Mi otra profesión es la de chofer. No lo hago mucho, todo surgió hace unos dos años, cuando por conducto de un tío que tenia un buen puesto en el banco, me consiguieron un trabajo de chofer para la familia de un banquero holandés: el padre la madre y dos hijos. Yo tenía que mover al hijo menor, un niño de esos rubios canarios de apariencia enfermiza y de muy pocas palabras. No hablaba español y aunque su inglés era muy deficiente nos las arreglamos para comunicarnos. La rutina era corta, en las mañanas a la escuela de idiomas donde llevaba español e inglés, por las tardes a clases de karate. De vez en cuando tenía que llevarlo a la plaza comercial a que comprara juegos o dulces o revistas o cosas de esas. Era un trabajo simple y bien pagado, cinco días por semana y sin muchos riesgos. Después de unos meses el holandés y su familia tuvieron que volver a… Holanda supongo, por lo que pensé que ese sería el final de mi carrera como chofer. Pero después de un tiempo, supongo que por referencias del holandés, la gente del banco siguió llamándome esporádicamente, cada dos o tres semanas, para mover a banqueros de otras partes del país. Nada interesante realmente, por ser sólo una o dos veces por mes, el sueldo no era ni medianamente considerable, pero alcanzaba para sufragar los gastos esenciales. Nada interesante pasó nunca como ya había dicho, por lo regular eran hombres ya entrados en los cuarenta años que vestían traje y camisas color pastel, no decían mucho y mantenían cierta distancia que a mí no me incomodaba. Además, por órdenes de los jefes, yo no podía hablar a menos que ellos hablaran, abrir la puerta del coche y seguirlos hasta la puerta del banco, esperarlos allí y de nuevo seguirlos al coche, abrir la puerta y llevarlos al hotel. En una ocasión uno de ellos me preguntó por prostitutas. En la ciudad hay un servicio muy conocido, dos putas de no más de veinte años por tres mil pesos. Hice el contacto e incluso me permití pensar que quizá, el acaudalado director de mercadotecnia se dignaría a invitarme, pues serian dos putas las que llegarían, pero por supuesto que el hombre tenía otros planes. A la diez de la noche recogí a las muchachas en cuestión, dos mujeres prácticamente niñas pero con maquillaje en exceso, delgadas y con cara de inocentes, vestidas con pequeñas faldas y sendos escotes. Una de ellas se fue el asiento delantero, sí, quizá no era la mujer más brillante del día, pero supongamos que sabía de su oficio. Las conduje a la habitación del hombre, tocamos la puerta y éste apareció vestido solo con una bata. Las vio y pude observar su cara de lujuria, temblando las hizo pasar, luego cerró la puerta sin siquiera decir gracias. Me quede ahí unos segundos antes de darme cuenta que eso sería todo para mí. Con las manos en las bolsas di media vuelta y comencé a avanzar por el pasillo del hotel. Inesperadamente el hombre abrió la puerta y me llamó. Pensé que quizá aún tendría alguna oportunidad, pero cuando llegué a la puerta éste me preguntó con mucho nerviosismo si esto ya había ocurrido. Le dije que no. Respirando entrecortadamente me contestó que la situación no tenía porque pasar de nosotros, metió la mano en el bolsillo y me dio cincuenta pesos. Miserables banqueros lujuriosos, con sus sueldos de sesenta mil pesos por mes, con dos jóvenes putas en su cuarto y apenas me dio cincuenta pesos. ¿Decepcionado? No, por supuesto que no, mi trabajo era conducir, no recoger las sobras lascivas de mis patrones. Y bueno, eso había sido lo único medianamente rescatable de dos años de trabajo, buscar y llevar putas, fuera de eso, el esporádico trabajo era más bien aburrido, pero como dije, no me quitaba mucho tiempo y los setecientos pesos que me daban por día trabajado no eran nada despreciables.
Hace algunos días me hablaron, pero no gente del banco, alguien les había dado mi número para contactarme. Hablaban de parte un comité organizador de un ciclo de conferencias para la familia, un congreso de la juventud que tenía algunos años haciéndose en la ciudad, traían dos o tres estrellitas de televisión, algún productor de música, y motivadores personales. Ya conocía ese tipo de congresos, de día se hablaba de valores y de noche hacían fiestas donde el alcohol era gratis y prácticamente sin ningún control. Niños de unos quince años podían entrar a hacer el ridículo con dos cervezas, chavitas de diecisiete años se movían rítmicamente con música ruidosa y monótona, mientras cabrones de veinte intentaban sacar provecho de la situación. Sí sí, doble moralidad, incongruencias de las autoridades, bla bla bla… Nada que me importara realmente. Me preguntaron que si podía trabajar al día siguiente. Tendría que ir por una persona al aeropuerto, luego llevarla al hotel, luego al congreso, luego a comer, luego a donde me dijeran, a turistear o a comprar chucherías de la ciudad, nada fuera de contexto o interesante. No tenía mucho dinero guardado y los cigarros se estaban terminando así que acepté sin pensarlo mucho. Al siguiente día fui a recoger la camioneta en la que movería a mi cliente, otras dos personas estaban allí esperando lo mismo. Se nos asignaron vehículos y tuvimos que esperar al jefe sin que diera más explicaciones. Luego comencé a escuchar que vendrían dos estrellitas de televisión juvenil, de esas veinteañeras que salen en novelas y hacen como que cantan. Mi hermano tenía incluso un afiche en su habitación con una de ellas en poca ropa. Esto podría ser interesante pensé, pero vaya, no es sorpresa que no me tocaran ninguna de ellas. Yo tendría que mover a un motivador personal. Maldije a mi suerte por primera vez ese día a las siete de la mañana. Ya con mi itinerario listo me dirigí al aeropuerto con los otros dos vehículos detrás de mí. Cuando llegamos aún faltaba media hora para que el avión llegara, así que me quede en la camioneta para hacer tiempo. Cuando se acercaba la hora me di cuenta de que había perdido el cartel con el nombre del tipo. Maldita sea, pedí una hoja en la recepción del aeropuerto y con una pluma rayé el nombre. No era muy convincente, pero daría el servicio. Me coloqué en la entrada de las llegadas alzando mi horrible hoja con mi horrible letra. Nadie me había descrito a Héctor, que era el nombre escrito en la hoja, nadie me había dicho nada sobre él, ni de que hablaría ni cómo era. Nada. Llegó una de las estrellitas, era mucho más pequeña de lo que imaginaba, aunque aún sin maquillaje era ridículamente bella. Demonios, sólo la vi pasar mientras el idiota que la llevaría al hotel sonreía con… pues con una sonrisa idiota. La sonrisa que llevaba horas practicando para recibir a Héctor cayó sin más junto a mi horrible hoja. A la estrellita la vi alejarse con mi vista perdida en su espalda cuando Héctor apareció.
El tipo tenía cáncer. O Sida. O ambos. En ese momento me incliné por creer que se trataba de cáncer porque no tenía un solo vello en su pálido rostro, y además llevaba una gorra que seguramente cubría una cabeza vuelta calva por la quimioterapia. Fantástico, al idiota de idiota sonrisa le había tocado una diva televisiva y a mi un guey con cáncer. “Buena esa Dios” y según recuerdo esa fue la tercera vez que maldecía en el día, y apenas eran las ocho. Cargué sus maletas en el carro y con premura abrí la puerta de atrás.
