No puedo evitarlo. Cada vez que entro a la casa, en ese instante cuando dejo mi viejo maletín y me deshago de mi corbata y mi gastado saco, al avanzar a mi alacena tan estática como siempre, cuando por fin me detengo por un segundo y no lo veo. Y es ahí, cuando no puedo evitarlo, cuando un suspiro irrumpe en el espacio y me percato de que el gato no esta.
Y es que a veces me cuesta admitirlo, pero no puedo negarme, al menos no debería, seria una falta de respeto al animalejo, pero sin duda lo extraño. Extraño su desafiante mirada, su soberbio caminar y sus dulces desaires. Extraño esas raras ocasiones en las que leía, y el gatujo ese se acercaba y trepaba por el sillón, y sin decir nada, sin siquiera mirarme, se acurrucaba entre mis piernas.
Éramos un par de amargados que se unieron por el mutuo desprecio hacia el resto de los gatos y de las personas, y de todo lo demás supongo, nunca separamos unos de los otros, o del resto de las cosas, inanimadas o vivas, solo sabíamos que no nos agradaban, y que quizá por eso deberíamos estar juntos.
Sentamos las reglas desde un principio, nunca tuvimos realmente problemas, yo lo dejaba hacer sus cosas gatunas como arañar el sillón o salir por la noche sin avisar, y el me dejaba hacer mis cosas de hombre, como llorar o embriagarme, nunca tuvimos un reproche por ellas, nunca reclamamos nada, solo dejábamos que en la noches el sueño nos alcanzara y dormíamos sin despedirnos.
Me gusta pensar que realmente no quería irse, que tuvo que marcharse por asuntos felinos, que quizá le hubiera gustado quedarse por un tiempo, que seguiría aquí si pudiera. Supongo que a le gusta pensar lo mismo, que le agrada recordarme mientras ruñe algún viejo hueso, que cuando ve la luna, ríe remembrando nuestras burlas hacia el gato promedio y hacia el hombre regular
Me hubiera gustado hacerle una despedida formal al gato ese, una cena con música, cada quien del lado de su mesa, le hubiera comprado algo de atún, yo hubiera comido algo de ternera con un buen chianti, no hubiéramos hablado mucho, lo se, pero hubiera sido una buena despedida, hacia el final, el gato me hubiera mirado con solemnidad y yo con respeto, le hubiera abierto la puerta y el se habría marchado sin decir nada, como sin querer despedirse por que pronto volvería.
Pero no tuvimos la oportunidad, y me dejo aquí, sin quien compartir mi atún y mis lágrimas, sin tener a quien darle mi ultima mirada antes de dormir, sin quien estar un rato solo por estar.
Y es que desde llegue a Paris, realmente no he logrado “extrañar” nada propiamente dicho, y es que me di cuenta que no debo confundir la soledad con el aburrimiento, ni con ese constante hastío que siento desde que tengo conciencia, y que quizá aquí se acentúo un poco, pero ahora se lo que es la soledad, el gato me dejo ese concepto junto con algunos excrementos en la alfombra.
Y si admito que lo extraño, si me abro a mi humanidad para hacerlo, es por que tengo la esperanza, aunque sea un nuevo concepto para mi, de que quizá regrese, de que quizá el gatujo ese vuelva.
Y es que a veces me cuesta admitirlo, pero no puedo negarme, al menos no debería, seria una falta de respeto al animalejo, pero sin duda lo extraño. Extraño su desafiante mirada, su soberbio caminar y sus dulces desaires. Extraño esas raras ocasiones en las que leía, y el gatujo ese se acercaba y trepaba por el sillón, y sin decir nada, sin siquiera mirarme, se acurrucaba entre mis piernas.
Éramos un par de amargados que se unieron por el mutuo desprecio hacia el resto de los gatos y de las personas, y de todo lo demás supongo, nunca separamos unos de los otros, o del resto de las cosas, inanimadas o vivas, solo sabíamos que no nos agradaban, y que quizá por eso deberíamos estar juntos.
Sentamos las reglas desde un principio, nunca tuvimos realmente problemas, yo lo dejaba hacer sus cosas gatunas como arañar el sillón o salir por la noche sin avisar, y el me dejaba hacer mis cosas de hombre, como llorar o embriagarme, nunca tuvimos un reproche por ellas, nunca reclamamos nada, solo dejábamos que en la noches el sueño nos alcanzara y dormíamos sin despedirnos.
Me gusta pensar que realmente no quería irse, que tuvo que marcharse por asuntos felinos, que quizá le hubiera gustado quedarse por un tiempo, que seguiría aquí si pudiera. Supongo que a le gusta pensar lo mismo, que le agrada recordarme mientras ruñe algún viejo hueso, que cuando ve la luna, ríe remembrando nuestras burlas hacia el gato promedio y hacia el hombre regular
Me hubiera gustado hacerle una despedida formal al gato ese, una cena con música, cada quien del lado de su mesa, le hubiera comprado algo de atún, yo hubiera comido algo de ternera con un buen chianti, no hubiéramos hablado mucho, lo se, pero hubiera sido una buena despedida, hacia el final, el gato me hubiera mirado con solemnidad y yo con respeto, le hubiera abierto la puerta y el se habría marchado sin decir nada, como sin querer despedirse por que pronto volvería.
Pero no tuvimos la oportunidad, y me dejo aquí, sin quien compartir mi atún y mis lágrimas, sin tener a quien darle mi ultima mirada antes de dormir, sin quien estar un rato solo por estar.
Y es que desde llegue a Paris, realmente no he logrado “extrañar” nada propiamente dicho, y es que me di cuenta que no debo confundir la soledad con el aburrimiento, ni con ese constante hastío que siento desde que tengo conciencia, y que quizá aquí se acentúo un poco, pero ahora se lo que es la soledad, el gato me dejo ese concepto junto con algunos excrementos en la alfombra.
Y si admito que lo extraño, si me abro a mi humanidad para hacerlo, es por que tengo la esperanza, aunque sea un nuevo concepto para mi, de que quizá regrese, de que quizá el gatujo ese vuelva.