miércoles, 24 de septiembre de 2008

Hoy, como muchas veces, Salí a caminar de noche. Afuera de una iglesia, enfrente de un hospital para niños, vi a un hombre llorar lastimeramente.
Nacemos para morir
Morimos porque nacemos.

lunes, 18 de agosto de 2008

Un fragmento

En otra ocasión, y eso habrá sido apenas hace 3 años, fui con mi padre a la granja por casi diez días. Había dejado de tomar y se había convertido en un padre más espiritual. Estaba terriblemente deprimido, su madre recién acababa de morir. Creo que mi padre fue el más afectado por eso (sin contar a mi abuelo que estaba completamente ausente y fuera de sí), y eso se debía a que mi padre siempre considero a su madre su alma gemela. Además recién terminaba su proceso de rehabilitación, por lo que se encontraba sensible de sobremanera. No asistimos al funeral, en lugar de eso mi padre huyo a la granja.
Mi abuela había tenido una larga agonía, de hecho, el término “larga agonía” tomo un nuevo significado después del deceso de mi abuela. Las largas agonías que yo conocía serian acaso y a los mas, de unos meses, y casi siempre tenían algo que ver con algún tipo de cáncer, quimioterapias, pérdida de cabello y semanas en un hospital conectado a algún aparejo de esos que los doctores usan para hacer enojar a la catrina. Pero la larga agonía de mi abuela duro casi tres años, y no tenía que ver nada con hospitales o canceres.
Mi abuela tenía lupus. Lo habían detectado mucho antes de que comenzara a ser siquiera una molestia. Fue descrito por los doctores a mi padre y mi abuelo, estos se los comunicaron a mis tíos, y fue uno de ellos el que me dijo a mí. Supongo que con cada traspié de la comunicación, la descripción fue tomando diferente forma y gravedad. A mí me lo describieron como una especie de lepra no contagiosa y de lento avance. No me dieron más detalles. No había cura y duraría años en morir. Aparentemente era indolora y mi abuela podría llevar aun mucho tiempo una vida más o menos normal.
Con el paso de los años se confirmaron varias cosas acerca de la enfermedad. En apariencia mi abuela nunca sufrió, ya que en contadas ocasiones la escuche quejarse. Efectivamente era una especie de lepra no contagiosa. Le comenzó en los dedos de las manos y pies, como pequeñas laceraciones cafés. Se fue extendiendo por la mano y pie, después por los pierna y el antebrazo, luego los muslos y la totalidad de los brazos. Con cada nuevo avance de la enfermedad era necesario amputar el trozo afectado. Asi mi abuela fue transformándose en un tronco humano, despacio, a través de los meses. Además la enfermedad afectaba la cabeza y rostro de mi abuela. Se había quedado sin cabello y comenzaba a mostrar manchas en la cara. Hacia el final de su vida, mi abuela había perdido brazos y piernas, cabello y nariz, los labios y una oreja, todos los dientes superiores, un parpado y los senos.

domingo, 20 de julio de 2008

Coincidencias

solo por postear algo...
No recuerdo cuando fue la ultima vez que soñé…
No cuenta como tal?...
No estaba dormido.
Aun así-

Despertó en el mismo cuartucho de hace dos dias. En el que seguiria quiza por otras dos. De cualquier manera no tenia pensado pagarlo. No sabia la hora, la ventana estaba demasiado sucia para que el sol entrara. La boca seca no le importo, de desayuno un cigarro, de postre otro. Un rápido baño y estaba afuera. El sol muriendo, debió haber estado dormido todo el día. Aun así, lentes oscuros, su viejo saco negro y el lobo estepario de Hesse.
Paso sin voltear a ver la torre Eiffel, estaba cansado de ella, estaba perdiendo a Paris, pero que importaba pensaba. Veía próxima la capitulación, aun conservaba su pequeña botellita en el saco, cuando este listo, un solo trago, adiós Paris. Siguió avanzando, caminando sin rumbo, solo terminar por ahí, como todos los días, perdido en algún café, buscando en bares, solo.
Nubes de lluvia se acercaban, el viento arreciaba, debía encontrar un lugar. Dio vuelta en Rue de le triumph, siguió avanzando, una calle nueva, con olmos., no veía olmos desde que dejo Austria. El día terminaba, un largo suspiro, las manos en las bolsas, tan incongruente como siempre.
Bark and chesse…
Nunca había visto ese lugar, no era su tipo de café, pero el viento arreciaba, la estatua del perro en la entrada le parecía de un pésimo gusto, un gusto americano, pero igual entro.
No había mucha gente, una pareja de ancianos por la entrada, un hombre tomando café en la barra, al fondo, a un lado de la puerta del baño, un retrato, boina y blusa a rayas, cabello oscuro hasta la mitad de la espalda. Río para adentro, todo un cliché.
Un espresso, un pastelillo de limón, y su libro. Tomo el café despacio, de vez en vez un poco de pastel, continuaba leyendo, un libro que había leído 30 veces, lo conocía bien, a veces saltaba hojas enteras, a veces solo lo abría y comenzaba a leer, al azar. Aun así trataba de no leer mucho las partes de Armanda.
El tiempo avanzaba, era de noche, el cielo nublado, era hora de irse. Avanzo hacia el baño, ella seguían ahí, el cliché, un libro, en español, a un lado de sus manos. No eran manos estéticas, le parecieron mas bien feas, no pudo ver su rostro. Al salir, no pudo evitar cruzar miradas. Solo un instante, ojos encantadores. El instante murió, siguió avanzando, y luego ella hablo.
-Mexicano?-
Par en seco, no hablaba español desde hacia meses.
-si- contesto sin voltear verla.
De nuevo sus ojos, ojos que decían mucho, ojos que lo invitaban a sentarse.
Y hablo, hablo como no solía hacerlo. Cuando menos se dio cuenta, estaba riendo, jugaba a las palabras con ella. El empezó, dijo una palabra, ella debía contestar con otra palabra, la primera que se le viniera. El había jugado antes, por lo regular, el juego duraba 5 o 10 minutos, pero esa vez, fueron horas, parecía no terminar, se sonrojo, río con ella, pensó. El juego termino cuando el mesonero los saco del café, pero pudieron continuar por horas y horas.
Al salir, ninguno hablo. Siguieron caminando, sin decir nada. La tomo de la mano, ahora le parecía perfecta, manos esculpidas y delicadas. Un golpe a su razón, un golpe a todo lo que podía explicar, se detuvo, la detuvo, ella lo veía, sin decir nada, quería explicarse, quería explicarla, pero se limito a verla.

Dos extraños en la noche, yo los veía desde la otra esquina, comenzó a llover, se besaban, lento, un beso largo, prolongado, que parecía no acabar.
Estaba soñando, en esa esquina, soñaba que era Paris, que era de noche, que llovía. Hubiera querido no despertar.