-No, como crees, me voy adelante- dijo con un acento que me pareció un poco afeminado. Enfermo, feo y homosexual. La mañana apenas comenzaba.
-¿Cómo te llamas?- preguntó. Sin querer verme muy grosero le dije mi nombre. Hizo un chiste de mi nombre. No me reí.
-¡Ríete!- fingí una sonrisa. Luego lo inevitable. Héctor comenzó a hablarme de su vida sin que yo lo preguntara. Se dedicaba a eso. Veintitantos años, ocho tipos de cáncer, no tenía colón, no tenía la mitad del intestino delgado, se estaba quedando ciego por unos tumores en los lagrimales, no podía metabolizar la comida, no podía orinar o defecar sin ayuda de un tubo, lo habían operado no sé cuántas veces en no sé cuántos meses, no tenía una vida sexual, le daban paros respiratorios, había estado al borde de la muerte en tres ocasiones, se le formaban coágulos en los pulmones, temblaba, estaba perdiendo la voz, tenía tubos en el vientre, tenía tubos debajo del vientre y le quedaban menos de tres meses de vida. Y al terminar de contar eso sonrió. Se qué estaba pensando. “¿Y tú de qué te quejas?”. Yo de qué me quejo, yo de qué me quejo, yo de qué me quejo… luego más chistes, más sonrisas fingidas hasta que llegamos al hotel mientras conversábamos acerca dela ciudad y de la comida. Cosas de turistas sin importancia. Pudiendo manejar para una actriz tuvo que tocarme un desahuciado insufrible y empalagoso que se dedicaba a viajar por el país dando testimonio de lo hermoso que puede ser la vida. Llegamos al hotel y llevé las maletas al cuarto. Le dije que lo esperaría en el lobby pero el insistió en que me quedara. Entre al cuarto y me senté en la silla más cercana a la puerta. El seguía, me preguntó por mi familia y por la escuela, me preguntó por mis amigos y pasatiempos. El tipo comenzaba a serme un poco molesto. Supongo que al igual que yo puedo ser molesto por quejoso y pesimista, Héctor lo era por insufrible y feliz. Me pidió que saliera de la habitación por que tenía que hacerse una diálisis o algo así. Antes de irme pude ver cómo sacaba una caja llena de tubos de una de las maletas. Salí a fumar un cigarro mientas él terminaba. Al cabo de una media hora estaba en la entrada del lobby con un pantalón de mezclilla, playera rosa y una cachucha verde. Sonreía como siempre, me pregunté si la sonrisa no sería el efecto colateral de las quimioterapias. Íbamos retrasados, por lo que tuve que manejar deprisa para llegar a tiempo. Cuando por fin llegamos, una pequeña comitiva ya nos esperaba en la puerta de entrada. Nos asignaron una pequeña habitación acondicionada con un sillón y una cesta de frutas. De nuevo me senté en la silla más cercana a la salida. Él comenzó a cantar. Me dijo que por lo regular cantaba dos o tres canciones por conferencia. Me entretuve con una mandarina que pelé muy lentamente para hacer tiempo, pues la conferencia según me había dicho Héctor, podía prolongarse hasta por dos horas. Eventualmente fue llamado para que empezara su conferencia. Habría unas setecientas personas en el auditorio. Comenzó con un chiste, supongo que para captar la atención del público. Luego preguntó:
-¿Y ustedes… como viven su vida? ¿Yo? Yo la vivo como si fuera el último día de mi vida. ¿Saben por qué? Porque para mí éste podría ser el último, los doctores no me han dado más de dos meses de vida, tres como máximo, por eso vivo de esta manera, disfrutando a plenitud cada cosa que hago, viendo cosas de las que ustedes ni siquiera se percatan como lo que realmente son, obras de arte, obras de arte de Dios Mismo. amando a mi familia, haciendo todos los días amigos nuevos, disfrutando los que ya tengo, cantando, y hago todo esto a pesar de que vivo en una intenso dolor, porque yo tengo cáncer en etapa terminal, paso 3 días a la semana en el hospital, tengo que usar tubos para poder ir al baño, por las noches el dolor en el estómago me arranca gritos de dolor, por que aún las medicinas más fuertes solo logran mitigar un poco el sufrimiento y aún así, aún así con todo esto, estaría dispuesto a tener mil cánceres con tal de disfrutar un solo día el maravilloso regalo de Dios que es ésta vida. Y a ustedes les digo, que quien tenga el día de mañana asegurado que pasa aquí al frente y me lo diga… ¿Pero saben qué? Nadie en este mundo tiene el día de mañana asegurado, nadie de los que están aquí, todos están tan desahuciados como yo, nada los diferencia de mí y así pasan los días sin siquiera darles importancia, han perdido la capacidad de asombro, y un día, quiera Dios muy lejano, podrían voltear hacia atrás sólo para mirar todas las cosas que no hicieron, dijeron, desperdiciaron…-
Un atronador aplauso inundó el salón. Yo seguía ocupado con la mandarina, masticando muy lentamente, haciendo tiempo. Seguía atrincherado en el camerino, pero la curiosidad y el hecho de que mi mandarina estaba por terminarse, me hizo salir a la sala de conferencias. Mayoritariamente el publico estaba compuesto por señoras, aunque en la parte trasera se veían algunos sectores de niños uniformados con cara de aburrimiento. El congreso estaba divido en dos, por las mañanas se hacia énfasis en las familias y las tardes se dedicaban a la juventud. Durante el trayecto de aeropuerto al hotel ya había escuchado la presentación de Héctor, con cosas mas cosas menos, pero ya sabia que tenia cáncer, que tenia tubos, que no le quedaba mucho tiempo… era una letanía para el, cambiaba de ciudad pero decía lo mismo, una y otra y otra vez. Bonita forma de pasar el final de tu vida pensé. Y bien, digamos que era cierto lo que decía de la capacidad de asombro, digamos que efectivamente el hombre pierde la posibilidad de asombrarse ante lo nuevo, es lo que diferencia a los adultos de los niños, convierten una vida de sorpresas en una rutina de quehaceres aderezada con los leves condimentos de la sociedad moderna. Digamos que eso es cierto. ¿Pero tener mil canceres por un solo día de vida? Tuve que diferir con Héctor, yo no cambiaria un día. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela de vida por mil canceres, no cambiaria una vida entera por mil canceres, ni por uno siquiera. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela enterita en un volado, eso es diferente… pero bueno, a Héctor le encanta vivir, hay que reconocer eso sin juzgarlo. Me senté en la parte de atrás donde no había nadie mas y después de mirar un rato el vacio, comencé a ponerle atención de nuevo a la platica:
