El estanque de los patos estaba justo en el centro del campus. No era muy grande o muy chico, tenia la forma de un riñón y un puente lo cruzaba por el medio. Una docena de árboles flanqueaba la artificial costa. El pasto amarillento se veía opaco y amarillo, seria ya por el frío o por la falta de agua. Unos cuantos osados tomaban el sol de medio día sin impórtales el frío polar que soplaba de norte a sur. “Only in America” pensé.
La oficina de los estudiantes internacionales se encontraba a unas 600 yardas, o por lo menos eso indicaba el mapa. No importaba realmente, nunca supe cuanto era una yarda. Seguí caminando, observaba la moderna infraestructura de la universidad mientras dos bicicletas pasaban rápidamente a mi lado. Una parvada de patos verdes y negros flotaba despreocupadamente en el lago. Nunca había visto patos de cerca, en mi ciudad tenemos palomas, de vez en vez se pueden ver chanates, pero nunca patos. Me quede unos segundos observándolos y sin darles mucha importancia me aleje hacia la oficina.
Después de unas 600 yardas, creo, encontré la oficina de los estudiantes internacionales. Al entrar había una pequeña estancia donde había 2 personas esperando. Una joven rubia y de gran cabeza me sonrío sin decir nada, y un pelirrojo alto y fornido se quedo viendo por la ventana. Pregunte si esa era la oficina de intercambios, la joven asintió y me dijo que esperaba su turno. Me senté al lado del pelirrojo, y la rubia me dijo que se llamaba Alice, era de Inglaterra y también acaba de llegar. Estudiaba teatro y se veía muy emocionada de estar ahí. El pelirrojo pronto entro a la conversación, se llamaba Magnus (y el nombre me pareció interesante de sobremanera) y venia de Noruega. Tenia un acento muy marcado y creo que estudiaba economía. A diferencia de Alice, el se notaba indiferente ante la situación, arrastraba las palabras y se movía con pereza. Había un dejo de soberbia en su mirada.
Pronto Alice fue llamada, y nos quedamos solos Magnus y yo. El seguía mirando por la ventana y decidí no interrumpirlo. Pronto deje de sentir frío y me acomode en el sillón. Mi entusiasmo había desaparecido días atrás, incluso antes de partir, por lo que me encontraba en un estado de inercia o algo parecido, y realmente no sabia que esperar. Hubiera sido mejor ir más lejos, 800 kilómetros parecían mas en papel y realmente no notaba un cambio. Pero no importaba ya, me encontraba ahí y no había nada que hacer.
Alice salio después de unos 25 minutos, mas radiante de lo que entro, sonreía como una niña pequeña y no paraba de parpadear. El noruego entro y ella se sentó a mi lado. Comenzó a hablar con un marcado acento ingles que tan divertido me parecía en el cine, lanzando preguntas a diestra y siniestra.
Pronto me di cuenta que esas preguntas serian un patrón entre los estudiantes de intercambio, de donde venia y que estudiaba, como llegue a la ciudad y que donde iba a vivir, que me parecía el frío y que como era el clima en mi país. Las preguntas funcionaban en 2 vías, por lo que después de cada una de sus preguntas yo me limitaba a hacérselas de nuevo. Seguimos hablando hasta que el noruego salio y fue mi turno.
Entre a una oscura oficina, un hombre gordo me sonreía desde el fondo, y una mujer ya entrada en años me contemplaba tranquilamente desde la mullida silla. La mujer comenzó a hablarme con dificultades en español, le dije que podía hablar en ingles, y el gordo soltó una carcajada y dijo algo que no recuerdo, con un acento que podía ser cubano o costarricense. Después de un lapido cuestionario, se me fue explicado burocráticamente las cosas básicas. Como registrarme en clases y donde estaba la escuela de derecho, donde podía coseguir un departamento y como era el procedimiento de aceptación en la escuela. Me dijeron que al día siguiente habría una reunión donde explicarían ampliamente lo demás. Me despedí y Salí de la oficina, Alice y el noruego seguían hablando. Me detuve un momento con ellos y salimos del edificio.
Alice me dijo que Irian a comer y me invito, tuve que declinarla, no por que no tuviera hambre, sino por que tenia que revisar como funcionaria la tarjeta del banco. Nunca había tenido una, siempre había usado efectivo, pero suponía que no seria muy difícil. Pase de nuevo por el estanque de los patos, seguían nadando, algunos graznaban, o cuacuaban, no se cual sea el termino correcto, y me volví a detener a mirarlos, parecían creaturas dóciles y sin duda eran graciosos. El sol comenzaba a bajar cuando encontré un cajero automático.
No fue mucha sorpresa, casi lo veía venir, pero aun así intente 3 veces. La tarjeta no estaba funcionando adecuadamente, se negaba a escupir algunos dólares y no me dio razones convincentes para no hacerlo. Pude ver como fruncía el ceño en el reflejo de la pantalla del cajero automático. Gruñí y fui en busca de otro cajero. El sol seguía perdiendo fuerza y mi estomago comenzaba a reclamar. Hacia un frío de los mil demonios, el viento quemaba mis mejillas y mi nariz no dejaba de fluir.