martes, 20 de mayo de 2008

El estanque de los Patos

El estanque de los patos estaba justo en el centro del campus. No era muy grande o muy chico, tenia la forma de un riñón y un puente lo cruzaba por el medio. Una docena de árboles flanqueaba la artificial costa. El pasto amarillento se veía opaco y amarillo, seria ya por el frío o por la falta de agua. Unos cuantos osados tomaban el sol de medio día sin impórtales el frío polar que soplaba de norte a sur. “Only in America” pensé.
La oficina de los estudiantes internacionales se encontraba a unas 600 yardas, o por lo menos eso indicaba el mapa. No importaba realmente, nunca supe cuanto era una yarda. Seguí caminando, observaba la moderna infraestructura de la universidad mientras dos bicicletas pasaban rápidamente a mi lado. Una parvada de patos verdes y negros flotaba despreocupadamente en el lago. Nunca había visto patos de cerca, en mi ciudad tenemos palomas, de vez en vez se pueden ver chanates, pero nunca patos. Me quede unos segundos observándolos y sin darles mucha importancia me aleje hacia la oficina.
Después de unas 600 yardas, creo, encontré la oficina de los estudiantes internacionales. Al entrar había una pequeña estancia donde había 2 personas esperando. Una joven rubia y de gran cabeza me sonrío sin decir nada, y un pelirrojo alto y fornido se quedo viendo por la ventana. Pregunte si esa era la oficina de intercambios, la joven asintió y me dijo que esperaba su turno. Me senté al lado del pelirrojo, y la rubia me dijo que se llamaba Alice, era de Inglaterra y también acaba de llegar. Estudiaba teatro y se veía muy emocionada de estar ahí. El pelirrojo pronto entro a la conversación, se llamaba Magnus (y el nombre me pareció interesante de sobremanera) y venia de Noruega. Tenia un acento muy marcado y creo que estudiaba economía. A diferencia de Alice, el se notaba indiferente ante la situación, arrastraba las palabras y se movía con pereza. Había un dejo de soberbia en su mirada.
Pronto Alice fue llamada, y nos quedamos solos Magnus y yo. El seguía mirando por la ventana y decidí no interrumpirlo. Pronto deje de sentir frío y me acomode en el sillón. Mi entusiasmo había desaparecido días atrás, incluso antes de partir, por lo que me encontraba en un estado de inercia o algo parecido, y realmente no sabia que esperar. Hubiera sido mejor ir más lejos, 800 kilómetros parecían mas en papel y realmente no notaba un cambio. Pero no importaba ya, me encontraba ahí y no había nada que hacer.
Alice salio después de unos 25 minutos, mas radiante de lo que entro, sonreía como una niña pequeña y no paraba de parpadear. El noruego entro y ella se sentó a mi lado. Comenzó a hablar con un marcado acento ingles que tan divertido me parecía en el cine, lanzando preguntas a diestra y siniestra.
Pronto me di cuenta que esas preguntas serian un patrón entre los estudiantes de intercambio, de donde venia y que estudiaba, como llegue a la ciudad y que donde iba a vivir, que me parecía el frío y que como era el clima en mi país. Las preguntas funcionaban en 2 vías, por lo que después de cada una de sus preguntas yo me limitaba a hacérselas de nuevo. Seguimos hablando hasta que el noruego salio y fue mi turno.
Entre a una oscura oficina, un hombre gordo me sonreía desde el fondo, y una mujer ya entrada en años me contemplaba tranquilamente desde la mullida silla. La mujer comenzó a hablarme con dificultades en español, le dije que podía hablar en ingles, y el gordo soltó una carcajada y dijo algo que no recuerdo, con un acento que podía ser cubano o costarricense. Después de un lapido cuestionario, se me fue explicado burocráticamente las cosas básicas. Como registrarme en clases y donde estaba la escuela de derecho, donde podía coseguir un departamento y como era el procedimiento de aceptación en la escuela. Me dijeron que al día siguiente habría una reunión donde explicarían ampliamente lo demás. Me despedí y Salí de la oficina, Alice y el noruego seguían hablando. Me detuve un momento con ellos y salimos del edificio.
Alice me dijo que Irian a comer y me invito, tuve que declinarla, no por que no tuviera hambre, sino por que tenia que revisar como funcionaria la tarjeta del banco. Nunca había tenido una, siempre había usado efectivo, pero suponía que no seria muy difícil. Pase de nuevo por el estanque de los patos, seguían nadando, algunos graznaban, o cuacuaban, no se cual sea el termino correcto, y me volví a detener a mirarlos, parecían creaturas dóciles y sin duda eran graciosos. El sol comenzaba a bajar cuando encontré un cajero automático.
No fue mucha sorpresa, casi lo veía venir, pero aun así intente 3 veces. La tarjeta no estaba funcionando adecuadamente, se negaba a escupir algunos dólares y no me dio razones convincentes para no hacerlo. Pude ver como fruncía el ceño en el reflejo de la pantalla del cajero automático. Gruñí y fui en busca de otro cajero. El sol seguía perdiendo fuerza y mi estomago comenzaba a reclamar. Hacia un frío de los mil demonios, el viento quemaba mis mejillas y mi nariz no dejaba de fluir.
Probé en otro cajero, y luego en otro y en otro, todos se negaban a escupirme unos cuantos dólares, todos me daban explicaciones vagas y nada convincentes. Admite mi derrota luego de volver al campus. Traía cigarrillos de México, previendo que seria muy caro comprarlos allá, así que intente engañar al estomago con un poco de humo. Me senté en la orilla del estanque y prendí un cigarro. Los patos se veían ya perezosos casi ni se movían. Termine de fumar y me marche a mi provisional hogar. La escuela había conseguido cuartos mientras los estudiantes se instalaban. Constaban de una cama, un televisor, un baño y una pequeña cocina donde había una estufa, un refrigerador, sartenes y vajilla. Abrí el refrigerador y por supuesto que estaba vacío, pero aun así no pude evitar buscar en las alacenas. Nada. No quise alargar mas la espera y dormí temprano para evitar el hambre.
Me levante temprano para ir a la orientación de los estudiantes internacionales. Quizá ahí habría algo de comer pensé. Volví a intentarlo de nuevo y de nuevo vi mi ceño fruncirse en la pantalla. Fume un cigarrillo antes de entrar a la orientación, los patos ya se sumergían en busca de alimento. El sol se filtraba por unas cuantas nubes que se negaban a marcharse. El humo no fue un buen desayuno y pronto sentí un malestar.
Ya adentro, había café y agua. El café seria más sustancial, así que tome 2, con mucha azúcar y mucha crema artificial. Pronto nos dirigieron a un pequeño auditorio donde unos 100 estudiantes se acomodaban en cómodas butacas. El auditorio me recordaba un pequeño teatro. Me senté a lado de unos negros, y enseguida de mi llego después un Brasileño. Los negros no paraban de reír en un idioma que nunca había escuchado pero que delataba su africanés a leguas. El Brasileño se mostraba un poco mas dispuesto a hablar, pero pronto nos vimos interrumpidos por la mujer que me había atendido el día anterior.
Se ahondo en mas de lo mismo, los procedimientos y maneras con las que la escuela se manejaba, los modos de los estadounidenses a los que quizá la mayoría de las personas presentes no estaban acostumbradas y otros tópicos igual de aburridos. La mezcla de café y humo no parecía ser del agrado de mi estomago, por lo que constantemente se quejaba. Después de 5 horas se nos concedió un receso. Aunque yo esperaba mas, aquellas manzanas tenían un aura celestial. Tome una y me guarde otra. Las devore casi sin respirar, para tratar de quizá tomar otra, pero aun así la mesa estaba vacía cuando volví. Tome otro café, ya por el frío o por el sueño y Salí a fumar de nuevo.
La platica siguió, deje de prestar atención y me limite a observar a la muchedumbre. Había de todos los colores y tamaños, al fondo estaban unas 4 o 5 rubias, muy rubias y altas, que bien podrían ser noruegas o finlandesas. Más allá, en una esquina se encontraba el pelirrojo pocaspalabras, a su lado 2 árabes. Al frente 3 mujeres, todas muy guapas, pero que no parecían del mismo lugar. Un poco por delante de mi, 4 mexicanos, lo supe por que no paraban de hacer preguntas, y el acento los delataba.
Al cabo de 3 horas ya no resistía el hastío o el aburrimiento o el hambre, o todo junto, y salí sin decir nada, a volver a intentarlo de nuevo. Y demonios, el frío era peor que el día anterior, el sol seguía oculto y los patos que no tenían la culpa, comenzaban a exasperarme. Lo volví a intentar pero fue inútil, una y otra vez, el cajero se negaba a escupir efectivo y el ceño fruncido ya no se iba. Maldije de nuevo, Salí y maldije a los patos que ninguna injerencia tenían, pero que se mostraban tan dóciles y dispuestos a recibir mi quejidos que no me detuve. Estaba imposibilitado a hacer una llamada, así que me limite a mandar correos electrónicos, a mi madre y mi padre, para que hicieran algo. Enfatice el frío de los cuarenta mil demonios y el hecho que ya iba para dos días que no comía.
Me mostré testarudo, y seguí fumando, por hambre o por ocio, pero el humo no ayudaba, el ayuno incrementaba mi mal humor, y además tenia que resistir el clima. Los patos seguían despreocupados, flotando y sumergiéndose una y otra ves, recogiendo la comida que los incautos humanos les tiraban. Cuacuaban, ya no arbitrariamente, sino que parecían burlarse de las personas que les tiraban mendrugos de pan. No se les veía ni una pizca de agradecimiento en sus vacíos ojos. Yo me limitaba a maldecir por lo bajo, sin soltar el cigarro y frunciendo el ceño, levantando los hombros como si eso pudiera alejar el frió.
Malditos patos, no estoy seguro de tener un alma, pero esos engendros carecen de ella. Los pensamientos me arrastraban a despotricar contras los plumíferos, y el frío acentuaba mi mal humor. Estuve ahí por dos horas o algo así, pronto los demás estudiantes salieron. Me incorpore al pequeño grupo de estudiantes Mexicanos. Se hicieron las preguntas de rigor, esta vez acompañado de comentarios acerca de los acentos. Supongo que yo me veía un poco malhumorado, pero quizá siempre haya sido así. De nuevo tuve que declinar la invitación a comer algo, y me limite a tomar un poco de agua y partir al pequeño cuarto. Dos días sin comer no son mucho quizá en papel, pero la boca tenia un gusto particularmente desagradable, la saliva caliente se pegaba al paladar, y escupía cada 10 o 15 minutos.