-… menos de treinta años y estoy por terminar. No quiero que piensen que me estoy quejando, yo nunca hago eso, de esta vida no tengo ninguna queja por que seria una ofensa a Dios. Tampoco vivo con rencor o reprochándome lo que no hice, el pasado esta muy atrás y ya nada se puede hacer con lo que hicimos o no hicimos, yo aprendí a perdonar incluso cuando nadie me pedía perdón. ¿Del futuro? El futuro no existe, hoy podemos morir y se termina todo. La vida es este momento, aquí y ahora, se vive cada minuto, no podemos vivir en las horas que han muerto, ni tampoco podemos hacerlo en los días que aun no nacen. Y ahora quiero que se pregunten… ¿están viviendo en el pasado? ¿Hacen cosas pensando en su futuro? ¿se dan cuenta que la vida es esta hecho de instantes nada mas?...-
Héctor sonreía mientras arqueaba las cejas. Creo que las arqueaba, porque es difícil saberlo cuando no se tienen cejas, pero estoy casi seguro que la carne de su frente se arqueo. Luego se callo. El silencio inundo la habitación. Ah, se trataba de una introspección, de responder las preguntas que recién había hecho. Lo supe porque el señor que estaba delante de mi se llevo la mano a la barbilla, señal inequívoca de reflexión. Sin quererlo, mi cerebro comenzó a trabajar en las respuestas, como un reflejo de defensa. Vivir en el pasado. No. Bien, no creo hacerlo, no es que pase los días recordando mis pocos días de gloria, o no es que pase gran parte del día haciéndolo. Por las mañanas se me van algunos instantes viendo el lado vacio de la cama es cierto, y luego veo el rostro de ella a la que no puedo olvidar aun. Luego un vacio inunda mi estomago y pienso que quizá ese día le hable solo para escuchar su voz, aunque nunca lo haga. Por las tardes cuando suelo caminar por el parque enfrente de mi casa, me vienen a la mente olores e imágenes de lugares que he visitado y me recrimino un poco por seguir aquí, haciendo de mi vida prácticamente nada. Y las noches… bueno, las noches son complicadas dejémoslo así. Eso no es vivir en el pasado creo yo, además de que no podemos olvidar nuestros errores porque nos condenaríamos a repetirlos. No, contestando tu pregunta Héctor, no vivo en el pasado. ¿Pienso demasiado en el futuro? No. No creo. ¿Que es exactamente pensar el futuro? Por supuesto que hago planes, que seria la vida sin hacer planes y además… luego recupere mi libre albedrio. Estúpidos reflejos, yo no quería siquiera pensar en las preguntas, así que deja a un lado la introspección y comencé a observar el auditorio. Como ya había dicho, principalmente se trataba de mujeres ya entradas en años, algunos señores y dos o tres grupos de primaria. Todos con cara meditabunda. Se dejaron escuchar algunos susurros entre la audiencia, por lo que Héctor comenzó a hablar de nuevo. Antes de que hiciera otra pregunta que obviamente yo no quería contestar, me levante y me escondí de nuevo en el camerino. Tome un plátano que también pele muy lentamente, y que mastique como mínimo unas sesenta veces antes de pasar cada bocado. El aburrimiento ya era hastió, y el hastió pronto se convertiría en sueño. El sillón era cómodo, por lo que paso lo que tenia que pasar. No pasaron cinco minutos cuando una espantosa melodía me despertó de mi hermoso letargo mata conferencias. Me levante de un sobresalto, y de nuevo, traicionado por mis reflejos, me dirigí otra vez a la sala de conferencias. Héctor movía los brazos en lo que supongo, era el mejor intento de un desahuciado baile. Luego comenzó a cantar. Cantaba mejor que yo, lo cual no era siquiera una aproximación ridícula a un cumplido, pues canto horrible. Más que horrible. Conocía la canción, creo recordar que había sido el tema de alguna campaña publicitaria hace ya algunos años.
“abre tus brazos fuertes a la vida, no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá… abre tus brazos fuertes blablabla, que nada te llevaras, blablabla…” algo de ángeles y ya no recuerdo que mas. Todo el asunto comenzaba a parecerme patético, todo en conjunto pintaba un cuadro más bien melodramático y algo morboso. No me sentaba la idea de que alguien pasara así sus últimos días, mal cantando frente a una audiencia de personas de las cuales, probablemente una parte estaría ahí por obligación, y la otra porque no tenia nada mejor que hacer. Se me escapo una sonrisa. Lo mas seguro es que a Héctor no le molestara, incluso creo que se vanagloraria de haberme hecho reír. Cuando termino de cantar el publico respondió de nuevo con aplausos y silbidos. Y luego pensé en porque aplaudían. No creo que fuera por su maravillosa canción o por sus dotes artísticos o interpretativos. Entonces aplaudían porque el tipo tenia cáncer y no le quedaba mucho tiempo de vida, pero aun así estaba ahí, gastando sus últimos días dando testimonio de lo hermoso que a el (y creo que debería remarcar “el”) le parecía la vida. No quise adentrarme mucho en eso, en que tan moralmente aceptable pueden ser esos aplausos de reconocimiento que fácilmente se pueden ver como de lastima. Y no importa que nadie del publico lo pensara así, que nadie le tuviera lastima, pero las multitudes son mas fáciles de interpretar que los individuos. Cuando un individuo sonríe puede tener ochocientas connotaciones distintas, pero cuando una multitud de pone de pie para aplaudirle a un moribundo que acaba de cantar pesimamente (ya por el cáncer que probablemente tiene en la garganta o porque simplemente no tiene talento) durante casi dos minutos, no es tan difícil adivinar los motivos que los orillan a ese tipo de comportamientos. Empatía o lastima. O ambas. Una empatía lastimera. Si fuera posible juntar todos los pensamientos de la multitud en uno solo (esto de manera figurativa, como si existiera alguna formula para promediar las ideas) estoy seguro de que seria algo así como “alma mía de su vida, pobrecito! Que valiente! Míralo ahí, muriendo y aun tiene ánimos de cantar! BRAVO!”. Yo no aplaudí. No lo hice porque canto pesimamente. Y no le iba a aplaudir porque tuviera cáncer, eso ni a el le agradaría. ¿Entonces por que sonreía cuando le aplaudieron? ¿Pensaba que fue por su calidad vocal? ¿o sabia que era por que estaba condenado a muerte? ¿y que tan valido es una u otra de esas razones?. Bah. Como decía, ya todo era un cuadro patético de melodramatismo, una celebración de la vida propia por la muerte de otro. ¿Cuál era el mensaje final de esto? “aun estoy vivo, el esta muriendo, desde ahora viviré de manera diferente, no desperdiciare mi vida, no mas..” .Algo así supongo. Pero bien, si a ellos les funcionaba, no era nada criticable lo que Héctor hacia. Seguía perdido en esos pensamientos y el continuaba hablando, hasta que una frase capto mi atención. “…ellos me tocaban…”. Carajo. ¿Qué quien te tocaba que Héctor?...
