con el afán de intentar disculparme) que la actividad en el frente se ha intensificado a lo largo del ultimo mes, y que los servicios de información prevén otra escalada en las ofensivas Europeas en los próximos días. Ahora duramos hasta diez horas en actividad directa, aunque los servicios de información no reportan una gran cantidad de bajas comienzo a creer que cada vez somos menos. Pero como dije, no estoy tratando de disculparme por no haber respondido a tu carta antes y te pido que me excuses y que trates de encontrar compresión por mi falta de rapidez al respecto. Y bien, una vez que he tratado de explicarte por que la demora, permíteme preguntar como te encuentras y agradecerte por tus buenos deseos expresados en tu carta anterior. Yo también te extraño, te extraño cada día mas, también pienso en ti la mayor parte del día y también recuerdo por las noches el beso que te di antes de partir. Sobra decir que espero verte pronto y estrecharte en un abrazo muy largo y fuerte. Respondiendo a tu pregunta, me encuentro bien, tan bien como se puede estar en estas situaciones. Afortunadamente nos siguen proveyendo con píldoras que no permiten que los malos pensamientos nos invadan mientras estamos luchando contra el enemigo, yo, al igual que el resto de los valientes que con los que tengo el honor de servir, estamos confiados en que la victoria es inminente, por que tenemos a dios de nuestro lado. No puedo evitar sentir pena por mis enemigos infieles, esperando que encuentren el perdón divino por todas las atrocidades que han hecho a lo largo de su vida llena de herejías y blasfemias. Aunque no se, y realmente me gusta pensar lo contrario, pero el reverendo de división insiste en que son creaturas sin alma, que es totalmente intrascendente que sigan vivos y muertos.
El otro día capturamos a uno vivo. El capitán se mostro muy generoso al entregárselo a mi pequeño batallón. Mis compañeros se mostraron muy entusiasmados, aunque yo y Mc’clusky nos mantuvimos un poco al margen de la situación. Tengo que admitir que cuando lo vi la primera vez, me pareció bastante humano, aunque realmente su lenguaje me parece un poco primitivo, casi animal. Lo tenían en una pequeña jaula, desnudo y en cuclillas, justo en el centro de la mesa a la hora de la cena. Estaba sollozando y emitía extraños ruidos cuando alguien se acercaba. Cenamos en compañía del capitán, que nos llevo un poco de café y algunos cigarrillos. Le arrojamos un poco de agua al europeo para que se despertara y luego comenzamos a cantar patria patria, el europeo profirió algunos gritos, el capitán dijo que se estaba burlando de nuestra canción lo cual me pareció bastante grosero de su parte. Terminamos de comer y luego levantamos un pequeño corral con las mesas. El capitán soltó al europeo y le dio un golpe en el estomago para que se quedara quieto. Gonzales fue el primero en levantarse, sabes que el siempre ha sido muy impulsivo, brinco al centro del ruedo con el tenedor con el que habíamos trinchado el pollo. Gonzales comenzó a cantar de nuevo patria patria y luego tomo un mantel que utilizo como capote para hacer una suerte de pequeña faena. A todos les pareció muy divertido. Al grito de OLE! OLE!, Gonzales comenzó a trinchar al europeo en la espalda, nada muy profundo, pues según el mismo dijo, quería que todos alcanzáramos a divertimos un poco. Después de un rato el europeo dejo de esforzarse, por lo que Gonzales finalmente se rindió, se acerco un poco a el y le dio un puntapié en el rostro. Los demás compañeros le arrojaron lo que tenían a la mano, cual matador en una corrida de toros. Barret fue el siguiente en entrar, supongo que no tenia nada pensado por que solo se movía de un lado a otro, profiriendo groserías contra el desdichado. En un momento dado, el europeo tomo una cuchara que le habían arrojado a Gonzales y se lanzo sobre Barret, esto fue totalmente inútil, por que Barret siempre se ha caracterizado por ser el más veloz de todos. Lo desarmo de un rápido golpe, supongo que le ayudo que el europeo no había probado bocado en días y luego comenzó a pisotearle las manos. Barret continuo haciendo esto mientras todo el batallón contaba a cada pisotón y cada grito del europeo –UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE,CINCUENTA Y OCHO, CINCUENTA Y NUEVE, SESENTA…!!!- hasta que solo quedaron unos delgados hilos sanguinolentos donde aun se apreciaba algo de la estructura ósea que formaba la mano. Después el capitán aprovecho para contarnos una historia que le contaba su abuelo cuando el era niño. Sabes que la familia del capitán tiene cinco generaciones en esta guerra? Nos conto que en los principios de la guerra media, cuando su abuelo pelaba en los frentes caribeños antes de que los recuperáramos de los europeos, estos tenían la costumbre de robar a los niños de las aldeas que invadían, donde como recordaras, asesinaban a todas las mujeres, hombres y ancianos. Cuando llegaban a sus barracas arrojaban a los niños a ollas gigantes de agua hirviendo y después solo se comían los ojos de las pobres creaturas dejando el resto del cuerpo para los cerdos. El abuelo del capitán encontró junto con su batallón uno de esas barracas y logro rescatar a algunos de los niños que aun no habían sido asesinados por los europeos. El capitán dijo que a partir de que su abuelo salvo esos niños nuestras ofensivas comenzaron a avanzar hasta que recuperamos el Caribe. Quizá ese europeo intentaba sacar los ojos de Barret con la cuchara, pero afortunadamente su intento no llego muy lejos. No quiero agobiarte con todos los detalles de esa noche, pero puedes estar seguro de que tuvimos una noche relajante y vaya que creo que la merecíamos, por que al siguiente día nos fue asignado la primera línea de acción al frente de las unidades mecanizadas.