A la mañana siguiente me lave los dientes 2 veces tratado de quitarme el literal mal sabor de boca. Pase por la recepción del hotel, y robe un puñado de mentas. Había café, pero no me pareció una buena idea. Pase toda la mañana comiendo mentas y esperando una respuesta de mis ingratos padres que seguramente se encontraban comiendo en México. La respuesta nunca llego, y ahora despotricaba en contra de mis ascendientes. Comencé a fumar y comer mentas alternativamente, ya no para engañar al hambre sino para tratar de ingerir calorías. Me sentía mareado y me dolía la cabeza. Y de nuevo acabe en el estanque de aquellas odiosas creaturas.
Cochinos patos, seguían cuacuando y nadando, sumergían la cabeza para sacar comida y se perseguían entre si para divertirse. Las personas seguían arrojando comida, y detecte un dejo de envidia en mis manos. Esas creaturas sin alma solo tenian que mover la cola y emitir sonidos guturales para conseguir comida, los humanos estábamos condenados a trabajar por ella, a recurrir a nuestros padres para mendigar un poco de efectivo y quizá comer una hamburguesa, mientras que los patos, gordos y lentos, se atascaban de comida que les regalaban.
Quien fuera una de esas inmundas bestias, que solo tenían que mover la cola para comer, yo puedo mover la cola, yo puedo poner cara de idiota, yo no tengo alma, mis ojos son como los de ellos, yo no tengo dignidad, solo tenían que pedirme que brincara y lo haría, movería la cola y cuacuaria, solo pedía unos mendrugos de ese antojable pan que los pajarracos engullían con sorna. Seguí despotricando hasta que las nubes se alejaron un poco.
Y luego como un rayo de luz, me sentí iluminado. No se como no lo había pensado antes, pero supongo que le necesidad es la madre de las ideas. O algo así. Me llego de golpe, como una epifanía, casi pude oír los cánticos celestiales que celebraban el fin de mi ayuno. Me robaría un pato. No, lo secuestraría y luego lo mataría. El asesinato nunca se mostró tan apetecible. Una ira asesina me inundo, seguida por una bestial hambre. En el cuarto tendría sartenes y en la recepción había sobres de sal y pimienta. No puede ser tan difícil hacer una sopa de pato pensé.
Y ahí estaban ellos, gordos y despreocupados, sin darse cuenta de la sombra que se cernía sobre ellos, mi sombra, friolenta y apestando a humo, enloquecida por el hambre y lista para actuar. Pero luego la razón, con la que tengo un idilio desde hace años me previno de actuar decimonicamente. No, no pensé no hacerlo, pero había que hacerlo bien. No podía brincar como un animal sobre ellos y matarlo a mordidas, y luego avanzar despreocupadamente con el cadáver de un pato por la calles llenas de americanos abraza-árboles y policías bien entrenados.
Así que prendí un cigarro, con mis pulgares que me distinguían de mi presa, y pensé bien las cosas. No podía ser ese día, no tenia donde echar el pato ni como atraerlo. Además tenia que esperar a que se despejara un poco para no llamar la atención. Tendría que esperar un día mas, y quizá al siguiente día tendría noticia mis tiránicos padres que se negaban a acudir en ayuda de su famélico vástago. Pero de cualquier manera, me prepararía para asesinar, eran ellos o yo. Ese día dormí, pensado en mi crimen, en mis manos manchadas de sangre y en una sopa de pato.
Al siguiente día partí después de las doce. Había pasado toda la mañana en cama, era el cuarto día sin comer, y la cabeza me explotaba. Salí con una mochila donde echaría al pato, algunas bolsas de platico para el estrangulamiento, y unas galletas que me había encontrado tiradas. Me vestí lo mejor que pude, para evitar llamar la atención. No quería parecer un vagabundo si me atrapaba la policía.
Pase para revisar mi cuenta de banco, y la respuesta fue la misma. Ya no tenia el ceño fruncido, ahora la determinación brillaba en mis ojos sin alma, como los de mis victimas. Me instale a media tarde en estanque, de nuevo prendí un cigarrillo que ese día me supo tan bien, y comencé a observar a aquellas ratas con plumas. Había mas de 100, nadie extrañaría a uno de ellos. Uno particularmente gordo llamo mi atención, pero descarte la idea al no saber preparar un buen foi de grass. Mejor me parecía uno que estaba parado majestuosamente sobre una roca.
Era joven sin duda, inflaba el pecho soberbiamente y veía por encima a los demás patos. Quizá era el líder de esa parvada o el macho alfa. Ni siquiera se si los patos tienen lideres de parvadas o machos alfa, pero no importo, el parecía un digno rival. Quizá me esperaba una lucha encarnizada, se mostraban torpes, pero no sabia si actuaban diferente al sentir peligro. Mi ballena blanca necesitaba un nombre, lo merecía. Ese pato quizá venia del Canadá, por lo que no seria un nombre latino. Y pensé que probablemente descendía de una noble cuna de patos Europeos, Franceses o Alemanes. Johansen das Ducken o Jean le Pato.
El frío arreciaba como presagiando el homicidio. Las sombras pronto inundaron todo el pato-pond, las personas comenzaban a marcharse. Mi determinación era envalentonada por el hambre, nunca titubee ni mostré señales de arrepentimiento. Esa pelea ya estaba pensada desde hace días, quizá destinada desde hace centurias, esta era su final , el final de Jean Johansen, aquel noble animal que venia del Canadá y descendía de las mas nobles cunas patiferas Europeas.
Pronto me encontré solo con aquellas creaturas sin alma. El sol moría y el frío no se detenía. Era el momento de actuar, no podía perder tiempo, los autobuses pronto dejarían de circular. Deshice las galletas en pequeños trozos y me dirigí a la despreocupada parvada. Comencé a aventarles trozos de las galletas, se acercaron sin pensar, no veían mi mirada perdida y desorbitada por cuatro días de ayuno. Jean Johansen, estaba en el centro de la procesión, no tocaba las migajas y se mostraba un poco reacio a seguir avanzando. Le tire uno justo delante de el y no la rechazo. Se acercaba mas y mas, con pasos firmes y decididos…
Brinque sobre el y logre agarrarle una pata. Los demás patos volaron cuacuando ruidosamente, Jean Johansen intentaba lo mismo. Era fuerte sin duda, movía las alas sintiendo la muerte. No me detuve, no podía, ya no había vuelta atrás. Lo sujete con la otra mano por el cuello y luego solté la pata. Un húmedo crac se dejo oír. Jean se había dejado de mover, sus ojos estaban mas oscuros que nunca. Yo tenía la respiración entrecortada, pero no debía detenerme a pensar. Eche al pato en una bolsa de las que había preparado y luego a la mochila. Me lave las manos en uno de los edificios que seguían abiertos y me dirigí a la parada del autobús.
La mochila me pesaba, sentía la presión sobre los hombros y aun no podía respirar tranquilamente. En la parada del autobús una vieja esperaba igual que yo. Me senté a un lado de ella y vi que era ciega. Y luego volteo hacia mí, con sus cristalinos ojos inundados de cataratas y sin decir nada, juraría que me dio un gesto de desaprobación. La paranoia me inundo, y es que no había ninguna posibilidad de que aquella vieja supiera algo. Pero aun así preferí levantarme.
El camión pronto llego, subí sin decir nada y me senté hasta el fondo para evitar miradas. La mochila seguía pesándome así que la deje a un lado. Mi macabra y emplumada carga yacía inerte en el fondo de la bolsa. Decidí no darle importancia y mientras el camión seguía avanzando yo me limite a mirar por la ventana. El trafico era pesado y ruidoso, lo culpo por aquel sonido que me estremeció. Un perfecto “cuac-cuac”. Salí de mi estado catatónico y voltee a ver la bolsa. No podía ser, pero revise de cualquier manera. Mis manos temblaban cuando la abrí. Y ahí estaba Jean, muerto en el fondo, con ojos negros y la lengua de fuera. Le pique el estomago con un lápiz pero no mostró señales de vida.
Estaba un poco turbado he de admitirlo, pero era solo la paranoia que me perseguía. Ese “cuac-cuac” había sido un juego de mi mente, solo eso, como en aquel cuento de Poe donde el asesino escuchaba el “tum-tum” debajo del suelo, donde había ocultado el cadáver. Baje del camión con mi recién adquirido pato y me dirigí por un poco de sal y pimienta. En la recepción dijeron que tenían un paquete para mi, que lo habían dejado en mi habitación.
Cuando entre al cuarto y deje Johansen con cuidado en la cocina, vi el paquete encima de la mesa. Era pequeño y blanco, una carta que venia de México. Era de mis padres, con una tarjeta nueva, una que versaba International con letras doradas. No sonreí. Me senté en la cama a contemplar mi nueva tarjeta sin querer ver hacia la cocina. Pero tenia que hacerlo.
Saque el cuerpo de Jean Johansen el pato, y lo puso con cuidado en la mesa. Ahí estaba, inerte y estático, con un poco de sangre brotándole del cuello, y los ojos vacíos como debían de estar los míos en ese momento. Sus plumas verdes relucían con el reflejo del foco, y las negras se mostraban opacas y muertas. Suspire una vez. Suspire dos veces. Suspire de nuevo y luego me senté a su lado.
“Oh majestoso pato de noble cuna, tu muerte ha sido en vano pero no tu tumba, que te enterrare como los de tu estirpe merecen y brindare en tu honor y sobre tu sangre caída”.
No lo dije en voz alta, solo lo pensé. Siempre he sido un poco teatral. Llame a la recepción del hotel y pedí carne roja, un vino y dos copas. No tardarían mas de 30 minutos dijeron. Coloque a Jean Johansen en la mesa, al otro lado del mío, y lo senté con ayuda de una guía telefónica. Se porto como todo un caballero y no se movió ni hizo sonidos inadecuados. Yo lo contemplaba sin saber que decirle sin saber como responderle si me preguntaba algo y con un dejo de culpa por lo inútil del homicidio.
El mozo llego al cabo de un rato, no deje que entrara, le entregue la tarjeta y tome la cena. Le dije que la recogería al día siguiente. Me senté de frente a Jean que me contemplaba desde su silla. No le serví vino, pero brinde en su honor, en su sangre caída, por sus hijos y mujeres, por las batallas que seguramente había ganado y perdido, por sus aventuras y por sus ilustres padres, y por su sacrificio inútil, pero lleno de nobleza.