-…mi padre duraba días tomando, agarraba la borrachera desde el viernes y en ocasiones no las terminaba hasta el siguiente viernes. Una semana encerrado en la casa, con vivavillas que en aquel entonces costaban diez pesos. 3 por día. Siempre tenía amigos en la casa, si es que a eso se les puede llamar amigos. No se quien era el ventajoso, si mi padre que los tenia ahí a cambio de que continuaron suministrándole alcohol, o sus amigos que continuaban comprándole aguardiente a cambio de un lugar donde tomar. Mi papa hacia como si mis hermanos y yo no hubiéramos existido, pasaban los días y el continuaba en lo suyo, pasaban las semanas y ni una palabra. Yo sabia que no había que hablarle, porque cada vez que lo hacíamos el reaccionaba como un animal y nos daba unas palizas de aquellas. Pero mis hermanos eran menores y en ocasiones se les olvidaba… es una ocasión se me ocurrió decirle a mi hermano que mi cumpleaños estaba muy cercano, y el, inocentemente le pregunto a mi papa con voz de juego “quien crees que cumple años en dos semanas pa´?”. Con la mirada perdida y ahogado en alcohol, se levanto a tropiezos de la cama, se quito el cinto, y comenzó a pegarle a mi hermano. Corrí desde la cocina, y me puse en medio de mi hermano y mi papa. El seguía gritando y levantando el brazo, “¿tu lo mandaste verdad? Para que me dijera que iba ser tu cumpleaños!”. ¿y saben algo? Yo estaba feliz, porque sabia que ese cinto no le pegaría mi hermano, porque sabia que el estaba en la cocina, asustado quizá, pero nadie lo estaba golpeando…-
Por dios Héctor… comenzaba a serme bastante inverosímil… comenzaba a pensar que solo jugaba con las sensibilidades de la audiencia. Y luego continuo:
-y mi papa se ahogaba en alcohol, y sus amigos seguían ahí, hombres que mi papa apenas conocía, teporochos de la colonia, almas perdidas… y en mas de una ocasión, algunos de ellos entraban por la noche al cuartito de cartón donde dormíamos yo y mis hermanitos, y se acostaban en medio de mi hermana y yo, y me tocaban, y yo veía como tocaban a mi hermana, pero teníamos demasiado miedo para hacer algo, solo nos quedábamos ahí, llorando, esperando que se quedaran dormidos o se fueran…-
Parecía que la habitación estaba muerta. Solo se escuchaban algunos sollozos perdidos entre la multitud. Al observar mejor, pude ver que había varias señoras llorando. Se mantenían inmutes, pero las lagrimas se resbalaban por sus mejillas. Héctor había tocado una fibra sensible, cierto, la pedofilia tiene ese efecto sobre las personas, les parece demasiado grotesco, demasiado horrible… y no se a donde quería llegar Héctor con eso. Se trataba de narrar tragedias creo, me di cuenta que no buscaba la empatía de las personas, no puedes pedir empatía a una multitud en base de abusos sexuales, eso iba mas allá, quizá se trataba de sensibilizar al publico, o de mostrar lo espantosa que la vida puede ser y aun estar bien dispuesto a sonreírle a lo que venga. O quizá alguien le había dicho a Héctor que el cáncer se podía curar con lágrimas ajenas. No lo se. En ese momento me deje entregar un poco a mi humanidad, y sentí empatía o algo así. Si, quizá sea un poco insensible, o un mucho, quizá parezca que no me importa nada, quizá sea cierto, pero tampoco estoy hecho de basura. He de suponer. El pobre hombre tenia cáncer, un padre alcohólico, una madre ausente, vivía en un casa de cartón, y además, encima de todo, sufría abusos sexuales.
(Dios se ensaño con este cabron)
Me reí un poco de mi pensamiento. Me reí solo por dentro, siempre he podido conservar la postura en esas situaciones, porque no podía ignorar a la veintena de señora que continuaban llorando a mi alrededor. La idea de volver a atrincherarme en el camerino no parecía tan mala, pero en ese momento, un amigo que no veía desde hace tres o cuatro años, se sentó a un lado. No había cambiado mucho, tendría unos tres kilos de más, el pelo un poco mas corto, pero en esencia, era el mismo Pepe de los años de escuela. Sonreía como la última vez que lo vi.
-¿Qué estas haciendo aquí?- susurro de manera muy poco efectiva
-soy chofer del tipo con cáncer- dije entre dientes mientras señalaba a Héctor
-¿que fuerte historia no?- pregunto de forma casi acusativa
-si- dije después de dudar unos instantes…
Que fuerte historia. A eso lo resumía Pepe. No estoy muy seguro de que es lo que quiso decir con “fuerte historia”, si se refería a la profundidad del relato, o la fuerza de la narrativa, o al trasfondo ético de la novela… pero lo dijo de una manera casi absoluta, haciendo énfasis en “fuerte” y el ultimo “no”, como ya sabiendo la verdad, como solo esperando una respuesta que tendría que ser confirmativa. Tuve que decir que si. No se si porque lo pensaba así en ese momento o porque me daba pereza discutir.
-creo que es homosexual…- dije a manera de broma, tuve que reír un poco para que Pepe se diera cuenta de eso y afortunadamente el rio también. La historia no era tan “fuerte” como para no poder burlarnos un poco.
-¿lo besarías si fuera su ultimo deseo?- pregunte
-creo que si… ¿tu lo harías?- dijo sonriendo de nuevo
-no… no es mi tipo- conteste mientras observaba a Héctor. Los dos reímos. Héctor continuaba hablando:
-… y eso es lo que me ha ayudado a enterrar el pasado. El perdón. Aprendí a perdonar aun cuando nadie me había pedido perdón. Y es diferente a olvidar, no perdonamos por que olvidamos, perdonamos porque nos quitamos los rencores de encima, porque todos los reproches guardados no son mas que veneno, veneno que infecta nuestra alma, veneno que puede terminarnos, por eso yo perdono pero no olvido, porque es la vida es tan bella y en ocasiones tan corta, que no vale la pena pasarse los días así. Aprendan a perdonar para que puedan ver con claridad la vida. Y déjenme les digo, que hace un mes inauguramos un nuevo tumor en los lagrimales, y en menos de un mes perderé la vista, por eso ahora, me dedico a guardar imágenes bonitas para cuando se apague la luz, tengo algo que recordar…-
Y luego esa sonrisa de suficiencia de nuevo., una sonrisa casi retadora, incitante, azuzando al publico como a un toro, esperando que este saliera de su letargo con un largo suspiro, un suspiro quejumbroso y lastimero, no si era mas empatía o mas lastima, no se que estaba buscando Héctor, en ese momento solo trataba de mantenerme alejado del foro, no quería pensar mas en eso, sentía como si alguien tratara de atacar mi tristeza y mi dolor, como un pavorreal con una cola claramente mas grande y con mas colores, pavoneándose de un lado a otro, emitiendo graznidos y moviendo la cabeza como si fuera a picotearme, queriendo dejar muy claro que todo lo que yo sentía, era minúsculo, ridículo, maldita sea, como si no tuviera ya problemas para justificar todo eso, como si en ocasiones no sintiera que toda la nausea que siento es inútil, desplantes de un ridículo hombrezucho con complejos de genio atormentado, maldita sea, no quería pensar en eso, quería alejarme con lo mío, esconderlo lejos de este moribundo que se dedicaba a robárselo a las personas sin cáncer, a las personas que nunca fueron sexualmente abusadas, a los que no nos vamos a quedar ciegos, a los que no somos como el. Sentí la inmensa necesidad de salir corriendo de ahí, de pasar en medio de todas las sillas, de empujar a la gente, de hacer un escándalo, de robarle algo de la atención que tenia de toda la gente, pero me quede ahí, sentado y tratando de casi no moverme, y luego vi a Pepe. Seguía sonriendo, pero tenia los ojos llenos de agua, a punto de desbordarse, Pepe, el que siempre sonreía, había sido alcanzado por Héctor. No supe que sentir o hacer y el estaba en la misma situación. Volteo a verme y medio abrió la boca, se le quebró la voz, mas agua en sus ojos, no dijo nada mas. Me sentí un poco incomodo, así que mejor me levante, toque el hombro de Pepe esperando que entendiera el gesto de apreciación, y me fui sin decir nada mas. El estaría mas cómodo solo, con Héctor y su dolor. Luego de nuevo en las barracas, hurgando entre la fruta y tratando de no escucharlo mas. Claro que la intención de Héctor no era minimizar el dolor de los demás, pero así era como yo lo percibía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Esa voz llena de alegría se escuchaba lejos, pero aun así retumbaba en mis oídos y rebotaba en mi cabeza una y otra vez.