Probé en otro cajero, y luego en otro y en otro, todos se negaban a escupirme unos cuantos dólares, todos me daban explicaciones vagas y nada convincentes. Admite mi derrota luego de volver al campus. Traía cigarrillos de México, previendo que seria muy caro comprarlos allá, así que intente engañar al estomago con un poco de humo. Me senté en la orilla del estanque y prendí un cigarro. Los patos se veían ya perezosos casi ni se movían. Termine de fumar y me marche a mi provisional hogar. La escuela había conseguido cuartos mientras los estudiantes se instalaban. Constaban de una cama, un televisor, un baño y una pequeña cocina donde había una estufa, un refrigerador, sartenes y vajilla. Abrí el refrigerador y por supuesto que estaba vacío, pero aun así no pude evitar buscar en las alacenas. Nada. No quise alargar mas la espera y dormí temprano para evitar el hambre.
Me levante temprano para ir a la orientación de los estudiantes internacionales. Quizá ahí habría algo de comer pensé. Volví a intentarlo de nuevo y de nuevo vi mi ceño fruncirse en la pantalla. Fume un cigarrillo antes de entrar a la orientación, los patos ya se sumergían en busca de alimento. El sol se filtraba por unas cuantas nubes que se negaban a marcharse. El humo no fue un buen desayuno y pronto sentí un malestar.
Ya adentro, había café y agua. El café seria más sustancial, así que tome 2, con mucha azúcar y mucha crema artificial. Pronto nos dirigieron a un pequeño auditorio donde unos 100 estudiantes se acomodaban en cómodas butacas. El auditorio me recordaba un pequeño teatro. Me senté a lado de unos negros, y enseguida de mi llego después un Brasileño. Los negros no paraban de reír en un idioma que nunca había escuchado pero que delataba su africanés a leguas. El Brasileño se mostraba un poco mas dispuesto a hablar, pero pronto nos vimos interrumpidos por la mujer que me había atendido el día anterior.
Se ahondo en mas de lo mismo, los procedimientos y maneras con las que la escuela se manejaba, los modos de los estadounidenses a los que quizá la mayoría de las personas presentes no estaban acostumbradas y otros tópicos igual de aburridos. La mezcla de café y humo no parecía ser del agrado de mi estomago, por lo que constantemente se quejaba. Después de 5 horas se nos concedió un receso. Aunque yo esperaba mas, aquellas manzanas tenían un aura celestial. Tome una y me guarde otra. Las devore casi sin respirar, para tratar de quizá tomar otra, pero aun así la mesa estaba vacía cuando volví. Tome otro café, ya por el frío o por el sueño y Salí a fumar de nuevo.
La platica siguió, deje de prestar atención y me limite a observar a la muchedumbre. Había de todos los colores y tamaños, al fondo estaban unas 4 o 5 rubias, muy rubias y altas, que bien podrían ser noruegas o finlandesas. Más allá, en una esquina se encontraba el pelirrojo pocaspalabras, a su lado 2 árabes. Al frente 3 mujeres, todas muy guapas, pero que no parecían del mismo lugar. Un poco por delante de mi, 4 mexicanos, lo supe por que no paraban de hacer preguntas, y el acento los delataba.
Al cabo de 3 horas ya no resistía el hastío o el aburrimiento o el hambre, o todo junto, y salí sin decir nada, a volver a intentarlo de nuevo. Y demonios, el frío era peor que el día anterior, el sol seguía oculto y los patos que no tenían la culpa, comenzaban a exasperarme. Lo volví a intentar pero fue inútil, una y otra vez, el cajero se negaba a escupir efectivo y el ceño fruncido ya no se iba. Maldije de nuevo, Salí y maldije a los patos que ninguna injerencia tenían, pero que se mostraban tan dóciles y dispuestos a recibir mi quejidos que no me detuve. Estaba imposibilitado a hacer una llamada, así que me limite a mandar correos electrónicos, a mi madre y mi padre, para que hicieran algo. Enfatice el frío de los cuarenta mil demonios y el hecho que ya iba para dos días que no comía.
Me mostré testarudo, y seguí fumando, por hambre o por ocio, pero el humo no ayudaba, el ayuno incrementaba mi mal humor, y además tenia que resistir el clima. Los patos seguían despreocupados, flotando y sumergiéndose una y otra ves, recogiendo la comida que los incautos humanos les tiraban. Cuacuaban, ya no arbitrariamente, sino que parecían burlarse de las personas que les tiraban mendrugos de pan. No se les veía ni una pizca de agradecimiento en sus vacíos ojos. Yo me limitaba a maldecir por lo bajo, sin soltar el cigarro y frunciendo el ceño, levantando los hombros como si eso pudiera alejar el frió.
Malditos patos, no estoy seguro de tener un alma, pero esos engendros carecen de ella. Los pensamientos me arrastraban a despotricar contras los plumíferos, y el frío acentuaba mi mal humor. Estuve ahí por dos horas o algo así, pronto los demás estudiantes salieron. Me incorpore al pequeño grupo de estudiantes Mexicanos. Se hicieron las preguntas de rigor, esta vez acompañado de comentarios acerca de los acentos. Supongo que yo me veía un poco malhumorado, pero quizá siempre haya sido así. De nuevo tuve que declinar la invitación a comer algo, y me limite a tomar un poco de agua y partir al pequeño cuarto. Dos días sin comer no son mucho quizá en papel, pero la boca tenia un gusto particularmente desagradable, la saliva caliente se pegaba al paladar, y escupía cada 10 o 15 minutos.