domingo, 20 de abril de 2008

Mis mascotas

Siempre me han gustado los animales. Mi primer mascota fue un pez, era rojo y aburrido, se pasaba los días flotando en su diminuta pecera. Ni siquiera recuerdo si tenia nombre. Luego tuve un perro. Un cachorro de esos que te roban las sonrisas. Se llamaba Pepe. Deben entender que solo tenía 6 años, así que mi falta de creatividad esta justificada. Nunca supe que fue de Pepe, los recuerdos son borrosos, pero lo más probable es que haya terminado en la granja de mi tío Skip. Creo que le preguntare a mi madre la próxima vez que la vea. Después de Pepe, vinieron más perros, más peces, un gato que nunca me gusto y un ratón que se llamaba Solovino.
Siempre tuve un animal a mi lado. Los recuerdos de mi infancia están basados en eso. Yo y mi perro jugando en mi cuarto. Yo y mi gato escondidos en la cocina mientras mi padre golpeaba a mi madre. Yo con mi ratón en las manos, alejándonos de otro pueblo. Yo y mis mascotas. Les hablaba. De vez en vez me contestaban. El día que deje de tener mascotas, deje de ser un niño. Tenía 16 años y huí de casa.



Quisiera un perro. Seria agradable tener compañía en las noches cuando llego de trabajar. Los perros son fáciles de querer, les encanta el contacto humano y siempre saben responder.
Hoy hable con mi madre. Le pregunte acerca de mi perro Pepe. Dijo que ni siquiera se acordaba de que yo tuviera un perro llamado Pepe. Dure hablando dos horas con ella. No lograba que se callara. Me hablo de lo mismo. De todo. ¿O debería decir de nada?. Odio las conversaciones por teléfono. No puedes ver a la persona a los ojos. Aunque por eso, tampoco me gustan las conversaciones frente a otra persona.
“Hay miradas que matan”. No. Pero hay ojos tan hermosos que es difícil verlos.



Seria un poco difícil tener un perro aquí. El espacio es poco y los vecinos muchos. No puedo de dejar de pensar en Pepe. Mi madre ha decidido fingir demencia. Supongo que mi padre podría decirme, quizá lo visite en el transcurso del año. El perro no es tan buena idea, no tengo espacio donde acomodarlo. Un gato comienza a ser una opción viable. Son más pequeños y limpios. No hacen ruido y pueden estar más tiempo solos. Quizá vayan más con la decoración. Siempre he querido un gato negro.
Me he acostumbrado a la soledad. No es tan difícil lidiar con ella. Las grandes ciudades son como monstruos que se comen a las personas, y las digieren lentamente en algún rincón perdido de uno de los muchos que hay aquí. Las grandes sociedades modernas están hechas para desindividualizar a las personas que ya están solas.
¿ para que dispararle a los muertos?



Ni un gato será. El casero fue muy explicito, tanto como arbitrario. No lo se, quizá motivos cabalísticos, pero “ni una pelo de gato en este edificio!”. Mi madre hablo de nuevo. Levante la bocina y solo le colgué. No tenía ánimos de charlar de todo. No tenía mucho tiempo de cualquier manera.
Ayer le hable a mi padre. No me contesto. Sigo pensando en Pepe. Pensaba que seria tiempo de visitar a mi padre. Hace 2 años que lo veo. Hace 6 meses que no hablo con el. No es un viaje tan largo, son solo dos horas. Pero nunca nos damos el tiempo de hacerlo.
Aun quiero una mascota. Pero ya el perro no es una opción. Del gato ni hablar. Quizá un ratón o un perico. Lo que sea para engañar a la soledad. Nunca hemos tenido problemas, ella y yo, pero últimamente se empeña en joderme la existencia. En el piso de arriba, siempre escucho pequeños pasos en el día, un par de niños, en el piso de abajo, por las noches, el chirrido de una cama, un par de amantes. Y yo me engaño aquí en medio, sin niños y sin amantes. Un animal debería funcionar.



Fue un poco caro. Pero creo que fue una buena inversión. Una pecera grande, dos tantos, tantos peces, muchos tantos, comida y demás parafernalia, unos tantos mas. Ocupa toda la vista del departamento. De noche el panorama es hipnótico. Son más de una docena de peces. No escogí dos iguales. Hay de 12 formas diferentes, son 12 tamaños distintos y 12 son los colores.
Se me fue la noche de frente a mis nuevos amigos. Horas y horas, sentado, siguiendo con la vista a cada uno de ellos. Tocando con el dedo para ver si voltean, prendiendo y apagando la luz para ver si los sorprendo haciendo algo, metiendo el brazo en el agua con la esperanza de que se acerquen.
Pero son tan indiferentes, tan enfrascados en su eterna sucesión de moverse de un lado para otro, de permanecer quietos por unos segundo, de subir y bajar, de sacar un poco la cabeza a la superficie. No se si escuchen, no si se ven mas allá de sus narices, no se si sientan, son perfectos, perfectos para mi, no se dan cuenta de nada, solo flotan y se pierden en su limitado espacio de cristal. No les hace diferencia estar ahí o en el mar.
No tienen esperanzas ni sueños.



Debería ponerles nombres. Comencé a bautizarlos. El primero fue fácil, al más grande y gordo le puse Pepe. No puedo dejar de pensar en ese perro. Recuerdo cuando mi padre lo trajo en navidad. Recuerdo a mi madre abrazándolo mientras yo jugaba con Pepe. Nunca se vieron muy felices, de hecho creo que esa fue de las únicas ocasiones donde vi a mi padre sonreír.
Después de nombrar a Pepe las cosas se complicaron. A el le sentaba en nombre, pero los demás no tienen cara de nada. El blanco parece una nube, pero siempre esta en fondo del tanque si moverse mucho. El negro me recuerda una moneda sucia, es redondo y opaco. Y el azul me intriga. Siempre esta detrás de una roca, siempre con los ojos entrecerrados, parece que los vigila, pero no creo que se atreva a juzgarlos.
Los nombre de la manera mas sencilla posible, supongo que ya no tengo 6 años y que mi falta de imaginación ya no esta justificada. Se llaman blanco, negro y azul. Creo que blanco y azul son ellas. a los demás simplemente los enumere. Al final, tenia a Pepe, a blanco (que era ella), negro, azul (que también era ella), cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y douze.
Douze es francés.


Debería llamar a mi padre. Pero como dije, nunca nos damos el tiempo de eso. Siempre estamos enfrascados en el yo. ¿Que son tan solo 5 minutos?. Mucho aparentemente. Hoy vi a un niño jugando con un perro en el parque. Los niños son fáciles de identificar, no me guío por el tamaño, lo noto en los ojos. Son claros y brillan. ¿Por qué son de niño?. Contrasta terriblemente con los míos cuando los veo en el espejo. Opacos y nebulosos.
Cuando llegue a casa no quise darle oportunidad a la soledad de que irrumpiera. Prepare la cena y me senté de frente a mi pecera. Azul parecía la única dispuesta a charlar. Le conté de mi día, sin entrar en muchos detalles hablamos de mi madre, nos burlamos de los vecinos y recordamos a Pepe.
Este año visitare a mi padre, ya son casi 3 años que no lo veo, mas de siete meses que no le hablo y 6 semanas que no se de el. No es un viaje muy largo, le alegrare el día y sabre que fue de Pepe. Quizá visitemos al tío Skip. No le diré a mi madre que iré.
Frente a la pecera me quede dormido, Azul velo mis sueños, desde su roca y con sus ojos entrecerrados, salio un poco y pude verlos por completos…




El teléfono me despertó. Era mi madre que se oía mas humana que nunca. La conversación fue corta. No hubo necesidad de hablar de todo.
Mi padre murió en la noche, ni siquiera recuerdo los detalles. Colgué el teléfono y me derrumbe en la silla. Azul me veía con sus ojos entrecerrados desde su roca.
Recordé lo que mi padre ya me había dicho de Pepe. El perro había muerto arrollado por un automóvil y mi padre se había encargado de llevarse el cadáver lejos. Me dijo que Pepe se había ido con el tío Skip, por que le iba a ayudar a cuidar la granja. Le pregunte si podíamos visitarlo y me rodeo con el brazo, sonriendo como en aquella navidad.

(final editado)



domingo, 16 de marzo de 2008

Messie Noir (o el gatito anabaptista)