Nuestro día comenzó muy temprano, las 400 horas estábamos listos para subir a las unidades aerotransportadoras, pero estas no llegaron hasta ya entradas las 6 de la mañana. Afortunadamente ya habíamos tomado nuestras píldoras matutinas por lo que la espera no fue tan tediosa.
Sabes, ese sentimiento antes de entrar a la batalla, esos minutos que le toma a las unidades aerotransportadoras llevarnos al frente, son cosas que no se pueden expresar con palabras y letras, los gritos, las explosiones, el aroma a sangre y el seco crujir de los engranes triturando los cadáveres de los europeos… es embriagante supongo. Antes de que nos bajen al frente, unas pequeñas mangueras liberan perfumes, perfumes Julia, de cinco mil millones de sutiles fragancias, todas mezcladas en un intenso aroma a… bueno, supongo que es gracioso, siempre que he hablado de ello con los muchachos, pareciera que cada quien lo percibe de diferentes maneras y quizá también con diferentes efectos. Gonzales dice que huele al perfume de su madre, Bleine recuerda los algodones de azúcar de la feria a la que iba cuando era niño, el capitán nos ha contado que al le parece un aroma muy similar al que desprende su esposa después de bañarse… yo? Bueno, quizá ya sepas que es lo que yo huelo cada vez que liberan los perfumes. Y luego, todo pasa tan rápido, no importa cuantas veces lo hagamos, nunca parece suficiente, siempre quiero más y más, diez horas son nada, diez horas no son suficientes… Julia, si es difícil describir los instantes antes de entrar a la batalla, la batalla es… la batalla es… sobrecogedora. No existen palabras, ni pensamientos ni nada parecido para describirla, son muchos colores, muchos sonidos y muchas sensaciones al mismo tiempo, un delicioso bombardeo de deseos y satisfacciones interminables dentro de una pequeño empaque una y otra y otra vez, miles de esos empaques por segundo es…. Impresionante. Pero como dice el reverendo, no siempre vamos a poder estar ahí, ya sea que terminemos por vencer o que tengamos que dejar nuestro lugar a los paisanos más jóvenes para que ellos también tengan este honor. Después de que terminamos nuestro turno, la misma unidad aerotransportadora nos espera para llevarnos de vuelta a las barracas. Antes de llegar nos ponen música y sueltan mas perfumes. Es gracioso que cada vez que volvemos, todos terminamos por dormirnos ahí mismo, supongo que siempre volvemos demasiado agotados, además de que el viaje de regreso siempre es mas largo que el primero. Pero siempre despertamos lósanos y frescos, siempre tenemos ánimos de cantar y bailar por las noches. El batallón se convierte en tu familia. Cuanto llevo aquí? Tres o cuatro años? Pareciera que es mucho mas, mucho mas realmente. No logro recordarme cuando llegue, pero he visto que todos los nuevos reclutas apena son unos niños, no mayores de quince años… que edad tengo Julia? No lo recuerdo tampoco, pero al verme al espejo calculo arriba de treinta, quizá mas, bueno, supongo que los estándares de reclutamiento cambian constantemente, por que también he notado que los nuevos batallones son mas grandes, mucho mas grande que el mío. Hace dos días que observamos cuando un nuevo batallón con casi trescientos hombres se apostaba enfrente del nuestro. En mi batallón apenas somos doce con el capitán. Pero siempre ha sido así, siempre ha sido así cierto? O tu recuerdas algo de lo que haya escrito antes Julia? Tengo que volver a preguntarte si recuerdas algo de lo que haya escrito antes, si recuerdas que edad tenía cuando llegue, o cuantos hombres tenía mi batallón al principio. Por