A la mañana siguiente me lave los dientes 2 veces tratado de quitarme el literal mal sabor de boca. Pase por la recepción del hotel, y robe un puñado de mentas. Había café, pero no me pareció una buena idea. Pase toda la mañana comiendo mentas y esperando una respuesta de mis ingratos padres que seguramente se encontraban comiendo en México. La respuesta nunca llego, y ahora despotricaba en contra de mis ascendientes. Comencé a fumar y comer mentas alternativamente, ya no para engañar al hambre sino para tratar de ingerir calorías. Me sentía mareado y me dolía la cabeza. Y de nuevo acabe en el estanque de aquellas odiosas creaturas.
Cochinos patos, seguían cuacuando y nadando, sumergían la cabeza para sacar comida y se perseguían entre si para divertirse. Las personas seguían arrojando comida, y detecte un dejo de envidia en mis manos. Esas creaturas sin alma solo tenian que mover la cola y emitir sonidos guturales para conseguir comida, los humanos estábamos condenados a trabajar por ella, a recurrir a nuestros padres para mendigar un poco de efectivo y quizá comer una hamburguesa, mientras que los patos, gordos y lentos, se atascaban de comida que les regalaban.
Quien fuera una de esas inmundas bestias, que solo tenían que mover la cola para comer, yo puedo mover la cola, yo puedo poner cara de idiota, yo no tengo alma, mis ojos son como los de ellos, yo no tengo dignidad, solo tenían que pedirme que brincara y lo haría, movería la cola y cuacuaria, solo pedía unos mendrugos de ese antojable pan que los pajarracos engullían con sorna. Seguí despotricando hasta que las nubes se alejaron un poco.
Y luego como un rayo de luz, me sentí iluminado. No se como no lo había pensado antes, pero supongo que le necesidad es la madre de las ideas. O algo así. Me llego de golpe, como una epifanía, casi pude oír los cánticos celestiales que celebraban el fin de mi ayuno. Me robaría un pato. No, lo secuestraría y luego lo mataría. El asesinato nunca se mostró tan apetecible. Una ira asesina me inundo, seguida por una bestial hambre. En el cuarto tendría sartenes y en la recepción había sobres de sal y pimienta. No puede ser tan difícil hacer una sopa de pato pensé.
Y ahí estaban ellos, gordos y despreocupados, sin darse cuenta de la sombra que se cernía sobre ellos, mi sombra, friolenta y apestando a humo, enloquecida por el hambre y lista para actuar. Pero luego la razón, con la que tengo un idilio desde hace años me previno de actuar decimonicamente. No, no pensé no hacerlo, pero había que hacerlo bien. No podía brincar como un animal sobre ellos y matarlo a mordidas, y luego avanzar despreocupadamente con el cadáver de un pato por la calles llenas de americanos abraza-árboles y policías bien entrenados.
Así que prendí un cigarro, con mis pulgares que me distinguían de mi presa, y pensé bien las cosas. No podía ser ese día, no tenia donde echar el pato ni como atraerlo. Además tenia que esperar a que se despejara un poco para no llamar la atención. Tendría que esperar un día mas, y quizá al siguiente día tendría noticia mis tiránicos padres que se negaban a acudir en ayuda de su famélico vástago. Pero de cualquier manera, me prepararía para asesinar, eran ellos o yo. Ese día dormí, pensado en mi crimen, en mis manos manchadas de sangre y en una sopa de pato.
Al siguiente día partí después de las doce. Había pasado toda la mañana en cama, era el cuarto día sin comer, y la cabeza me explotaba. Salí con una mochila donde echaría al pato, algunas bolsas de platico para el estrangulamiento, y unas galletas que me había encontrado tiradas. Me vestí lo mejor que pude, para evitar llamar la atención. No quería parecer un vagabundo si me atrapaba la policía.
Pase para revisar mi cuenta de banco, y la respuesta fue la misma. Ya no tenia el ceño fruncido, ahora la determinación brillaba en mis ojos sin alma, como los de mis victimas. Me instale a media tarde en estanque, de nuevo prendí un cigarrillo que ese día me supo tan bien, y comencé a observar a aquellas ratas con plumas. Había mas de 100, nadie extrañaría a uno de ellos. Uno particularmente gordo llamo mi atención, pero descarte la idea al no saber preparar un buen foi de grass. Mejor me parecía uno que estaba parado majestuosamente sobre una roca.
Era joven sin duda, inflaba el pecho soberbiamente y veía por encima a los demás patos. Quizá era el líder de esa parvada o el macho alfa. Ni siquiera se si los patos tienen lideres de parvadas o machos alfa, pero no importo, el parecía un digno rival. Quizá me esperaba una lucha encarnizada, se mostraban torpes, pero no sabia si actuaban diferente al sentir peligro. Mi ballena blanca necesitaba un nombre, lo merecía. Ese pato quizá venia del Canadá, por lo que no seria un nombre latino. Y pensé que probablemente descendía de una noble cuna de patos Europeos, Franceses o Alemanes. Johansen das Ducken o Jean le Pato.