Todos hemos visto a Messie Noir por lo menos una vez en nuestras vidas. Pero la mayoría de ustedes no le dan la importancia que tan importante honor merece. Al atardecer algunos pueden escuchar como pasa por su ventana ágilmente. Otros lo ven huir de prisa cuando abren las puertas de sus casas por la noches. Los menos pueden jactarse de haberlo visto por uno o 2 segundos cuando pasaban por algún parque perdido en alguna ciudad de las muchas que frecuenta Messie Noir. Yo?... yo estoy seguro de que el me regalo una mirada cuando apenas era un niño. Recuerdo salir por la noche a caminar con mi padre, y ahí, en la casa del viejo Ganchurra, en el fondo del sucio jardín de la casona aquella, estaba Messie Noir, postrado encima de un cubo de basura. La luna apenas salía, por lo que solo pude ver su silueta tan soberbia como sus ojos amarillos que me observaban directamente. Me quede petrificado ante tal cuadro, y cuando mi padre jalo de mi mano y descuide la vista un solo segundo, Messie Noir se escabullia por un pequeño hueco en la cerca del viejo Ganchurra.
Messie Noir gusta de ir en ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, solo por las noches, solo por diversión. Aunque no pareciera, a el le interesan mucho los asuntos de los hombres. Siempre tiene una opinión que brindar, y es que Messie Noir, sabe mucho de los negocios humanos, mas que nada por que tiene mas experiencia que el mas viejos de los sabios.
Así pues, Messie Noir va de lugar en lugar, de risa en risa y y de tiempo en tiempo. A veces me pregunto si su felina forma no será un inconveniente para sus importantes diligencias. Aunque debe tener sus maneras de comunicarse con los hombres, imagino que en una forma mas a la homo-sapiens tendría mas facilidades para llevar a cabo sus intromisiones en la vida de las personas. Sin embargo, estoy seguro que ser un gato le brinda muchísimas ventajas.
Así que, las visitas directas que hace Messie Noir son muy raras, por lo general solo se deja tocar por algunos que son elegidos cuidosamente por el y creo que solo en dos ocasiones ha entrado a las casas de los hombres, pero siempre le han buscado, el solo elige, no se toma la molestia de andar por ahí calificando a las personas, pero supongo que a veces, por simple aburrimiento o para salir de su inefable rutina, el elige y toca puertas.
Dicen que dios no juega con los dados, y estoy seguro que Noir tampoco. Por eso, para esperar en la puerta de aquella casa, debió haberlo meditado concienzudamente, y sus razones tendría para elegir a Anna.
Anna era una niña que apenas hablaba. Se pasaba los días encerrada en la biblioteca de su abuelo, comiéndose todos los libros que se le atravesaran. Nunca discrimino, e igual leía un diccionario como un compendio de novelas rusas, un tratado de anatomía y una compilación de narraciones religiosas, novelas cortas y épicas de 800 hojas. Y solo tenia 8 años de edad.
En la escuela, nunca tuvo amigos, no quería perder su tiempo en eso, todo lo que buscaba lo podía encontrar en un libro. Nunca fue objeto de burlas, inspiraba temor en la mayoría de los niños, por lo menos en los inteligentes. Hasta sus profesores evitaban ver directamente a los ojos negros y muertos de Anna. A ella no le importaba, rara vez notaba lo que pasaba a su alrededor.
En su casa, apenas hablaba con sus padres, limitaba su relación a un conveniente aliméntenme-mientras-me-voy-de-aquí. Sus padres habían tratado de mil maneras, hacer que su hija les pusiera atención, pero como ella les recordó cuando tenia 6 años, “los huevos y las piedras no hacen buenas parejas de baile”.
Así pues la vida de la pequeña Anna transcurría, sin mayores sobresaltos que los que una vida muy acomodada podía brindarle, transcurriendo días enteros sin decir una sola palabra, y cuando las únicas ocasiones en las que mostraba algo de humanidad, era cuando daba un largo suspiro al terminar un libro, y se quedaba inmóvil, sentada mirando a la chimenea, y en aquellas momentos, el rostro de Anna se humanizaba y dejaba ver un pequeño aire de tristeza y quizá un dejo de nostalgia, y es que ella siempre había pensado que no debía confundir el hastío de estar viva con la soledad, pero en aquellos largos suspiros, sin duda se sentía sola.
Y Messie Noir tendría sus motivos, y en aquel helado octubre, cuando Anna cumpliría los 10 años de edad, en una noche sin luna, Noir llamo a la ventana de Anna. Ella se quedo inmóvil, observando al pequeño gato negro que la miraba desde afuera, moviendo elegantemente su cola y maullando de nuevo. Anna se acerco a la ventana y sin abrirla, se quedo observando fijamente al gato. Apenas a unos centímetros de distancia, y con solo el vidrio por separación, , se quedaron ahí hasta que dejaron de verse por lo empañado de la ventana. Cuando Anna limpio el vidrio con la mano, vio como el gato bajaba lentamente por un árbol, Anna abrió la ventana y grito, el gato volteo y se quedo unos segundos, luego se perdió de vista al dar vuelta en una esquina de la casa.
Anna corrió hacia abajo, esperando interceptar al animal, pero para su sorpresa, el pequeño gato estaba sentado afuera de su puerta, y la miraba desde abajo tranquilamente. Anna se detuvo de golpe, nunca pensó que el gatujo la estuviera esperando. Se hizo a un lado para que el gato entrara, pero este se quedo inmóvil. Anna entonces lo levanto y lo llevo a su cuarto.

Sus padres nunca mostraron el mas mínimo indicio de oposición. ¿Por qué lo harían? Anna había cambiado desde que la adopción del “gato” (por que así lo llamo, no creyó que fuera necesario ponerle otro nombre) se hizo oficial. Seguía pasando los días leyendo, pero ahora cerraba la puerta por dentro, y siempre salía de muy buen humor, siempre con al gato detrás de ella.
Hablaba mas con sus padres, vaya, por lo menos hablaba, conversaba con su madre acerca de sus abuelas y de cuando ella era joven, pasaba las cenas hablando con su padre de política. En la escuela, empezó a tener amigos, siempre se mostraba en clase, y en poco tiempo llego a ser muy popular entre sus compañeros.
Aquel gato realmente la estaba ayudando, aunque desapareciera por días, pero siempre volvía con Anna, siempre se encerraba con ella en la biblioteca y siempre pasaba los domingos a su lado, sentados en el jardín sin decir nada. Durante 3 años Anna ya no volvió a sentirse sola, ya no suspiraba después de terminar los libros, ya no duraba días sin hablar.
Y un domingo, Messie Noir no volvió. Así como llego sin avisar, así se perdió sin pedir permiso, y es que seguramente, un gato tan importante como lo era Noir, no podía pasar mucho tiempo en un solo lugar. Pero Anna no sabia eso, y aunque logro disimularlo a la perfección, por dentro estaba destrozada. No sabia si el gato volvería, no sabia si el gato realmente la quiso como ella lo quería, ni siquiera sabia si estaba vivo o muerto, y lloro, lloro por primera vez, lloro como hombre y como niño, maldijo al cielo y al infierno, pues sentía que le habían quitado a su único amigo.
Y el tiempo siguió avanzando, por que ese bastardo nunca se detiene a limpiar las lagrimas de las niñas que pierden a sus gatitos, y Anna seguía leyendo y hablando con su madre, Anna seguía haciendo amigos en la escuela y discutiendo con su padre acerca de las tantas guerras que empezaban o terminaban tan fácilmente en este mundo tan poco felino, y Anna seguía observando por la ventana en busca del gatujo que fue su amigo.

Así pasaron dos años, dos años en los que Anna se convirtió en una señorita (y en una señorita muy bella) y comenzó a tener noviecitos. Realmente no le daba mucha importancia al asunto, lo tomaba casi como un juego, le gustaba hacerlos llorar, y le encantaba que le pidieran perdón por las cosas que ella hacia. Los manipulaba de maravilla, y nunca se detuvo por ellos, lo único que le importaba era su propia diversión.
Y en una de esas ocasiones, en las que con particular saña hizo llorar un muchacho cuyo único error fue fijarse en ella, y mientras veía como se alejaba con cabizbajo y sollozando, contemplándolo altiva, sentada en una banca de algún parque, de pronto, sin mayor aviso, Messie Noir brinco a su regazo.
Se rehúso a acariciarlo tan fácil, no tenia ninguna seguridad de que fuera Noir, estaba muy lejos de su casa, y habían pasado 2 años desde la ultima vez que lo vio. Noir, sentado en su regazo y viéndola con aquellos ojos amarillos y grandes, esperaba que le respondiera, pero Anna, se mantenía las manos alejadas, simplemente no podía creerlo. Y Anna nunca se sintió cómoda con la idea de adoptar otro gato, por que pensaba que ella no era nadie para reemplazar a Messie Noir, por lo que después de permanecer inmóvil por unos minutos, se levanto y aventó al gatujo ese que pensaba que podía llenar el lugar de Noir, dio media vuelta, y sin voltear atrás, se subió a su bicicleta y se marcho a su casa.
Y Anna no pensó mas en eso, pero las lagrimas que le brotaron y que cayeron rápidamente por sus mejillas eran una señal inequívoca de que aun extrañaba a su gato. Por eso, al volver a su casa, y ver al mismo gato que horas antes había visto en el parque, ya no se cuestiono mas, lo levanto con cuidado mientras lloraba de nuevo, y lo abrazo tiernamente mientras cerraba los ojos.
Y de nuevo Anna volvió a sonreír como hombre, pasaba horas y horas con su gato, leyendo en la biblioteca o paseando por el jardín, y siempre, los domingos los pasaban encerrados en su habitación sin decir nada.
Pero como les había dicho antes, Anna no se daba cuenta de que Messie Noir era un gato muy solicitado en muchos lugares, por lo que Noir sabía que eventualmente tendría que marcharse de nuevo. Pero de igual manera trataría de hacerle la vida lo más placentera a su ama, aunque solo fuera por un tiempo mas.
Durante el periodo que Messie Noir paso con Anna, esta gano dos concursos de ensayos, con un abundante premio en metal, termino su educación preuniversitaria con honores y además gano una beca para estudiar la carrera que ella quisiera en el extranjero.
Fue en ese periodo también donde Anna decidió que estudiaría. En un ocasión, en una de las tantas librerías de la ciudad, Anna y Noir deambulaban por los pasillos, cuando el perro del dueño de la librería le ladro a Noir, y este se refugio en lo mas alto de un librero atiborrado de libros. Cuando Anna bajo a Noir, vio un pequeño atado de viejos libros al fondo del librero. Eran libros de Nietzsche, Borges y Schopenhauer. Tuve que Comprar los tres. Después de eso, no tuvo muchos problemas en decidir que haría con el resto de sus días. Estudiaría teología en alguna universidad del extranjero.
Y de nuevo Messie Noir tuvo que huir. El ultimo domingo de septiembre lo paso con Anna, se mostró mas aprensivo que nunca. Anna intuía que se volvería a ir en cualquier momento, y entendió, por el comportamiento del gato, que se marcharía ese día. Caminaron juntos por el jardín, jugaron por la tarde, la luna los sorprendió en la biblioteca y lo ultimo que Anna vio antes de dormirse, fue a Noir sentado con su siempre altivo aire, a la orilla de su cama.