-y una semana antes de navidad, cuando trabajaba limpiando vidrios en un crucero, una señora me dio una cajita con tres pelotas de ping-pong. Por esas fechas también trabajaba en una carpintería haciendo el aseo, y le pedí al maestro carpintero algo de los deshechos que iba a tirar. ¡Iba a hacer una mesa de ping-pong!, haría las raquetas y pintaría la madera, y el día de navidad, debajo del árbol que todos los años estaba vacio, pondría la mesa y mis hermanitos tendrían un regalo por primera vez en sus vidas. Comencé a trabajar en el patio de la casa, no podía decirle a mis hermanos que estaba haciendo porque era una sorpresa, pero Carlitos, que tenia seis años en ese entonces, estaba pregunte y pregunte “que estas haciendo, que estas haciendo, que estas haciendo”, le dije que se metiera a la casa porque me iba a tirar la madera, pero no hizo caso, y bueno, efectivamente tiro la madera, tiro la mesa y la rompió en dos. Sentí mucho coraje y lo nalguee. Comenzó a llorar como si alguien le hubiera pegado con un tubo. Estaba inconsolable, pero no era por la nalgada, sino porque se sentía culpable. Yo también comencé a llorar del coraje, Salí del patio y me senté en la banqueta. Carlitos se sentó a mi lado y sollozando me decía “perdón, manito, perdón”. Yo quería decirle que estaba bien, que no pasaba nada, pero el coraje era demasiado y la voz no me salía. Cuando por fin me calme, voltee a ver mi hermano para decirle que todo estaba bien y esa fue la ultima vez que lo vi vivo. La defensa de un carro le dio justo en la frente. Y ahí estaba, mi hermanito tendido en la calle lleno de sangre, yo a su lado, embarrándomela en el cuerpo para ver si podía compartir algo del dolor, para ver si me hermanito se levantaba, pero ya era demasiado tarde para decirle que lo perdonaba…-
No me esperaba eso. Toda la conferencia era un increscendo de desgracias y tragedias, cada vez mas triste, cada vez mas doloroso, cada vez mas crudo. Ya no sabia que pensar o sentir, solo deseaba que terminara pronto, que Héctor nos contara la desgracia mas grande todas para poder irnos a nuestras casas con nuestros propios dolores. No tenia que salir para comprobar que seguramente todo el publico estaba llorando, pero aun así lo hice. El seguía hablando, diciendo algo del perdón y de la importancia de decir las cosas a tiempo, y la gente seguía sumida en las miserias del moribundo, y yo, bueno yo estaba un poco aturdido si he de ser sincero, aunque en el exterior fuera toda tranquilidad y todo temple, he de admitir que por dentro, y solo por ese momento, llegue a dudar de mi capacidad para hacer un lado los problemas ajenos. El folleto de la presentación de Héctor rezaba algo así como “cambia tu vida” o algo así. ¿y si realmente este sujeto tenia la capacidad para ir de pueblo en pueblo, contando lo mal que la vida lo había tratado, con una sonrisa de oreja a oreja, cambiando la perspectiva de los desdichados que iban a verle?. Si, por un momento así lo creí, por un momento minimice todos mis problemas, todas mis desgracias, todas las pequeñas situaciones que me acontecen y que mi quitan el sueño, todas las cajas llenas de ilusiones muertas que acarreo como una cruz, todos los prejuicios hacia mi mismo y hacia los demás que me siguen como una sombra y que me hunden mas en este juego que se llama vida, todas mis falsas percepciones, todo parecía tan pequeño, tan insignificante al lado de la vida de ese hombre con tubos en el vientre. Estaba anonadado, tuve que sentarme para evaluar mi sorpresa. Esa fue la ultima desgracia que conto Héctor, de ahí en adelante se dedico a pregonar sus éxitos en la vida, que había ganado el campeonato nacional de matemáticas y obtenido el segundo lugar en el mundial de números, de cómo había obtenido una beca para estudiar en una universidad de prestigio, de su maravilloso promedio que le valió estudiar en el extranjero, de conocer no se cuantos países, de haber sido subgerente de una importante empresa a los veintitrés años… y la lista seguía, algo de un doctorado y otra cosa del gobernador de no se que parte. Comenzaba con lo trágico, seguía con lo bueno y terminaba con una canción y un aplauso de siete minutos. Ya al final de la conferencia, la gente se le arremolinaba para abrazarle, para desearle lo mejor, para darle donativos, para pedirle autógrafos, y siendo parte de mi trabajo, tuve que quedarme a su lado como si se tratara de una estrella de televisión, diciendo una y otra vez “si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte”. Al cabo de una hora de lo mismo, la fila por fin termino. Salimos del auditorio cerca del medio día, y en esa ocasión Héctor prefirió ir atrás. Se puso gafas oscuras y una gorra, prendió un cigarro y no me ofreció nada –¿que es lo peor que puede pasar? ¿Qué me de cáncer?- dijo bromeando. Le pregunte a donde quería ir, me dijo que lo llevara al lugar mas turístico de la ciudad. Lo lleve al calabozo donde murió Hidalgo y luego a caminar por la calle Libertad. Una mujer lo reconoció y se le acerco para felicitarlo, luego lo acompañe a comer con los demás conferencistas y los organizadores del evento. En el restaurant habría cerca de ocho personas, entre conferencistas y directivos. Cuando le preguntaron que quería comer, el dijo que tenia que seguir una dieta muy estricta, libre de grasas, azucares y carbohidratos, pero que ese día en particular la pasaría por alto. Era viernes santo, o viernes de esos de cuaresma y el pidió un filete termino medio. Yo sabia que no debía hablar frente a los jefes y realmente no tenia deseos de hacerlo. Entre los conferencistas estaba una diputada feminista de Ecuador que había hablado de la equidad de genero, otra conferencista bizca que era de la capital y que hablaría del derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, además de los choferes de estas, representantes del municipio y un padre amigo de una de ellas. Cuando llegamos estaban hablando de una ley proaborto que recién se había aprobado en Ecuador, todos se mostraban un poco indignados y luego Héctor dijo algo como “yo nunca abortaría, la vida es tan hermosa blablabla, yo el cáncer blablabla…”. Luego otra de las conferencistas hizo un comentario acerca de la catedral y Héctor rápidamente desvió de nuevo la conversación hacia el “a si, de hecho de ahí venimos, preciosa la catedral, hubieran visto en calle, mucha gente se acercaba a saludarme, es muy bonito cuando se tiene la oportunidad de conocer asi a las personas…”. Y Héctor lo logro, desvió la mayor parte de la atención hacia el, La comida se convirtió en una sesión de preguntas y respuestas, ¿Qué tipo de cáncer tienes? ¿hace cuanto lo detectaron? ¿Cuál es tu esperanza de vida? ¿en verdad tienes una escuelita de niños con cáncer? ¿Quién te financia eso? ¿Cuántas conferencias das por mes? ¿no cobras? , tengo cáncer en el estomago y en los intestinos, me lo detectaron hace seis años, los doctores no me dan mas de tres meses, es una organización donde ayudamos a niños con cáncer pero le decimos escuelita de cariño, nadie me financia, yo consigo recursos de aquí y de allá, doy hasta veinte conferencias por mes, yo no cobro; luego miradas de compasión y de admiración, luego la sonrisa de suficiencia de Héctor, hablando de niños cancerosos que duermen en cuevas mientras mordisqueaba su filete de trescientos pesos, le daba un sorbo a su