El frío arreciaba como presagiando el homicidio. Las sombras pronto inundaron todo el pato-pond, las personas comenzaban a marcharse. Mi determinación era envalentonada por el hambre, nunca titubee ni mostré señales de arrepentimiento. Esa pelea ya estaba pensada desde hace días, quizá destinada desde hace centurias, esta era su final , el final de Jean Johansen, aquel noble animal que venia del Canadá y descendía de las mas nobles cunas patiferas Europeas.
Pronto me encontré solo con aquellas creaturas sin alma. El sol moría y el frío no se detenía. Era el momento de actuar, no podía perder tiempo, los autobuses pronto dejarían de circular. Deshice las galletas en pequeños trozos y me dirigí a la despreocupada parvada. Comencé a aventarles trozos de las galletas, se acercaron sin pensar, no veían mi mirada perdida y desorbitada por cuatro días de ayuno. Jean Johansen, estaba en el centro de la procesión, no tocaba las migajas y se mostraba un poco reacio a seguir avanzando. Le tire uno justo delante de el y no la rechazo. Se acercaba mas y mas, con pasos firmes y decididos…
Brinque sobre el y logre agarrarle una pata. Los demás patos volaron cuacuando ruidosamente, Jean Johansen intentaba lo mismo. Era fuerte sin duda, movía las alas sintiendo la muerte. No me detuve, no podía, ya no había vuelta atrás. Lo sujete con la otra mano por el cuello y luego solté la pata. Un húmedo crac se dejo oír. Jean se había dejado de mover, sus ojos estaban mas oscuros que nunca. Yo tenía la respiración entrecortada, pero no debía detenerme a pensar. Eche al pato en una bolsa de las que había preparado y luego a la mochila. Me lave las manos en uno de los edificios que seguían abiertos y me dirigí a la parada del autobús.
La mochila me pesaba, sentía la presión sobre los hombros y aun no podía respirar tranquilamente. En la parada del autobús una vieja esperaba igual que yo. Me senté a un lado de ella y vi que era ciega. Y luego volteo hacia mí, con sus cristalinos ojos inundados de cataratas y sin decir nada, juraría que me dio un gesto de desaprobación. La paranoia me inundo, y es que no había ninguna posibilidad de que aquella vieja supiera algo. Pero aun así preferí levantarme.
El camión pronto llego, subí sin decir nada y me senté hasta el fondo para evitar miradas. La mochila seguía pesándome así que la deje a un lado. Mi macabra y emplumada carga yacía inerte en el fondo de la bolsa. Decidí no darle importancia y mientras el camión seguía avanzando yo me limite a mirar por la ventana. El trafico era pesado y ruidoso, lo culpo por aquel sonido que me estremeció. Un perfecto “cuac-cuac”. Salí de mi estado catatónico y voltee a ver la bolsa. No podía ser, pero revise de cualquier manera. Mis manos temblaban cuando la abrí. Y ahí estaba Jean, muerto en el fondo, con ojos negros y la lengua de fuera. Le pique el estomago con un lápiz pero no mostró señales de vida.
Estaba un poco turbado he de admitirlo, pero era solo la paranoia que me perseguía. Ese “cuac-cuac” había sido un juego de mi mente, solo eso, como en aquel cuento de Poe donde el asesino escuchaba el “tum-tum” debajo del suelo, donde había ocultado el cadáver. Baje del camión con mi recién adquirido pato y me dirigí por un poco de sal y pimienta. En la recepción dijeron que tenían un paquete para mi, que lo habían dejado en mi habitación.
Cuando entre al cuarto y deje Johansen con cuidado en la cocina, vi el paquete encima de la mesa. Era pequeño y blanco, una carta que venia de México. Era de mis padres, con una tarjeta nueva, una que versaba International con letras doradas. No sonreí. Me senté en la cama a contemplar mi nueva tarjeta sin querer ver hacia la cocina. Pero tenia que hacerlo.
Saque el cuerpo de Jean Johansen el pato, y lo puso con cuidado en la mesa. Ahí estaba, inerte y estático, con un poco de sangre brotándole del cuello, y los ojos vacíos como debían de estar los míos en ese momento. Sus plumas verdes relucían con el reflejo del foco, y las negras se mostraban opacas y muertas. Suspire una vez. Suspire dos veces. Suspire de nuevo y luego me senté a su lado.
“Oh majestoso pato de noble cuna, tu muerte ha sido en vano pero no tu tumba, que te enterrare como los de tu estirpe merecen y brindare en tu honor y sobre tu sangre caída”.
No lo dije en voz alta, solo lo pensé. Siempre he sido un poco teatral. Llame a la recepción del hotel y pedí carne roja, un vino y dos copas. No tardarían mas de 30 minutos dijeron. Coloque a Jean Johansen en la mesa, al otro lado del mío, y lo senté con ayuda de una guía telefónica. Se porto como todo un caballero y no se movió ni hizo sonidos inadecuados. Yo lo contemplaba sin saber que decirle sin saber como responderle si me preguntaba algo y con un dejo de culpa por lo inútil del homicidio.
El mozo llego al cabo de un rato, no deje que entrara, le entregue la tarjeta y tome la cena. Le dije que la recogería al día siguiente. Me senté de frente a Jean que me contemplaba desde su silla. No le serví vino, pero brinde en su honor, en su sangre caída, por sus hijos y mujeres, por las batallas que seguramente había ganado y perdido, por sus aventuras y por sus ilustres padres, y por su sacrificio inútil, pero lleno de nobleza.