Anna pronto ya no estaba en su país, sino en regiones lejanas estudiando a los hombres y sus dioses, en idiomas que a su madre le parecían graciosos, seguía escribiendo, y seguía siendo perversa con los hombres. Aquel tímido placer que sentía en sus años mozos, ahora se convertía en un asunto cuasiorgásmico, regocijándose en el dolor que ella provocaba. También se dio cuenta que realmente no le importaban si se trataba de hombres o de mujeres, su vicio consistía en que ella tenia que provocarlo. Y era gracioso, y ella lo noto, que cuando Noir estaba cerca, no sentia la necesidad de ello, pero en los periodos de ausencia, le nacía ese inexorable deseo de hacer llorar a las personas.
Así pasaron los años de nuevo, y aquel viejo bastardo que es el tiempo seguía sin mostrar compasión, y Anna seguía estudiando y escribiendo. Cuando menos pensó, seis años habían pasado desde la ultima vez que vio a Messie Noir, estaba por terminar con honores la universidad, estaban por publicar su opera prima, mas que nada por el tema que prometía causar polémica (y a ella le encantaba hacer polémica, así como también sabia que la polémica acarrea dinero). Solo le quedaban algunas semanas en aquella antiquísima ciudad donde estudiaba, y gustaba pasar las tardes caminando por los parques perdidos del centro. Y se paro un instante, un solo minuto quizá, a prender un cigarrillo, y de un árbol le cayo un gato. Esta vez no se mostró tan reacia como la ultima vez. Noir le cayo en los brazos, y ella inmediatamente lo acaricio.
No le importo que estuviera a miles de kilómetros de su casa, no se molesto en pensar como habría llegado ahí el animalejo ese, ni siquiera le importo que habían pasado mas de 14 años desde la primera vez que vio a Noir. Simplemente lo abrazo, y sonrió de nuevo, y se lo llevo a su casa, y ya nada le importo tanto, ni su graduación, ni la inminente publicación de su libro, ni volver a ver a su familia después de casi 6 años de estar lejos ni nada. Tenia a su gatito negro de nuevo.
Messie Noir se sorprendió de ver a Anna convertida en una mujer. Y vaya que era una bella mujer. Quizá Noir no sabia mucho de la estética de los hombres, pero aun así, sabia que Anna poseía una belleza y un porte muy peculiar, Y aparte era inteligentísima! Messie Noir sin duda eligió bien.
Y el tiempo nunca se detiene, por lo menos no para los hombres, y Anna pronto volvio a su patria, y a Anna pronto le publicaron su libro, y Anna se hizo tan millonaria como polémica. Y Anna no podía estar mas feliz.
Y es que su libro, al que llamo “ateopia” retrataba una utopia en la que el hombre comprobaba científica e irrefutablemente que dios no existía, ya no habían misterios para el ser humano, y pronto las religiones cayeron, y con ellas las guerras y los crímenes, y el hombre encontró la perfección fuera de la divinidad.
Y el libro fue un éxito, las ventas se contaban por millones, al igual qua las amenazas a su vida. Prácticamente, fracciones de todas las religiones del mundo la habían amenizado de muerte. Pero a ella no le importaba, decía que si la asesinaban, solo le darían la razón, y probarían que las religiones además de traer amor y comprensión (que era algo que ella nunca negó) acarreaban prejuicios y odio por igual.
Y los años pasaron de largo, y Anna tenia 34 años y una hija, y millones en bancos suizos cuando Noir la dejo de nuevo. Y es que hasta a el se le habían olvidado sus asuntos. Estaba tan cómodo con Anna que no se percato de la falta que le hacia a los demás hombres. Pero antes de irse de nuevo tenia que hacer algo por Anna. Y en aquella navidad, cuando Anna y su hija paseaban por las calles de Paris en un lujosos automóvil, Noir salto por la ventana. Anna grito y al conductor de detuvo. Leonor (la hija de Anna para efectos prácticos) salio corriendo detrás del gato, y Anna detrás de su hija. Y cuando estuvieron a una distancia prudente Noir se detuvo… y Anna se volteo para hacerle señas al conductor de que se acercara… y Leonor vio claramente cuando el automóvil exploto con el conductor dentro. Anna contemplaba sin moverse los restos humeantes del vehiculo. Messie Noir ya no estaba.

Anna sabia que Noir regresaría. Siempre lo hacia. Pero el tiempo avanzaba diferente para Noir y para Anna. Y a Anna le parecía una eternidad. Vio a su hija crecer y enamorarse, vio mas guerras que tan fácil comenzaban y terminaban en el mundo tan poco felino de los hombres, vio presidentes subir y caer, vio el chiste en que se convertían los medios y casi al final le pareció haber encontrado la sinrazón de la naturaleza humana.
Y al final, cuando un cancera la aquejaba en todo su cuerpo tan bello en tiempos de Noir, cuando suspiraba de nuevo como lo hacia al terminar libros, cuando recordaba a Hume y sus disertaciones del ateo que sonreía al morir, fue ahí, en sus últimos instantes cuando se dio cuenta de su equivocación.
Y es que cuando vio a su nieta entrar con Messie Noir, el gato al que nunca bautizo por ser ella una anabaptista ortodoxa, el gato que dejo entrar en su casa décadas atrás, se dio cuanta de que quizá, después de todo, dios existía. De no ser así… ¿como podía estar acariciando a Noir mientras daba su ultimo aliento?



domingo, 9 de marzo de 2008

Cuatrocincoseissiete

-un escrito qe ya tiene años de antiguedad, que fue mutilado y cuyos ultimos 50 renglones nunca recupere-