que nunca contestas estas preguntas Julia? Es que acaso te resulto molesto de alguna manera? Se que debe de ser difícil para ti, pero todos tenemos que estar en esto, todos como un único ente, todos respirando y pensando lo mismo. Eso es lo que dice el reverendo cada domingo. Y no quiero incomodarte con más de esas preguntas, pero aun así te agradecería que si tuvieras el tiempo, busques mis viejas cartas, las que te mandaba al principio, hazlo como un favor y como un juego, será divertido ver las cosas que escribía antes, será como ver una fotografía de la infancia. Yo ya he buscado las tuyas, siempre las he tenido debajo de mi cama, y cada vez que puedo me gusta releerlas para pasar los domingos. Sabes, es peculiar, pero tus cartas no han cambiado nada desde el principio. Supongo que eres una persona que siempre se ha mantenido fiel a lo que cree y eso es algo que siempre he admirado de ti. Todas tus cartas parecen tener un formato perfecto, siempre de una cuartilla de extensión, siempre con la misma estructura, creo que he olvidado lo meticulosa que eres para esas cosas, por que siempre al principio dedicas unos versos a la patria, por eso te amo Julia, por que sabes poner a la patria en su lugar, antes que todo, por supuesto antes que yo. Luego agradeces a Dios (sabiendo que cuando lea la carta, también yo lo hare) por todo lo que este nos da, por que el es único camino, la ultima salida, “dios es patria!” por supuesto que si Julia, Dios es patria, como nos enseñaron en la escuela, Dios es todo, Dios es patria, patria es todo. Luego, siempre Julia, siempre Julia, preguntas como me encuentro, preguntas por mis hermanos de batallón, preguntas por el capitán y por el reverendo, me dices que mi madre esta bien y que mi padre habla todo el tiempo de lo orgulloso que esta de mi, de cómo conversa con los demás padres cada domingo afuera de la iglesia, de lo orgulloso que esta de su muchacho. Y siempre, siempre Julia, casi al final, me escribes a mi directamente, me dices cuanto me amas y me extrañas, cuanto anhelas abrazarme fuerte y largo, cuanto piensas en mi por las noches, cuanto recuerdas aquel beso que te di antes de partir. Hace cuanto te di ese beso Julia? Dios, parece que fue hace una eternidad, parece que tengo una eternidad aquí, pero el capitán cuenta los meses por nosotros sabes, el ultimo conteo fue 18 meses. Te di ese beso apenas hace año y medio Julia? Parece mucho mas, ya casi no lo recuerdo, aunque creo que es único recuerdo que me queda de mi vida antes de la guerra. Apenas si recuerdo a mis padres, apenas si recuerdo tu rostro. No has podido conseguir un retrato tuyo? Yo se que debes estar muy ocupada, y como siempre dices en tus cartas, la patria es primero, y se que tu trabajo como administradora de suministros de tu colonia es de suma importancia para nuestra victoria, pero aun así, si esta semana encuentras algo de tiempo para tomarte una foto y mandármela con tu siguiente carta, te estaría eternamente agradecido. Sabes, es gracioso, también la novia de Gonzales y de Barret y de Mc’clusky, y del capitán y de Bleine, también ellas administran los suministros de sus barrios. No es eso gracioso Julia? Bueno, supongo que son pequeñas coincidencias sin importancia.
Y para terminar, “Te amo, ama tu Patria como yo te amo a ti. Dios te bendiga”, siempre, en cada una de tus cartas, en cada una de las cuatrocientas sesenta y siete de tus cartas, siempre terminas de la misma manera. Yo también te amo Julia, y se que tu amas a tu patria como yo te amo a ti, y sobre todo, estoy seguro que dios siempre nos bendice.
