En otra ocasión, y eso habrá sido apenas hace 3 años, fui con mi padre a la granja por casi diez días. Había dejado de tomar y se había convertido en un padre más espiritual. Estaba terriblemente deprimido, su madre recién acababa de morir. Creo que mi padre fue el más afectado por eso (sin contar a mi abuelo que estaba completamente ausente y fuera de sí), y eso se debía a que mi padre siempre considero a su madre su alma gemela. Además recién terminaba su proceso de rehabilitación, por lo que se encontraba sensible de sobremanera. No asistimos al funeral, en lugar de eso mi padre huyo a la granja.
Mi abuela había tenido una larga agonía, de hecho, el término “larga agonía” tomo un nuevo significado después del deceso de mi abuela. Las largas agonías que yo conocía serian acaso y a los mas, de unos meses, y casi siempre tenían algo que ver con algún tipo de cáncer, quimioterapias, pérdida de cabello y semanas en un hospital conectado a algún aparejo de esos que los doctores usan para hacer enojar a la catrina. Pero la larga agonía de mi abuela duro casi tres años, y no tenía que ver nada con hospitales o canceres.
Mi abuela tenía lupus. Lo habían detectado mucho antes de que comenzara a ser siquiera una molestia. Fue descrito por los doctores a mi padre y mi abuelo, estos se los comunicaron a mis tíos, y fue uno de ellos el que me dijo a mí. Supongo que con cada traspié de la comunicación, la descripción fue tomando diferente forma y gravedad. A mí me lo describieron como una especie de lepra no contagiosa y de lento avance. No me dieron más detalles. No había cura y duraría años en morir. Aparentemente era indolora y mi abuela podría llevar aun mucho tiempo una vida más o menos normal.
Con el paso de los años se confirmaron varias cosas acerca de la enfermedad. En apariencia mi abuela nunca sufrió, ya que en contadas ocasiones la escuche quejarse. Efectivamente era una especie de lepra no contagiosa. Le comenzó en los dedos de las manos y pies, como pequeñas laceraciones cafés. Se fue extendiendo por la mano y pie, después por los pierna y el antebrazo, luego los muslos y la totalidad de los brazos. Con cada nuevo avance de la enfermedad era necesario amputar el trozo afectado. Asi mi abuela fue transformándose en un tronco humano, despacio, a través de los meses. Además la enfermedad afectaba la cabeza y rostro de mi abuela. Se había quedado sin cabello y comenzaba a mostrar manchas en la cara. Hacia el final de su vida, mi abuela había perdido brazos y piernas, cabello y nariz, los labios y una oreja, todos los dientes superiores, un parpado y los senos.
Mi abuela había tenido una larga agonía, de hecho, el término “larga agonía” tomo un nuevo significado después del deceso de mi abuela. Las largas agonías que yo conocía serian acaso y a los mas, de unos meses, y casi siempre tenían algo que ver con algún tipo de cáncer, quimioterapias, pérdida de cabello y semanas en un hospital conectado a algún aparejo de esos que los doctores usan para hacer enojar a la catrina. Pero la larga agonía de mi abuela duro casi tres años, y no tenía que ver nada con hospitales o canceres.
Mi abuela tenía lupus. Lo habían detectado mucho antes de que comenzara a ser siquiera una molestia. Fue descrito por los doctores a mi padre y mi abuelo, estos se los comunicaron a mis tíos, y fue uno de ellos el que me dijo a mí. Supongo que con cada traspié de la comunicación, la descripción fue tomando diferente forma y gravedad. A mí me lo describieron como una especie de lepra no contagiosa y de lento avance. No me dieron más detalles. No había cura y duraría años en morir. Aparentemente era indolora y mi abuela podría llevar aun mucho tiempo una vida más o menos normal.
Con el paso de los años se confirmaron varias cosas acerca de la enfermedad. En apariencia mi abuela nunca sufrió, ya que en contadas ocasiones la escuche quejarse. Efectivamente era una especie de lepra no contagiosa. Le comenzó en los dedos de las manos y pies, como pequeñas laceraciones cafés. Se fue extendiendo por la mano y pie, después por los pierna y el antebrazo, luego los muslos y la totalidad de los brazos. Con cada nuevo avance de la enfermedad era necesario amputar el trozo afectado. Asi mi abuela fue transformándose en un tronco humano, despacio, a través de los meses. Además la enfermedad afectaba la cabeza y rostro de mi abuela. Se había quedado sin cabello y comenzaba a mostrar manchas en la cara. Hacia el final de su vida, mi abuela había perdido brazos y piernas, cabello y nariz, los labios y una oreja, todos los dientes superiores, un parpado y los senos.
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