tequila y hablaba de filas de personas deseosas de conocerlo que yo sabia que nunca existieron. Dude. Es decir, no dude de las buenas intenciones que pudiera tener, porque incluso si todo hubiera sido una mentira destinada a sacar provecho económico, el mensaje que daba se podía considerar objetivo, las reacciones que despertaba en la gente eran evidentes y el efecto era a luces positivo, no obstante de todas las deficiencias que pudieran existir, de los huecos y de las muy viables exageraciones, de las mentiras blancas y de los cuentos ajenos. ¿Qué tan criticable era mentir o exagerar si el propósito era “bueno”? , y encomillo la palabra bueno por lo relativo que el concepto puede ser. Bah, a mi que me importa, a mi que me importaba y que me importara todo el asunto. Al siguiente día el tipo se marcharía y jamás lo volvería a ver, ya sea por el cáncer, ya sea porque no existían motivos para ello. Pero aun así, no obstante de todos esos detalles, de que realmente no debería importarme, había algo en todo el asunto que me molestaba, algo que deseaba gritarle en el oído a Héctor, un sentimiento que bien podría ser un primitivo deseo de simplemente darle un golpe en la boca del estomago para ver si eso seria suficiente para matarlo. Contemplaba a Héctor hablar, quieto, muy quieto, apenas respirando, sin parpadear, mientras imaginaba que brincaba sobre el y le clavaba el tenedor una y otra vez hasta sacarle el ultimo de los tubos de su estomago, cuando finalmente termino su monologo, se despidió de los comensales y pidió que nos retiráramos. Me levante y asentí con la cabeza a modo de un adiós, siendo yo un simple elemento de logística, no requería mas formalidades que esa. Aun quedaban tres horas para su otra conferencia, la que le daría al auditorio mas joven, así que me pidió que lo llevara al hotel para que pudiera descansar un poco. En esa ocasión rechace su invitación a subir y le dije que mejor lo esperaría en el lobby. Al cabo de dos horas, Héctor bajo con mirada cansada. no sentía muchos deseos de hablar, por lo que, lo mas cortésmente que pude, cortaba las platicas lo mas rápido que podía. Ya casi por llegar al auditorio, Héctor me pregunto que edad tenia, le dije que en unos cuantos meses cumpliría los veintisiete, luego dijo muy soberanamente “espero que alcances la edad que aparentas”, lo dijo sin dejar de sonreír, sin mostrarse hostil, como con los mejores deseos. No dije nada, el tampoco, cada quien a los suyo, yo al camino y seguramente el volteo los ojos para poder verse por dentro. La otra conferencia fue básicamente igual a la de la mañana, aunque me di cuenta que improviso un poco, al hacer mas chistes y utilizar palabras como cabron y valemadrismo. Logro las mismas reacciones, incluso algunas mas fuertes, una niña que apenas tendría quince años no dejo de llorar en toda la conferencia, a un tipo de la sierra (y lo digo no tanto por la cachucha que tenia la leyenda “mis tres gallos” y con el grabado de lo que supongo eran tres gallos, sino por el marcadísimo acento con el que hablaba) se le quebró la voz cuando al final tomo el micrófono para decirle a Héctor que hasta ese día “yo estaba perdido”, y al final fue un poco mas de los mismo, la fila interminable de chavitas y chavitos que querían agradecerle, y bueno, alguien se equivoco al presentarme como el representante del moribundo, así que en esa ocasión no tuve que preocuparme por cuidar que no fueran a sacarle los adentros de tanto abrazo, sino que solo tuve que decirle a unos de los gorilas de seguridad que si podían encargarse de eso. Después de terminar con los abrazos, Héctor fue invitado por el comité que organizaba, a la tradicional celebración de bienvenida (pues el evento apenas duraba dos días) que hacían en una casa que se alquilaba para fiestas. Héctor acepto, por lo que mi turno se alargo aun mas. Eran casi las diez de la noche cuando esperaba que Héctor terminara con su sesión de… acomodamiento de tubos nocturna he de suponer, llevaba casi dieciséis horas moviéndome de un lugar a otro, por lo que cargue un café a la cuenta del comité y me senté en el bar a esperar a que todos los tubos terminaran de arreglarse para salir de noche. La fiesta estaba atiborrada de chavales de todos tamaños y colores, supongamos que la edad media no rebasaba los diecisiete años, aun así había barra libre porque unos de los principales patrocinadores era una nueva marca de sotol, aunque había “un estricto control sobre la distribución de alcohol”, pude ver a niñas de catorce años sorbiendo margaritas hechas a base de hielo. Pero bueno, por supuesto que una persona del calibre de Héctor no estaría con la plebe, por lo que fuimos pasados a la área de gente muy importante, donde el se acomodo entre el dueño de la nueva marca de sotol y el hijo del alcalde. Yo me alinee con el resto del personal de seguridad y choferes, pero Héctor me mando llamar para que me sentara entre el y el hijo del alcalde. No voy a ponerme a decirles que Héctor se dedico a hablar de el porque seria como estarse quejando, y no pretendo quejarme por algo que no debería importarme. Pero el caso es que así lo hizo. Duramos cerca de tres horas ahí, sentados y observándolo, a el y solo a el. Y afortunadamente eso sirvió de catalizador para que el tipo terminara por causarme asco. Mientras el seguía hablando de lo mismo, en mi muy personal análisis del día, termine por darme cuenta que el no tenia mas poder sobre mi que las demás personas. No tenía por que sentirme mal por el, no tenia que cambia mi manera de ver la vida, ni siquiera era valido considerar que conocerlo había sido un evento medianamente trascendente. Por eso me apresure a escribir estas líneas, antes de que todo terminara por olvidarse. Al siguiente día el se marcharía y jamás volvería a verlo. Otro individuo mas que tengo el poco placer de conocer, y que terminaría en la lista de gente poco importante que guardo en un rincón perdido de mi cerebro. El no era mejor que yo, su dolor no era mas importante que el mío, sus historia bien podrían ser falsas y aunque fueran ciertas, no eran mas trascedentes para el resto del universo que las mías propias, es decir, realmente importaban un carajo, si, tenia cáncer, pero no era motivo para aplaudirle y darle una medalla, millones de personas mas están enfermas, millones de personas mas han tenido una vida tan dura como la de el, millones de personas mas morirían el mismo día que el, y todo seguiría igual, nadie marcaria la mínima diferencia, su dolor, mi dolor, y el dolor del resto de las personas de la habitación y de la fiesta, era el mismo, la gente puede lamentarse por tener cáncer o por que su equipo de futbol no gano ese día, por haber perdido la casa en una apuesta o por terminar una relación de tres años, por no haber podido ir a la fiesta de tu madre o por la novela de las cuatro. Todos elegimos nuestros dolores, todos elegimos como los afrontamos, todos elegimos que es lo nos importa, y si yo quiero amargarme por simplemente no ser feliz, o si la vecina opta por huir por que su esposo la golpeo de nuevo, o si Héctor cree que sonreír es la mejor manera de recibir a la muerte, lo que sea, es lo mismo, son decisiones tomadas individualmente, unilaterales y arbitrarias, y todos importan lo mismo hablando de lo trascendente que pueden llegar a ser. Al final nada de eso va importar.