La oficina de los estudiantes internacionales se encontraba a unas 600 yardas, o por lo menos eso indicaba el mapa. No importaba realmente, nunca supe cuanto era una yarda. Seguí caminando, observaba la moderna infraestructura de la universidad mientras dos bicicletas pasaban rápidamente a mi lado. Una parvada de patos verdes y negros flotaba despreocupadamente en el lago. Nunca había visto patos de cerca, en mi ciudad tenemos palomas, de vez en vez se pueden ver chanates, pero nunca patos. Me quede unos segundos observándolos y sin darles mucha importancia me aleje hacia la oficina.
Después de unas 600 yardas, creo, encontré la oficina de los estudiantes internacionales. Al entrar había una pequeña estancia donde había 2 personas esperando. Una joven rubia y de gran cabeza me sonrío sin decir nada, y un pelirrojo alto y fornido se quedo viendo por la ventana. Pregunte si esa era la oficina de intercambios, la joven asintió y me dijo que esperaba su turno. Me senté al lado del pelirrojo, y la rubia me dijo que se llamaba Alice, era de Inglaterra y también acaba de llegar. Estudiaba teatro y se veía muy emocionada de estar ahí. El pelirrojo pronto entro a la conversación, se llamaba Magnus (y el nombre me pareció interesante de sobremanera) y venia de Noruega. Tenia un acento muy marcado y creo que estudiaba economía. A diferencia de Alice, el se notaba indiferente ante la situación, arrastraba las palabras y se movía con pereza. Había un dejo de soberbia en su mirada.
Pronto Alice fue llamada, y nos quedamos solos Magnus y yo. El seguía mirando por la ventana y decidí no interrumpirlo. Pronto deje de sentir frío y me acomode en el sillón. Mi entusiasmo había desaparecido días atrás, incluso antes de partir, por lo que me encontraba en un estado de inercia o algo parecido, y realmente no sabia que esperar. Hubiera sido mejor ir más lejos, 800 kilómetros parecían mas en papel y realmente no notaba un cambio. Pero no importaba ya, me encontraba ahí y no había nada que hacer.
Alice salio después de unos 25 minutos, mas radiante de lo que entro, sonreía como una niña pequeña y no paraba de parpadear. El noruego entro y ella se sentó a mi lado. Comenzó a hablar con un marcado acento ingles que tan divertido me parecía en el cine, lanzando preguntas a diestra y siniestra.
Pronto me di cuenta que esas preguntas serian un patrón entre los estudiantes de intercambio, de donde venia y que estudiaba, como llegue a la ciudad y que donde iba a vivir, que me parecía el frío y que como era el clima en mi país. Las preguntas funcionaban en 2 vías, por lo que después de cada una de sus preguntas yo me limitaba a hacérselas de nuevo. Seguimos hablando hasta que el noruego salio y fue mi turno.
Entre a una oscura oficina, un hombre gordo me sonreía desde el fondo, y una mujer ya entrada en años me contemplaba tranquilamente desde la mullida silla. La mujer comenzó a hablarme con dificultades en español, le dije que podía hablar en ingles, y el gordo soltó una carcajada y dijo algo que no recuerdo, con un acento que podía ser cubano o costarricense. Después de un lapido cuestionario, se me fue explicado burocráticamente las cosas básicas. Como registrarme en clases y donde estaba la escuela de derecho, donde podía coseguir un departamento y como era el procedimiento de aceptación en la escuela. Me dijeron que al día siguiente habría una reunión donde explicarían ampliamente lo demás. Me despedí y Salí de la oficina, Alice y el noruego seguían hablando. Me detuve un momento con ellos y salimos del edificio.
Alice me dijo que Irian a comer y me invito, tuve que declinarla, no por que no tuviera hambre, sino por que tenia que revisar como funcionaria la tarjeta del banco. Nunca había tenido una, siempre había usado efectivo, pero suponía que no seria muy difícil. Pase de nuevo por el estanque de los patos, seguían nadando, algunos graznaban, o cuacuaban, no se cual sea el termino correcto, y me volví a detener a mirarlos, parecían creaturas dóciles y sin duda eran graciosos. El sol comenzaba a bajar cuando encontré un cajero automático.
No fue mucha sorpresa, casi lo veía venir, pero aun así intente 3 veces. La tarjeta no estaba funcionando adecuadamente, se negaba a escupir algunos dólares y no me dio razones convincentes para no hacerlo. Pude ver como fruncía el ceño en el reflejo de la pantalla del cajero automático. Gruñí y fui en busca de otro cajero. El sol seguía perdiendo fuerza y mi estomago comenzaba a reclamar. Hacia un frío de los mil demonios, el viento quemaba mis mejillas y mi nariz no dejaba de fluir.