Como decía, coincidencias sin importancia, el otro día alcance a ver la carta que la novia de Gonzales le envió. Terminaba de la misma manera que las tuyas. Pequeñas coincidencias sin importancias, no quiero agobiarte con minimalencias, lo que Gonzales y yo concluimos es que seguramente ese es el lema de algún melodrama televisado por red, y que bueno, ustedes ya tienen suficiente con sus trabajos para pensar en nosotros mas de lo necesario. Menuda sorpresa nos llevamos cuando nos dimos cuenta que también la novia de Mc’clusky terminaba sus cartas de la misma manera, al igual que la novia de Barret y de Bleine. Nos reímos mucho esa noche, “mujeres, siempre con sus novelitas” fue lo que dijo Barret. A todos nos pareció muy gracioso, a todos excepto al capitán. Ese día nos mando a dormir temprano, aunque aun nos reíamos en la oscuridad. Suerte que también se nos tiene asignada una ración de pastillas para la noche. Sabes, creo recordar que el capitán no era tan huraño. Creo recordar que era un poco mas jovial, aunque también me da la impresión de que antes de ser jovial era muy serio. Pero el tiene mas tiempo en el servicio que todos nosotros, así que supongo que la guerra cambia a las personas. Es curioso, el capitán tiene más años de servicios que todos nosotros y aun así se ve mas joven que el resto de nosotros. Pareciera no envejecer, pareciera como si cada tanto le inyectaran un suero para rejuvenecerlo. Y vaya, supongo que eso es probable, por que el capitán nunca toma pastillas, pienso que probablemente a el le suministran otras cosas. Eso también explicaría por que el recuerdo de un capitán mas moreno, mas alto o mas gordo. Si me pongo a pensar muy fuerte, soy capas de recordar a muchos capitanes, todos distintos, pero supongo que son efectos colaterales de lo que sea que le dan al capitán. Sabes, creo que estoy suponiendo demasiado, quizá deba tomar una píldora rosa, te he hablado de ellas? Son las píldoras que tomamos cuando suponemos mucho, por que como dice el reverendo, no es bueno suponer, suponer es dudar, y no podemos dudar frente al enemigo, por que seria como dudar de Dios mismo. Eso es lo que dice el reverendo cada domingo. En cuanto termine de escribir la carta la tomare. Siempre es bueno tomar nuestras píldoras. No quiero terminar como Juan. Te he hablado de Juan? Lo recuerdas? El era nuestro cocinero, y además un excelente soldado. Pero Juan dejo de tomar sus píldoras azules, las que utilizamos para dormir. Juan no dormía por las noches, de eso nos dimos cuenta un día que todos nos pusimos de acuerdo para no tomar tampoco las píldoras azules, por que Juan se había estado comportando muy extraño. Así fue como descubrimos que no tomaba sus píldoras azules. Por las noches, al parecer, salía al patio y destapaba un pequeño hoyo y luego cavaba. Por suerte nos dimos cuenta y pudimos avisarle al capitán. Al siguiente día Juan no estaba. El capitán nos dijo que Juan había sido transferido a otro batallón, otro batallón donde requerían sus servicios de cocinero. Barret cocina desde ese día. Claro que extrañamos a Juan, pero ahora esta en otro batallón con mas numeroso que el nuestro, cocinando para otros hermanos. El hoyo? Ja, resulta que el viejo Juan guardaba sus recetas ahí, y que por las noches se dedicaba a trabajar en ellas para mejorarlas. Ese día el capitán nos dio una píldora violeta. Creo recordar haber tomado solo tres o cuatro píldoras violetas a lo largo de toda la guerra. Tomamos una píldora violeta cada vez que se va alguien, es para fijar los recuerdos dice el capitán, para nunca olvidar. Y claro! Quien querría olvidar a Juan? Sabes, al siguiente día de que Juan se había marchado, capturamos al europeo. No lo había notado. De hecho, creo recordar que Mc’clusky dijo que el europeo tenia los ojos de Juan. El capitán intervino rápidamente y nos explico que todos provenimos de la misma especie, y que de hecho no somos muy diferentes físicamente de los europeos (y esto es solo físicamente por que como tu y yo sabemos, ellos no tiene alma) y que es común que de pronto ellos tengan cierto parecido con nosotros. Mc’clusky dijo que el europeo tenia los ojos de Juan. Yo… creo recordar eso, creo recordar los ojos de Juan y los ojos del europeo… quizá si eran idénticos, casi idénticos supongo. Pero mira! Otra vez suponiendo… creo que es hora de tomar mis pastillas (risas).
Julia, tengo que retirarme, pronto tendré que dormir por que mañana tendremos otro día de actividad en el frente. Quiero despedirme y decirte que esperare tu respuesta el martes, tan puntual como siempre, tan puntual como el resto de nuestras mujeres, de las madres y hermanas de mis hermanos de lucha, de las hijas y esposas de ellos. Que haríamos sin ustedes Julia? Por ustedes estamos luchando contra el demonio y sus huestes, y ten confianza en nuestra victoria, por que Dios esta de nuestra parte.