Cuatro horas y aun no podía escribir nada. El vació en el cuaderno seguía tan grande como lo estaba ayer. Seguía golpeteando la punta de su pluma en el mismo último punto que había escrito el día anterior. Otro suspiro y el punto se hacia mas grande. Había dejado de pensar en lo que debía escribir, seguía ensimismada en sus pensamientos. Cecil no veía esperanzas en poder escribir algo ese día, pero le parecía inapropiado dejar de intentarlo para hacer otra cosa.
Cinco días habían pasado desde su último encuentro con su madre. La relación ya no podía empeorar, pensó a manera de consuelo. Como las más inofensivas pláticas terminaban en discusiones tan fuertes, era aun un misterio en el que Cecil pensaba constantemente. Conversaban de ningún tema, y de pronto la platica se convirtió en una discusión acerca de la vida que ella llevaba y cuando menos pensó estaban peleando (...de nuevo...) por dios.- Ser bueno, pero no tanto no es suficiente para mi, yo no tengo a tu dios que promete el cielo solo por ir a la iglesia! - habían sido las ultimas palabras de Cecil antes de azotar la puerta y largarse sin decir nada mas.
Seis meses era lo que le quedaba de plazo para terminar el libro. Era increíble la velocidad con la que había pasado el último año y medio. Parecía menos tiempo desde que logro publicar su primer libro y había firmado un contrato para otros dos en un periodo de cuatro años. Y aun le faltaba la mitad. Había comenzado a preocuparse seis meses atrás, cuando se percato del ritmo con el que escribía.,De hecho nunca estuvo muy contenta con la idea del libro, pero a falta de alguna otra mejor, tuvo que trabajar sobre ella. El tiempo se le venia encima y la angustia solo desaparecía para darle espacio a esos largos periodos de estoy-viendo-la-pared-no-me-hablen. No quería pensar en lo que pasaría si no terminaba a tiempo.Y de nuevo la angustia.
Siete años desde que había entrado a la escuela de literatura con la solo idea de convertirse en escritora , tres desde que se dio cuenta de que ahí no avanzaría en busca de sus sueños y decidió salirse para comenzar a escribir de tiempo completo, y solo dos desde que logro colocar un libro que captara la atención de las editoriales y se lo publicaran. Aquellos tiempos de felicidad casi completa, cuando era mas joven, exitosa y con muchas menos preocupaciones. Veinticuatro años y con un libro publicado., que mas podía pedir en aquellos momentos. Todo parecía tan adecuado y ella no cabía en su propia satisfacción., había llegado a lo más alto, estaba en un pedestal, se sentía por encima de todas las cosas y había olvidado que el pedestal aun se encontraba sobre el suelo. Aquellos años parecía instantes de hace solo unos momentos, aun podía sentirlos, y a la vez, los sabia tan lejanos como cualquier fracción de tiempo anterior al presente.
Cuatro horas y la punta de la pluma había atravesado la delgada hoja de papel vacía. Las líneas comenzaban a confundirse y empalmarse. La pluma dejo de moverse, Cecil se recostó un poco y echo la cabeza para atrás. Había perdido las esperanzas por completo de poder escribir algo ese dia. Quizás era hora de salir un poco. Salir a fumar .La idea le convencía, pero aun así no se movió. Tomo de nuevo el viejo cuaderno en el que había trabajado los últimos quince meses y Lo hojeo un poco.La idea nunca le había convencido.Pensaba que pequeñas pelusas en el aire que se convertían en ratas y después en monstruos, después de escribir una novela negra, bajaría la percepción que sus lectores (si es que aun tenia algunos) tenían de ella.
El tiempo avanzaba tan despacio como de costumbre. Quizás un poco mas despacio. La angustia comenzaba a invadir el cuerpo de Cecil de nuevo. Se preguntaba si esa angustia la tenían todos tan frecuentemente como ella:
--...No eres tan especial...-- se dijo a si misma. Nunca lo había pensado, pero aun así, se sentía diferente.
--...Eres como todos los demás...-- ella lo sabia pero no lo sentía.
--...Se puede sentir algo sin saber que es…pero no puedes saber algo sin sentirlo...--. Pero ella lo sabía. No tenia que sentirlo para saberlo. Basura Kantiana pensó.
El tiempo comenzaba a avanzar más despacio. Cecil noto que el ventilador aminoraba la marcha. El tramo que sus parpados hacían al cerrarse ahora le tomaba diez veces más que antes. Un suspiro peculiarmente largo le dio a tiempo a Cecil de pensar con mas claridad, Había momentos en los que no le importaba el libro, no le importaba la velocidad con la que avanzaba, ni siquiera le importaba acabarlo.
--Estas siendo soberbia--, quizás lo era, pensó, no le importaba. Era una artista, no podían imponerle periodos de trabajo.
--Las musas son seres caprichosos, y se aprovechan de ello--.
--No vengas con esa basura, no eres tan especial, sabes que la metáfora de las musas es una de tus tantas salidas fáciles a ese problema--, se dijo así misma.
--No debería hacerte caso, solo eres una parte de mi hablando, un lado al que voy a ignorar—Se contesto a si misma.
--Sabes que no puedes. No puedes despegarte de esta realidad, no eres tan especial. No puedes ignorarme, no debes ignorarme, no quieres ignorarme y lo sabes. Te mantengo en esta realidad, la única en la que podemos existir, la única que podemos sentir, la única que conocemos--. se repetía constantemente.
--Conozco otras--. Pensó decidida.
--Deja esas tonterías. Basura Kantiana. Este es tu mundo, no eres tan especial. El mundo de las ideas no existe, ni dentro, ni fuera de ti. Basura Kantiana. Solo existe este mundo, el mundo de las experiencias, el mundo que sientes, no hay nada más, y si lo hay, nunca lo sentirás, no eres tan especial—decía constantemente la soberbia voz.
El tiempo parecía detenerse. Cecil seguía escuchando la voz que intentaba despertarla del letargo momentáneo y cada vez mas lejos, la voz parecía desesperada y comenzaba a gritar.
-–No eres tan especial!, no eres tan especial!—gemía la propia voz de Cecil.
Pero Cecil se enfrascaba en ignorarla y se sumergía mas y mas en si misma. La voz desapareció al poco tiempo La angustia se fui mitigando lentamente. Seguía pensando en el poco tiempo que le quedaba para terminar el libro, seguía pensando en su madre, seguía pensando en dios. Los pensamientos parecían perder peso, iban poco a poco encogiéndose. Ahí estaban, no los había olvidado, pero en esos momentos parecían no ser tan importantes. La respiración de Cecil ahora eran largos suspiros, el tiempo que le tomaba a sus parpados en bajar, mantenerse ahí y luego subir de nuevo parecían días. Podía sentir su corazón dilatarse y luego contraerse. La sangre avanzaba muy despacio. Casi podía ver su corazón seguir su interminable baile lentamente mandando sangre a su cuerpo.
El tiempo estaba dando su último respiro. Parecía que agonizaba. El ultimo instante de un árbol antes de colapsar bajo sus podridas raíces. La voz que le recordaba a Cecil que no era tan especial era tan solo un vago recuerdo. Ya no había angustia, se había ido por completo y aunque no estaba complacida con las cosas se encontraba satisfecha consigo misma . Los problemas que anteriormente perdían importancia ya no eran tangibles. Recordaba que tenia que acabar el libro, recordaba la pelea con su madre, recordaba a dios, pero ya no tenían importancia. Los pensamientos iban perdiendo color y forma. Los preceptos físicos comenzaban a flotar. El tiempo perdía sentido. Se estaba convenciendo a si misma de que el tiempo por fin había desaparecido hasta que se dio cuenta que su parpado comenzaba a subir a un ritmo morbosamente lento. Se dio cuenta que también respiraba. Lo había olvidado. Estaba sacando el aire que le quedaban en sus pulmones mientras sus parpados comenzaban a bajar. No pudo darse cuenta de cuanto duro ese movimiento, estaba tan concentrada en sus parpados que no podía pensar en nada mas y cuando menos pensó se encontraba de nuevo con los ojos cerrados.
El tiempo había muerto. Ya no avanzaba. Había sacado todo el aire de los pulmones y se dio cuenta de ello por que no tuvo la necesidad de volver a respirar. Su corazón se había detenido en una contracción y la sangre ya no avanzaba. Espero un rato para comprobar el estado en el que se encontraba.
--…Quizás estoy muerta…-- pensó y descarto la idea por completo. No estaba muerta, el que estaba muerto era el tiempo. Aun podía sentir su cuerpo pero ya no importaba. Nada importaba, ya no había angustia ni otros pensamientos que pudieran molestarla. Los pensamientos desaparecían por completo. Intentaba hilvanar alguno, pero el solo el comienzo de la contemplación del pensamiento le tomaba una eternidad. Como no podía concretar ninguno, trato de analizar su nuevo entorno. Pero tampoco era muy fácil. Se dio cuenta que no podía voltear a los lados, o atrás, o arriba. Se dio cuenta que no podía estirar las manos para tocar algo, se dio cuenta que no podía moverse. Presto atención para ver si podía captar algún sonido pero todo estaba en un completo silencio. Fue cuando intento palpar el ambiente cuando se dio cuenta que era imposible. No podía ver, oír o tocar por que no tenía lo necesario para ello, no tenia el tiempo para ello. Ya no estaba mas en el mundo real. De nuevo trato de concebir el mundo de las ideas pero se dio cuenta, por la eternidad de la sola contemplación del pensar sobre pensar, que tampoco estaba ahí. No estaba en el mundo real ni en el mundo de las ideas, eso era un hecho, y cuando llego a esta conclusión fue que se dio cuenta donde estaba.
El tiempo ya no existía. Era como si el cadáver que dejo se esfumara con el aire. Y con el, se llevo todo lo tangible., Y como ya no había nada tangible lo intangible perdió sentido. No puede haber blanco sin negro, no puede haber dia sin noche y así, no puede haber ideas sin alguien que las piense. Se dio cuenta que esa eternidad del primer pensamiento del pensar no existía. Ya no había eternidades. Parecía como si el frágil recipiente que contenía a esa eternidad, y a las demás eternidades se hubiera roto, dejando solo una amorfa masa de nada.
Nada. Pensó en ello.
Nada. Seguía pensando.
Nada. Hilvanaba ideas.
Nada. Conceptos crecían.
Nada. Comprendía.
Nada.
Nada.
Y fue cuando se dio cuenta en donde estaba. Estaba en la inexistencia. Ya no era más. Era una nada alrededor de otra.
El concepto de nada comenzó a crecer. Se estaba expendiendo más y más . La nada comenzaba a hacerse inmensa. Y de nuevo se dio cuenta que estaba equivocada. No se estaba haciendo más grande. La nada ya era infinita. Trato de asimilarlo de nuevo. La idea comenzó a tener forma. Comenzó a crecer. Esta vez si crecía. Lo sintió. Comenzó a sentir de nuevo Algo se rompía.
No.
Algo tomaba forma. Era el recipiente del tiempo que se juntaba de nuevo. Estaba a punto de explotar.
No.
Era una implosión. Ya lo podía sentir. De pronto, como si todo se acelerara increiblemente rápido, Cecil pasó de la inexistencia al ser. De nuevo estaba respirando. De nuevo sentía su corazón, de nuevo era. Abrió los ojos y se dio cuenta que solo había sido un instante. Un instante o una eternidad, no lo sabía. Respiro profundamente. De nuevo era.
Cuatro horas y no había escrito nada. Se levanto y salio a fumar un cigarro. De nuevo era, con todas las implicaciones que esto traía. La angustia, su madre, el tiempo, dios. Y mientras estaba en su balcón fumando, pensó que no podía esperar de nuevo para dejar de ser.