Probé en otro cajero, y luego en otro y en otro, todos se negaban a escupirme unos cuantos dólares, todos me daban explicaciones vagas y nada convincentes. Admite mi derrota luego de volver al campus. Traía cigarrillos de México, previendo que seria muy caro comprarlos allá, así que intente engañar al estomago con un poco de humo. Me senté en la orilla del estanque y prendí un cigarro. Los patos se veían ya perezosos casi ni se movían. Termine de fumar y me marche a mi provisional hogar. La escuela había conseguido cuartos mientras los estudiantes se instalaban. Constaban de una cama, un televisor, un baño y una pequeña cocina donde había una estufa, un refrigerador, sartenes y vajilla. Abrí el refrigerador y por supuesto que estaba vacío, pero aun así no pude evitar buscar en las alacenas. Nada. No quise alargar mas la espera y dormí temprano para evitar el hambre.
Me levante temprano para ir a la orientación de los estudiantes internacionales. Quizá ahí habría algo de comer pensé. Volví a intentarlo de nuevo y de nuevo vi mi ceño fruncirse en la pantalla. Fume un cigarrillo antes de entrar a la orientación, los patos ya se sumergían en busca de alimento. El sol se filtraba por unas cuantas nubes que se negaban a marcharse. El humo no fue un buen desayuno y pronto sentí un malestar.
Ya adentro, había café y agua. El café seria más sustancial, así que tome 2, con mucha azúcar y mucha crema artificial. Pronto nos dirigieron a un pequeño auditorio donde unos 100 estudiantes se acomodaban en cómodas butacas. El auditorio me recordaba un pequeño teatro. Me senté a lado de unos negros, y enseguida de mi llego después un Brasileño. Los negros no paraban de reír en un idioma que nunca había escuchado pero que delataba su africanés a leguas. El Brasileño se mostraba un poco mas dispuesto a hablar, pero pronto nos vimos interrumpidos por la mujer que me había atendido el día anterior.
Se ahondo en mas de lo mismo, los procedimientos y maneras con las que la escuela se manejaba, los modos de los estadounidenses a los que quizá la mayoría de las personas presentes no estaban acostumbradas y otros tópicos igual de aburridos. La mezcla de café y humo no parecía ser del agrado de mi estomago, por lo que constantemente se quejaba. Después de 5 horas se nos concedió un receso. Aunque yo esperaba mas, aquellas manzanas tenían un aura celestial. Tome una y me guarde otra. Las devore casi sin respirar, para tratar de quizá tomar otra, pero aun así la mesa estaba vacía cuando volví. Tome otro café, ya por el frío o por el sueño y Salí a fumar de nuevo.
La platica siguió, deje de prestar atención y me limite a observar a la muchedumbre. Había de todos los colores y tamaños, al fondo estaban unas 4 o 5 rubias, muy rubias y altas, que bien podrían ser noruegas o finlandesas. Más allá, en una esquina se encontraba el pelirrojo pocaspalabras, a su lado 2 árabes. Al frente 3 mujeres, todas muy guapas, pero que no parecían del mismo lugar. Un poco por delante de mi, 4 mexicanos, lo supe por que no paraban de hacer preguntas, y el acento los delataba.
Al cabo de 3 horas ya no resistía el hastío o el aburrimiento o el hambre, o todo junto, y salí sin decir nada, a volver a intentarlo de nuevo. Y demonios, el frío era peor que el día anterior, el sol seguía oculto y los patos que no tenían la culpa, comenzaban a exasperarme. Lo volví a intentar pero fue inútil, una y otra vez, el cajero se negaba a escupir efectivo y el ceño fruncido ya no se iba. Maldije de nuevo, Salí y maldije a los patos que ninguna injerencia tenían, pero que se mostraban tan dóciles y dispuestos a recibir mi quejidos que no me detuve. Estaba imposibilitado a hacer una llamada, así que me limite a mandar correos electrónicos, a mi madre y mi padre, para que hicieran algo. Enfatice el frío de los cuarenta mil demonios y el hecho que ya iba para dos días que no comía.
Me mostré testarudo, y seguí fumando, por hambre o por ocio, pero el humo no ayudaba, el ayuno incrementaba mi mal humor, y además tenia que resistir el clima. Los patos seguían despreocupados, flotando y sumergiéndose una y otra ves, recogiendo la comida que los incautos humanos les tiraban. Cuacuaban, ya no arbitrariamente, sino que parecían burlarse de las personas que les tiraban mendrugos de pan. No se les veía ni una pizca de agradecimiento en sus vacíos ojos. Yo me limitaba a maldecir por lo bajo, sin soltar el cigarro y frunciendo el ceño, levantando los hombros como si eso pudiera alejar el frió.
Malditos patos, no estoy seguro de tener un alma, pero esos engendros carecen de ella. Los pensamientos me arrastraban a despotricar contras los plumíferos, y el frío acentuaba mi mal humor. Estuve ahí por dos horas o algo así, pronto los demás estudiantes salieron. Me incorpore al pequeño grupo de estudiantes Mexicanos. Se hicieron las preguntas de rigor, esta vez acompañado de comentarios acerca de los acentos. Supongo que yo me veía un poco malhumorado, pero quizá siempre haya sido así. De nuevo tuve que declinar la invitación a comer algo, y me limite a tomar un poco de agua y partir al pequeño cuarto. Dos días sin comer no son mucho quizá en papel, pero la boca tenia un gusto particularmente desagradable, la saliva caliente se pegaba al paladar, y escupía cada 10 o 15 minutos.