Decidí ocuparme con una mandarina que había guardado, masticando muy lentamente, haciendo tiempo y esperando que ese día terminara.
Hace algunos días me hablaron, pero no gente del banco, alguien les había dado mi número para contactarme. Hablaban de parte un comité organizador de un ciclo de conferencias para la familia, un congreso de la juventud que tenía algunos años haciéndose en la ciudad, traían dos o tres estrellitas de televisión, algún productor de música, y motivadores personales. Ya conocía ese tipo de congresos, de día se hablaba de valores y de noche hacían fiestas donde el alcohol era gratis y prácticamente sin ningún control. Niños de unos quince años podían entrar a hacer el ridículo con dos cervezas, chavitas de diecisiete años se movían rítmicamente con música ruidosa y monótona, mientras cabrones de veinte intentaban sacar provecho de la situación. Sí sí, doble moralidad, incongruencias de las autoridades, bla bla bla… Nada que me importara realmente. Me preguntaron que si podía trabajar al día siguiente. Tendría que ir por una persona al aeropuerto, luego llevarla al hotel, luego al congreso, luego a comer, luego a donde me dijeran, a turistear o a comprar chucherías de la ciudad, nada fuera de contexto o interesante. No tenía mucho dinero guardado y los cigarros se estaban terminando así que acepté sin pensarlo mucho. Al siguiente día fui a recoger la camioneta en la que movería a mi cliente, otras dos personas estaban allí esperando lo mismo. Se nos asignaron vehículos y tuvimos que esperar al jefe sin que diera más explicaciones. Luego comencé a escuchar que vendrían dos estrellitas de televisión juvenil, de esas veinteañeras que salen en novelas y hacen como que cantan. Mi hermano tenía incluso un afiche en su habitación con una de ellas en poca ropa. Esto podría ser interesante pensé, pero vaya, no es sorpresa que no me tocaran ninguna de ellas. Yo tendría que mover a un motivador personal. Maldije a mi suerte por primera vez ese día a las siete de la mañana. Ya con mi itinerario listo me dirigí al aeropuerto con los otros dos vehículos detrás de mí. Cuando llegamos aún faltaba media hora para que el avión llegara, así que me quede en la camioneta para hacer tiempo. Cuando se acercaba la hora me di cuenta de que había perdido el cartel con el nombre del tipo. Maldita sea, pedí una hoja en la recepción del aeropuerto y con una pluma rayé el nombre. No era muy convincente, pero daría el servicio. Me coloqué en la entrada de las llegadas alzando mi horrible hoja con mi horrible letra. Nadie me había descrito a Héctor, que era el nombre escrito en la hoja, nadie me había dicho nada sobre él, ni de que hablaría ni cómo era. Nada. Llegó una de las estrellitas, era mucho más pequeña de lo que imaginaba, aunque aún sin maquillaje era ridículamente bella. Demonios, sólo la vi pasar mientras el idiota que la llevaría al hotel sonreía con… pues con una sonrisa idiota. La sonrisa que llevaba horas practicando para recibir a Héctor cayó sin más junto a mi horrible hoja. A la estrellita la vi alejarse con mi vista perdida en su espalda cuando Héctor apareció.
El tipo tenía cáncer. O Sida. O ambos. En ese momento me incliné por creer que se trataba de cáncer porque no tenía un solo vello en su pálido rostro, y además llevaba una gorra que seguramente cubría una cabeza vuelta calva por la quimioterapia. Fantástico, al idiota de idiota sonrisa le había tocado una diva televisiva y a mi un guey con cáncer. “Buena esa Dios” y según recuerdo esa fue la tercera vez que maldecía en el día, y apenas eran las ocho. Cargué sus maletas en el carro y con premura abrí la puerta de atrás.
-No, como crees, me voy adelante- dijo con un acento que me pareció un poco afeminado. Enfermo, feo y homosexual. La mañana apenas comenzaba.
-¿Cómo te llamas?- preguntó. Sin querer verme muy grosero le dije mi nombre. Hizo un chiste de mi nombre. No me reí.