domingo, 2 de marzo de 2008

Quimeras

Quimeras le decían. Constantemente, “quimeras”, son solo quimeras, le repetían una y otra vez. Como olvidarlos, como perdonarlos, nunca creyeron en el, nadie. Perdió a sus amigos, perdió a si familia, y siempre, siempre estaba su Padre, ahí señalándolo y riéndose, “quimeras! Son solo quimeras!”, luego las risas, las carcajadas burlonas de padre, la mirada apática de Madre, las risitas de sus hermanos, las miradas inquisitorias de sus amigos y al final, las carcajadas de su padre, siempre, hasta el final. La manera en la que gritaba y se burlaba, lo hacia sonar demente, su padre, siempre tan distinguido y recto, cuando se burlaba, perdía su preciada razón, y sonaba…sonaba simplemente desquiciado…
--Quimeras, quimeras, SOLO QUIMERAS!!!—gritaba mientras veía a su hijo alejarse sin voltear atrás. No llevaba nada, dejaba todo, su familia con la herencia que esto acarreaba, sus amigos, su “brillante futuro” como medico, su prometida, hija de un prominente industrial del sur, que era bella sin duda, pero aburrida de sobremanera.
Nada de esto le importo, estaba completamente decidido, ya nada le importaba, volvería con sus quimeras o jamás regresaría, lo hacia solo por el, ver a todos de vuelta seria solo un bono. Se detuvo en el primer pueblo que encontró, vendió el reloj que había sido un regalo de su abuela, y aquella cruz, herencia del padre de su madre. Sonrío un poco antes de entregarla, hubiera deseado escupirle, pero no quería llamar la atención. Compro provisiones, un arma, parque, mantas y un caballo.
Regalo el costoso traje, que seguramente venia de Milán, como el resto de su ropa, a un vagabundo afortunado que paso, y partió al norte. Dejo atrás el Camino Real, entro a los estados confederados, paso de largo por los montañas de Issant, no se detuvo en Rogue Trens, y en las regiones heladas de los Ictus, dejo atas al ultimo poblado que aparecía en el mapa.
Pronto las brújulas y los mapas dejaron de funcionar, seguía senderos que había visto antes, en pinturas, en frescos, todo en casa de su tía. Desenvolvió con mucho cuidado, aquel viejo libro, que atesoraba desde que le fue entregado, el único legado de su tía, Frau Maire, hermana de su padre, la oveja negra de la familia, que se había casado con aquel excéntrico conde, venido expulsado del imperio Austrohúngaro, exiliado por Alejandro el Grande, por razones que nunca fueron muy claras para el resto de la familia.
Los únicos recuerdos felices de su infancia venían de esa casa, de ese conato de castillo, sin duda los recursos del conde eran amplios, pero la habilidad de los arquitectos de America dejaba mucho que desear, aun así, el Chateau tenia un sólido aire nórdico, tal como lo deseaba el conde.
Llena de tesoros traídos por su tío político, la casa no era un lugar muy visitado, la familia de su padre, tan conservadores y moralistas, la encontraban de un pésimo gusto. En varias ocasiones escucho a sus padres hablar de que el conde fue expulsado de Europa por tener tratos con el diablo, pero a el le parecía una persona de lo mas agradable.
Se escapaba cada tarde, de sus clases de violín (una vez que el conde soborno al profesor para que se hiciera de la vista gorda), y se dirigía al viejo álamo al fondo de la huerta de manzanas de su padre, donde siempre lo esperaba Hans, el fiel mayordomo del conde, que lo llevaba a diario al castillo.
Ahí pasaba sus tardes, curioseando entre los libros del Conde, que siempre tenían algo interesante que mostrarle, libros escritos en un idioma que el no conocía, pero con finas ilustraciones de creaturas hermosas, y de horribles monstruos, que le llamaban la atención por igual.
Solía acompañar al Conde por los pasillos, donde había una gran colección de pinturas, y en cada una de ellas, preguntaba algo.
—y eso donde es?—
—esos animales son venenosos?—
—tu has ido ahí tío?—
—algún día podrías llevarme?—
Preguntaba con su voz chillona, y su tío, siempre se tomaba el tiempo de contestarle, con su peculiar acento alemán.
—eso son las Montañas de Issant, donde viven feroces cazadores de cabezas…—
—esos animales se llaman mirmecoliones, y no son venosos, pero su mordida es tan poderosa que puede hacer trizas el mas fuerte acero…—
—eso es Bombay, y yo viví ahí por 5 años, cuando era parte del ejercito…—
—cuando seas grande tu podrás ir solo…—
Cuando sus padres salían de viaje, el se quedaba en casa de sus tíos, y pasaba las noches escuchando las historia de sus tío, de países donde la gente vive en los árboles, de regiones del sur donde hay cascadas que suben en vez de bajar, de ciudades flotantes en el mar de Bering donde las personas montan focas…
Siempre dormía en la sala, a un lado de la chimenea, y siempre veía con admiración aquel viejo libro, en Aquella vitrina, con 4 candados y barrotes gruesos, que solo en una ocasión vio afuera, en un viaje que hizo su tío, en un baúl de acero, amarrado con cadenas y a bordo de una carreta que le parecía demasiado grande solo para llevar un libro.
Fue la ultima vez que vio al Conde con vida, cuando volvió, venia dentro de una caja. Al funeral solo asistieron su tía, Hans y el. Ya nada fue igual. Su tía perdió el animo de vivir y dejo de hablar. Pronto enfermo y comenzó a debilitarse. Una noche de primavera, cuando el era ya un joven estudiante de medicina, su tía le mando llamar. Hans lo esperaba como antes, a un lado de donde solía estar un viejo álamo.
Su tía, postrada en cama, lo tomo de las manos y le dio el viejo libro envuelto en trapos. Le sonrío y le pido que la dejara sola. Justo cuando comenzaba a alejarse del castillo, vio como la casa ardía furiosamente en llamas. Hans entro corriendo, tratando de salvar a su ama. Jamás salio. Vio como la casa cedía y terminaba solo como una pira de cenizas. No hubo servicios fúnebres ni para su tía ni para Hans.

Saco con sumo cuidado el libro, que venia envuelta en los mismos trapos en los que le fue entregado. Reconoció de inmediato el paisaje, reproducido en el libro, se encontraba en una región cuyo nombre no podía pronunciar. Estaba cerca, solo serian dos días mas de camino.
No sintió el camino, caminaba en un metro de nieve, el viento secaba su cara, comenzaba a perder sensibilidad en las manos, la boca terriblemente seca, costras formados por lagrimas congeladas alrededor de los ojos, pero no importaba, estaba cerca, podía sentirlo…
Perdió el sentido, sea ya por el frío, sea ya por la nieve, pero cayo, hundido en la nieve, daba sus últimos respiros, veía como la nieve terminaba por cubrirlo…


(final 1)…perdía conciencia, al final, aun podía oír las risas de su padre, socarronas y burlescas, atrás su madre, pero ya no importaba. Nada importaba, moría sin duda, pero moría por que el así lo decidió, buscando a sus quimeras, siguiendo los apuntes de aquel excéntrico Conde, expulsado de su país simplemente por estar loco, pero ya no importaba, las veía, a sus quimeras, a sus hermosas quimeras…
(final 2)…y de pronto se vio invadido por una onda de calor, comenzó a hundirse mas y mas en la nieve, pero ya no tenia frío, callo suavemente sobre un verde pasto morado, se encontraba en una cueva o algo así, el techo era de nieve, pero no hacia frío, camino azorado por la extraña vegetación que lo rodeaba, árboles en espiral con frutas cuadradas, arbustos que parecían un tablero de ajedrez, y luego los oyó…un hermoso canto, sirenesco que venia de mas adentro, embobado por el melodioso canto avanzo despacio a través de la cueva y los vio…
Tres eran, uno a lado del otro, mas grandes que un caballo, cuatro patas como de de dragón, de escamas doradas como de acero, un torso que parecía el de un toro con el mismo tono amarillo de las patas, una larga cola de serpiente que terminaba en una perfecta mano humana con largas garras negras, un par de alas de murciélago que parecían de plata, un cuello como de avestruz que recordaba el tallo de una rosa por tener infinidad de pequeñas espinas, y una cabeza que era idéntica a un cráneo humano, con cuencas vacías y negras, cabello que parecía cascabeles de víbora muy delgados y una perfecta hilera de afilados dientes que adornaban aquella sonrisa burlona..
“ich heize Xadana, ich kommt aus dies jelt…ich nomen itse du, herr doktor?...” dijo una de ellas en perfecto alemán…

Don Pedro de Alvarado se encontraba solo en su despacho, revisando un libro de cuentas de una de sus haciendas cuando aquella pesadilla entro rompiendo el techo. Era su hijo, montado en aquella monstruosidad, otorgando una sutil sonrisa a su padre antes de marcharse para siempre.
Don Pedro nunca fue el mismo después de esa noche, tuvo que ser internado en un hospital psiquiátrico, donde termino sus días de forma miserable maldiciendo por lo bajos a las quimeras…

Epilogo para final 2.- …hay rumores entre los marineros de muchos puertos, en lugares tan alejados como Bombay y las costas canadienses, de un monstruo que vuelve loca a la gente con solo mirarlos, que canta canciones de cuna hermosas, en un perfecto alemán del sur, y que es montado por un demonio en negra armadura con unos viejos trapos en la mano. El monstruo fue visto por vez ultima sobrevolando Paris.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Le chat noir

No puedo evitarlo. Cada vez que entro a la casa, en ese instante cuando dejo mi viejo maletín y me deshago de mi corbata y mi gastado saco, al avanzar a mi alacena tan estática como siempre, cuando por fin me detengo por un segundo y no lo veo. Y es ahí, cuando no puedo evitarlo, cuando un suspiro irrumpe en el espacio y me percato de que el gato no esta.
Y es que a veces me cuesta admitirlo, pero no puedo negarme, al menos no debería, seria una falta de respeto al animalejo, pero sin duda lo extraño. Extraño su desafiante mirada, su soberbio caminar y sus dulces desaires. Extraño esas raras ocasiones en las que leía, y el gatujo ese se acercaba y trepaba por el sillón, y sin decir nada, sin siquiera mirarme, se acurrucaba entre mis piernas.
Éramos un par de amargados que se unieron por el mutuo desprecio hacia el resto de los gatos y de las personas, y de todo lo demás supongo, nunca separamos unos de los otros, o del resto de las cosas, inanimadas o vivas, solo sabíamos que no nos agradaban, y que quizá por eso deberíamos estar juntos.
Sentamos las reglas desde un principio, nunca tuvimos realmente problemas, yo lo dejaba hacer sus cosas gatunas como arañar el sillón o salir por la noche sin avisar, y el me dejaba hacer mis cosas de hombre, como llorar o embriagarme, nunca tuvimos un reproche por ellas, nunca reclamamos nada, solo dejábamos que en la noches el sueño nos alcanzara y dormíamos sin despedirnos.
Me gusta pensar que realmente no quería irse, que tuvo que marcharse por asuntos felinos, que quizá le hubiera gustado quedarse por un tiempo, que seguiría aquí si pudiera. Supongo que a le gusta pensar lo mismo, que le agrada recordarme mientras ruñe algún viejo hueso, que cuando ve la luna, ríe remembrando nuestras burlas hacia el gato promedio y hacia el hombre regular
Me hubiera gustado hacerle una despedida formal al gato ese, una cena con música, cada quien del lado de su mesa, le hubiera comprado algo de atún, yo hubiera comido algo de ternera con un buen chianti, no hubiéramos hablado mucho, lo se, pero hubiera sido una buena despedida, hacia el final, el gato me hubiera mirado con solemnidad y yo con respeto, le hubiera abierto la puerta y el se habría marchado sin decir nada, como sin querer despedirse por que pronto volvería.
Pero no tuvimos la oportunidad, y me dejo aquí, sin quien compartir mi atún y mis lágrimas, sin tener a quien darle mi ultima mirada antes de dormir, sin quien estar un rato solo por estar.
Y es que desde llegue a Paris, realmente no he logrado “extrañar” nada propiamente dicho, y es que me di cuenta que no debo confundir la soledad con el aburrimiento, ni con ese constante hastío que siento desde que tengo conciencia, y que quizá aquí se acentúo un poco, pero ahora se lo que es la soledad, el gato me dejo ese concepto junto con algunos excrementos en la alfombra.
Y si admito que lo extraño, si me abro a mi humanidad para hacerlo, es por que tengo la esperanza, aunque sea un nuevo concepto para mi, de que quizá regrese, de que quizá el gatujo ese vuelva.