A la mañana siguiente me lave los dientes 2 veces tratado de quitarme el literal mal sabor de boca. Pase por la recepción del hotel, y robe un puñado de mentas. Había café, pero no me pareció una buena idea. Pase toda la mañana comiendo mentas y esperando una respuesta de mis ingratos padres que seguramente se encontraban comiendo en México. La respuesta nunca llego, y ahora despotricaba en contra de mis ascendientes. Comencé a fumar y comer mentas alternativamente, ya no para engañar al hambre sino para tratar de ingerir calorías. Me sentía mareado y me dolía la cabeza. Y de nuevo acabe en el estanque de aquellas odiosas creaturas.
Cochinos patos, seguían cuacuando y nadando, sumergían la cabeza para sacar comida y se perseguían entre si para divertirse. Las personas seguían arrojando comida, y detecte un dejo de envidia en mis manos. Esas creaturas sin alma solo tenian que mover la cola y emitir sonidos guturales para conseguir comida, los humanos estábamos condenados a trabajar por ella, a recurrir a nuestros padres para mendigar un poco de efectivo y quizá comer una hamburguesa, mientras que los patos, gordos y lentos, se atascaban de comida que les regalaban.
Quien fuera una de esas inmundas bestias, que solo tenían que mover la cola para comer, yo puedo mover la cola, yo puedo poner cara de idiota, yo no tengo alma, mis ojos son como los de ellos, yo no tengo dignidad, solo tenían que pedirme que brincara y lo haría, movería la cola y cuacuaria, solo pedía unos mendrugos de ese antojable pan que los pajarracos engullían con sorna. Seguí despotricando hasta que las nubes se alejaron un poco.
Y luego como un rayo de luz, me sentí iluminado. No se como no lo había pensado antes, pero supongo que le necesidad es la madre de las ideas. O algo así. Me llego de golpe, como una epifanía, casi pude oír los cánticos celestiales que celebraban el fin de mi ayuno. Me robaría un pato. No, lo secuestraría y luego lo mataría. El asesinato nunca se mostró tan apetecible. Una ira asesina me inundo, seguida por una bestial hambre. En el cuarto tendría sartenes y en la recepción había sobres de sal y pimienta. No puede ser tan difícil hacer una sopa de pato pensé.
Y ahí estaban ellos, gordos y despreocupados, sin darse cuenta de la sombra que se cernía sobre ellos, mi sombra, friolenta y apestando a humo, enloquecida por el hambre y lista para actuar. Pero luego la razón, con la que tengo un idilio desde hace años me previno de actuar decimonicamente. No, no pensé no hacerlo, pero había que hacerlo bien. No podía brincar como un animal sobre ellos y matarlo a mordidas, y luego avanzar despreocupadamente con el cadáver de un pato por la calles llenas de americanos abraza-árboles y policías bien entrenados.
Así que prendí un cigarro, con mis pulgares que me distinguían de mi presa, y pensé bien las cosas. No podía ser ese día, no tenia donde echar el pato ni como atraerlo. Además tenia que esperar a que se despejara un poco para no llamar la atención. Tendría que esperar un día mas, y quizá al siguiente día tendría noticia mis tiránicos padres que se negaban a acudir en ayuda de su famélico vástago. Pero de cualquier manera, me prepararía para asesinar, eran ellos o yo. Ese día dormí, pensado en mi crimen, en mis manos manchadas de sangre y en una sopa de pato.
Al siguiente día partí después de las doce. Había pasado toda la mañana en cama, era el cuarto día sin comer, y la cabeza me explotaba. Salí con una mochila donde echaría al pato, algunas bolsas de platico para el estrangulamiento, y unas galletas que me había encontrado tiradas. Me vestí lo mejor que pude, para evitar llamar la atención. No quería parecer un vagabundo si me atrapaba la policía.
Pase para revisar mi cuenta de banco, y la respuesta fue la misma. Ya no tenia el ceño fruncido, ahora la determinación brillaba en mis ojos sin alma, como los de mis victimas. Me instale a media tarde en estanque, de nuevo prendí un cigarrillo que ese día me supo tan bien, y comencé a observar a aquellas ratas con plumas. Había mas de 100, nadie extrañaría a uno de ellos. Uno particularmente gordo llamo mi atención, pero descarte la idea al no saber preparar un buen foi de grass. Mejor me parecía uno que estaba parado majestuosamente sobre una roca.
Era joven sin duda, inflaba el pecho soberbiamente y veía por encima a los demás patos. Quizá era el líder de esa parvada o el macho alfa. Ni siquiera se si los patos tienen lideres de parvadas o machos alfa, pero no importo, el parecía un digno rival. Quizá me esperaba una lucha encarnizada, se mostraban torpes, pero no sabia si actuaban diferente al sentir peligro. Mi ballena blanca necesitaba un nombre, lo merecía. Ese pato quizá venia del Canadá, por lo que no seria un nombre latino. Y pensé que probablemente descendía de una noble cuna de patos Europeos, Franceses o Alemanes. Johansen das Ducken o Jean le Pato.
El frío arreciaba como presagiando el homicidio. Las sombras pronto inundaron todo el pato-pond, las personas comenzaban a marcharse. Mi determinación era envalentonada por el hambre, nunca titubee ni mostré señales de arrepentimiento. Esa pelea ya estaba pensada desde hace días, quizá destinada desde hace centurias, esta era su final , el final de Jean Johansen, aquel noble animal que venia del Canadá y descendía de las mas nobles cunas patiferas Europeas.