Patria hasta la muerte Julia
Te amo
Sinceramente tuyo
Jacques
miércoles, 24 de septiembre de 2008
lunes, 18 de agosto de 2008
Un fragmento
En otra ocasión, y eso habrá sido apenas hace 3 años, fui con mi padre a la granja por casi diez días. Había dejado de tomar y se había convertido en un padre más espiritual. Estaba terriblemente deprimido, su madre recién acababa de morir. Creo que mi padre fue el más afectado por eso (sin contar a mi abuelo que estaba completamente ausente y fuera de sí), y eso se debía a que mi padre siempre considero a su madre su alma gemela. Además recién terminaba su proceso de rehabilitación, por lo que se encontraba sensible de sobremanera. No asistimos al funeral, en lugar de eso mi padre huyo a la granja.
Mi abuela había tenido una larga agonía, de hecho, el término “larga agonía” tomo un nuevo significado después del deceso de mi abuela. Las largas agonías que yo conocía serian acaso y a los mas, de unos meses, y casi siempre tenían algo que ver con algún tipo de cáncer, quimioterapias, pérdida de cabello y semanas en un hospital conectado a algún aparejo de esos que los doctores usan para hacer enojar a la catrina. Pero la larga agonía de mi abuela duro casi tres años, y no tenía que ver nada con hospitales o canceres.
Mi abuela tenía lupus. Lo habían detectado mucho antes de que comenzara a ser siquiera una molestia. Fue descrito por los doctores a mi padre y mi abuelo, estos se los comunicaron a mis tíos, y fue uno de ellos el que me dijo a mí. Supongo que con cada traspié de la comunicación, la descripción fue tomando diferente forma y gravedad. A mí me lo describieron como una especie de lepra no contagiosa y de lento avance. No me dieron más detalles. No había cura y duraría años en morir. Aparentemente era indolora y mi abuela podría llevar aun mucho tiempo una vida más o menos normal.
Con el paso de los años se confirmaron varias cosas acerca de la enfermedad. En apariencia mi abuela nunca sufrió, ya que en contadas ocasiones la escuche quejarse. Efectivamente era una especie de lepra no contagiosa. Le comenzó en los dedos de las manos y pies, como pequeñas laceraciones cafés. Se fue extendiendo por la mano y pie, después por los pierna y el antebrazo, luego los muslos y la totalidad de los brazos. Con cada nuevo avance de la enfermedad era necesario amputar el trozo afectado. Asi mi abuela fue transformándose en un tronco humano, despacio, a través de los meses. Además la enfermedad afectaba la cabeza y rostro de mi abuela. Se había quedado sin cabello y comenzaba a mostrar manchas en la cara. Hacia el final de su vida, mi abuela había perdido brazos y piernas, cabello y nariz, los labios y una oreja, todos los dientes superiores, un parpado y los senos.
Mi abuela había tenido una larga agonía, de hecho, el término “larga agonía” tomo un nuevo significado después del deceso de mi abuela. Las largas agonías que yo conocía serian acaso y a los mas, de unos meses, y casi siempre tenían algo que ver con algún tipo de cáncer, quimioterapias, pérdida de cabello y semanas en un hospital conectado a algún aparejo de esos que los doctores usan para hacer enojar a la catrina. Pero la larga agonía de mi abuela duro casi tres años, y no tenía que ver nada con hospitales o canceres.
Mi abuela tenía lupus. Lo habían detectado mucho antes de que comenzara a ser siquiera una molestia. Fue descrito por los doctores a mi padre y mi abuelo, estos se los comunicaron a mis tíos, y fue uno de ellos el que me dijo a mí. Supongo que con cada traspié de la comunicación, la descripción fue tomando diferente forma y gravedad. A mí me lo describieron como una especie de lepra no contagiosa y de lento avance. No me dieron más detalles. No había cura y duraría años en morir. Aparentemente era indolora y mi abuela podría llevar aun mucho tiempo una vida más o menos normal.
Con el paso de los años se confirmaron varias cosas acerca de la enfermedad. En apariencia mi abuela nunca sufrió, ya que en contadas ocasiones la escuche quejarse. Efectivamente era una especie de lepra no contagiosa. Le comenzó en los dedos de las manos y pies, como pequeñas laceraciones cafés. Se fue extendiendo por la mano y pie, después por los pierna y el antebrazo, luego los muslos y la totalidad de los brazos. Con cada nuevo avance de la enfermedad era necesario amputar el trozo afectado. Asi mi abuela fue transformándose en un tronco humano, despacio, a través de los meses. Además la enfermedad afectaba la cabeza y rostro de mi abuela. Se había quedado sin cabello y comenzaba a mostrar manchas en la cara. Hacia el final de su vida, mi abuela había perdido brazos y piernas, cabello y nariz, los labios y una oreja, todos los dientes superiores, un parpado y los senos.
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