Pronto me encontré solo con aquellas creaturas sin alma. El sol moría y el frío no se detenía. Era el momento de actuar, no podía perder tiempo, los autobuses pronto dejarían de circular. Deshice las galletas en pequeños trozos y me dirigí a la despreocupada parvada. Comencé a aventarles trozos de las galletas, se acercaron sin pensar, no veían mi mirada perdida y desorbitada por cuatro días de ayuno. Jean Johansen, estaba en el centro de la procesión, no tocaba las migajas y se mostraba un poco reacio a seguir avanzando. Le tire uno justo delante de el y no la rechazo. Se acercaba mas y mas, con pasos firmes y decididos…
Brinque sobre el y logre agarrarle una pata. Los demás patos volaron cuacuando ruidosamente, Jean Johansen intentaba lo mismo. Era fuerte sin duda, movía las alas sintiendo la muerte. No me detuve, no podía, ya no había vuelta atrás. Lo sujete con la otra mano por el cuello y luego solté la pata. Un húmedo crac se dejo oír. Jean se había dejado de mover, sus ojos estaban mas oscuros que nunca. Yo tenía la respiración entrecortada, pero no debía detenerme a pensar. Eche al pato en una bolsa de las que había preparado y luego a la mochila. Me lave las manos en uno de los edificios que seguían abiertos y me dirigí a la parada del autobús.
La mochila me pesaba, sentía la presión sobre los hombros y aun no podía respirar tranquilamente. En la parada del autobús una vieja esperaba igual que yo. Me senté a un lado de ella y vi que era ciega. Y luego volteo hacia mí, con sus cristalinos ojos inundados de cataratas y sin decir nada, juraría que me dio un gesto de desaprobación. La paranoia me inundo, y es que no había ninguna posibilidad de que aquella vieja supiera algo. Pero aun así preferí levantarme.
El camión pronto llego, subí sin decir nada y me senté hasta el fondo para evitar miradas. La mochila seguía pesándome así que la deje a un lado. Mi macabra y emplumada carga yacía inerte en el fondo de la bolsa. Decidí no darle importancia y mientras el camión seguía avanzando yo me limite a mirar por la ventana. El trafico era pesado y ruidoso, lo culpo por aquel sonido que me estremeció. Un perfecto “cuac-cuac”. Salí de mi estado catatónico y voltee a ver la bolsa. No podía ser, pero revise de cualquier manera. Mis manos temblaban cuando la abrí. Y ahí estaba Jean, muerto en el fondo, con ojos negros y la lengua de fuera. Le pique el estomago con un lápiz pero no mostró señales de vida.
Estaba un poco turbado he de admitirlo, pero era solo la paranoia que me perseguía. Ese “cuac-cuac” había sido un juego de mi mente, solo eso, como en aquel cuento de Poe donde el asesino escuchaba el “tum-tum” debajo del suelo, donde había ocultado el cadáver. Baje del camión con mi recién adquirido pato y me dirigí por un poco de sal y pimienta. En la recepción dijeron que tenían un paquete para mi, que lo habían dejado en mi habitación.
Cuando entre al cuarto y deje Johansen con cuidado en la cocina, vi el paquete encima de la mesa. Era pequeño y blanco, una carta que venia de México. Era de mis padres, con una tarjeta nueva, una que versaba International con letras doradas. No sonreí. Me senté en la cama a contemplar mi nueva tarjeta sin querer ver hacia la cocina. Pero tenia que hacerlo.
Saque el cuerpo de Jean Johansen el pato, y lo puso con cuidado en la mesa. Ahí estaba, inerte y estático, con un poco de sangre brotándole del cuello, y los ojos vacíos como debían de estar los míos en ese momento. Sus plumas verdes relucían con el reflejo del foco, y las negras se mostraban opacas y muertas. Suspire una vez. Suspire dos veces. Suspire de nuevo y luego me senté a su lado.
“Oh majestoso pato de noble cuna, tu muerte ha sido en vano pero no tu tumba, que te enterrare como los de tu estirpe merecen y brindare en tu honor y sobre tu sangre caída”.
No lo dije en voz alta, solo lo pensé. Siempre he sido un poco teatral. Llame a la recepción del hotel y pedí carne roja, un vino y dos copas. No tardarían mas de 30 minutos dijeron. Coloque a Jean Johansen en la mesa, al otro lado del mío, y lo senté con ayuda de una guía telefónica. Se porto como todo un caballero y no se movió ni hizo sonidos inadecuados. Yo lo contemplaba sin saber que decirle sin saber como responderle si me preguntaba algo y con un dejo de culpa por lo inútil del homicidio.
El mozo llego al cabo de un rato, no deje que entrara, le entregue la tarjeta y tome la cena. Le dije que la recogería al día siguiente. Me senté de frente a Jean que me contemplaba desde su silla. No le serví vino, pero brinde en su honor, en su sangre caída, por sus hijos y mujeres, por las batallas que seguramente había ganado y perdido, por sus aventuras y por sus ilustres padres, y por su sacrificio inútil, pero lleno de nobleza.