-¡Ríete!- fingí una sonrisa. Luego lo inevitable. Héctor comenzó a hablarme de su vida sin que yo lo preguntara. Se dedicaba a eso. Veintitantos años, ocho tipos de cáncer, no tenía colón, no tenía la mitad del intestino delgado, se estaba quedando ciego por unos tumores en los lagrimales, no podía metabolizar la comida, no podía orinar o defecar sin ayuda de un tubo, lo habían operado no sé cuántas veces en no sé cuántos meses, no tenía una vida sexual, le daban paros respiratorios, había estado al borde de la muerte en tres ocasiones, se le formaban coágulos en los pulmones, temblaba, estaba perdiendo la voz, tenía tubos en el vientre, tenía tubos debajo del vientre y le quedaban menos de tres meses de vida. Y al terminar de contar eso sonrió. Se qué estaba pensando. “¿Y tú de qué te quejas?”. Yo de qué me quejo, yo de qué me quejo, yo de qué me quejo… luego más chistes, más sonrisas fingidas hasta que llegamos al hotel mientras conversábamos acerca dela ciudad y de la comida. Cosas de turistas sin importancia. Pudiendo manejar para una actriz tuvo que tocarme un desahuciado insufrible y empalagoso que se dedicaba a viajar por el país dando testimonio de lo hermoso que puede ser la vida. Llegamos al hotel y llevé las maletas al cuarto. Le dije que lo esperaría en el lobby pero el insistió en que me quedara. Entre al cuarto y me senté en la silla más cercana a la puerta. El seguía, me preguntó por mi familia y por la escuela, me preguntó por mis amigos y pasatiempos. El tipo comenzaba a serme un poco molesto. Supongo que al igual que yo puedo ser molesto por quejoso y pesimista, Héctor lo era por insufrible y feliz. Me pidió que saliera de la habitación por que tenía que hacerse una diálisis o algo así. Antes de irme pude ver cómo sacaba una caja llena de tubos de una de las maletas. Salí a fumar un cigarro mientas él terminaba. Al cabo de una media hora estaba en la entrada del lobby con un pantalón de mezclilla, playera rosa y una cachucha verde. Sonreía como siempre, me pregunté si la sonrisa no sería el efecto colateral de las quimioterapias. Íbamos retrasados, por lo que tuve que manejar deprisa para llegar a tiempo. Cuando por fin llegamos, una pequeña comitiva ya nos esperaba en la puerta de entrada. Nos asignaron una pequeña habitación acondicionada con un sillón y una cesta de frutas. De nuevo me senté en la silla más cercana a la salida. Él comenzó a cantar. Me dijo que por lo regular cantaba dos o tres canciones por conferencia. Me entretuve con una mandarina que pelé muy lentamente para hacer tiempo, pues la conferencia según me había dicho Héctor, podía prolongarse hasta por dos horas. Eventualmente fue llamado para que empezara su conferencia. Habría unas setecientas personas en el auditorio. Comenzó con un chiste, supongo que para captar la atención del público. Luego preguntó:
-¿Y ustedes… como viven su vida? ¿Yo? Yo la vivo como si fuera el último día de mi vida. ¿Saben por qué? Porque para mí éste podría ser el último, los doctores no me han dado más de dos meses de vida, tres como máximo, por eso vivo de esta manera, disfrutando a plenitud cada cosa que hago, viendo cosas de las que ustedes ni siquiera se percatan como lo que realmente son, obras de arte, obras de arte de Dios Mismo. amando a mi familia, haciendo todos los días amigos nuevos, disfrutando los que ya tengo, cantando, y hago todo esto a pesar de que vivo en una intenso dolor, porque yo tengo cáncer en etapa terminal, paso 3 días a la semana en el hospital, tengo que usar tubos para poder ir al baño, por las noches el dolor en el estómago me arranca gritos de dolor, por que aún las medicinas más fuertes solo logran mitigar un poco el sufrimiento y aún así, aún así con todo esto, estaría dispuesto a tener mil cánceres con tal de disfrutar un solo día el maravilloso regalo de Dios que es ésta vida. Y a ustedes les digo, que quien tenga el día de mañana asegurado que pasa aquí al frente y me lo diga… ¿Pero saben qué? Nadie en este mundo tiene el día de mañana asegurado, nadie de los que están aquí, todos están tan desahuciados como yo, nada los diferencia de mí y así pasan los días sin siquiera darles importancia, han perdido la capacidad de asombro, y un día, quiera Dios muy lejano, podrían voltear hacia atrás sólo para mirar todas las cosas que no hicieron, dijeron, desperdiciaron…-
Un atronador aplauso inundó el salón. Yo seguía ocupado con la mandarina, masticando muy lentamente, haciendo tiempo. Seguía atrincherado en el camerino, pero la curiosidad y el hecho de que mi mandarina estaba por terminarse, me hizo salir a la sala de conferencias. Mayoritariamente el publico estaba compuesto por señoras, aunque en la parte trasera se veían algunos sectores de niños uniformados con cara de aburrimiento. El congreso estaba divido en dos, por las mañanas se hacia énfasis en las familias y las tardes se dedicaban a la juventud. Durante el trayecto de aeropuerto al hotel ya había escuchado la presentación de Héctor, con cosas mas cosas menos, pero ya sabia que tenia cáncer, que tenia tubos, que no le quedaba mucho tiempo… era una letanía para el, cambiaba de ciudad pero decía lo mismo, una y otra y otra vez. Bonita forma de pasar el final de tu vida pensé. Y bien, digamos que era cierto lo que decía de la capacidad de asombro, digamos que efectivamente el hombre pierde la posibilidad de asombrarse ante lo nuevo, es lo que diferencia a los adultos de los niños, convierten una vida de sorpresas en una rutina de quehaceres aderezada con los leves condimentos de la sociedad moderna. Digamos que eso es cierto. ¿Pero tener mil canceres por un solo día de vida? Tuve que diferir con Héctor, yo no cambiaria un día. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela de vida por mil canceres, no cambiaria una vida entera por mil canceres, ni por uno siquiera. Aunque bien dispuesto estaba a jugármela enterita en un volado, eso es diferente… pero bueno, a Héctor le encanta vivir, hay que reconocer eso sin juzgarlo. Me senté en la parte de atrás donde no había nadie mas y después de mirar un rato el vacio, comencé a ponerle atención de nuevo a la platica:
-… menos de treinta años y estoy por terminar. No quiero que piensen que me estoy quejando, yo nunca hago eso, de esta vida no tengo ninguna queja por que seria una ofensa a Dios. Tampoco vivo con rencor o reprochándome lo que no hice, el pasado esta muy atrás y ya nada se puede hacer con lo que hicimos o no hicimos, yo aprendí a perdonar incluso cuando nadie me pedía perdón. ¿Del futuro? El futuro no existe, hoy podemos morir y se termina todo. La vida es este momento, aquí y ahora, se vive cada minuto, no podemos vivir en las horas que han muerto, ni tampoco podemos hacerlo en los días que aun no nacen. Y ahora quiero que se pregunten… ¿están viviendo en el pasado? ¿Hacen cosas pensando en su futuro? ¿se dan cuenta que la vida es esta hecho de instantes nada mas?...-
Héctor sonreía mientras arqueaba las cejas. Creo que las arqueaba, porque es difícil saberlo cuando no se tienen cejas, pero estoy casi seguro que la carne de su frente se arqueo. Luego se callo. El silencio inundo la habitación. Ah, se trataba de una introspección, de responder las preguntas que recién había hecho. Lo supe porque el señor que estaba delante de mi se llevo la mano a la barbilla, señal inequívoca de reflexión. Sin quererlo, mi cerebro comenzó a trabajar en las respuestas, como un reflejo de defensa. Vivir en el pasado. No. Bien, no creo hacerlo, no es que pase los días recordando mis pocos días de gloria, o no es que pase gran parte del día haciéndolo. Por las mañanas se me van algunos instantes viendo el lado vacio de la cama es cierto, y luego veo el rostro de ella a la que no puedo olvidar aun. Luego un vacio inunda mi estomago y pienso que quizá ese día le hable solo para escuchar su voz, aunque nunca lo haga. Por las tardes cuando suelo caminar por el parque enfrente de mi casa, me vienen a la mente olores e imágenes de lugares que he visitado y me recrimino un poco por seguir aquí, haciendo de mi vida prácticamente nada. Y las noches… bueno, las noches son complicadas dejémoslo así. Eso no es vivir en el pasado creo yo, además de que no podemos olvidar nuestros errores porque nos condenaríamos a repetirlos. No, contestando tu pregunta Héctor, no vivo en el pasado. ¿Pienso demasiado en el futuro? No. No creo. ¿Que es exactamente pensar el futuro? Por supuesto que hago planes, que seria la vida sin hacer planes y además… luego recupere mi libre albedrio. Estúpidos reflejos, yo no quería siquiera pensar en las preguntas, así que deja a un lado la introspección y comencé a observar el auditorio. Como ya había dicho, principalmente se trataba de mujeres ya entradas en años, algunos señores y dos o tres grupos de primaria. Todos con cara meditabunda. Se dejaron escuchar algunos susurros entre la audiencia, por lo que Héctor comenzó a hablar de nuevo. Antes de que hiciera otra pregunta que obviamente yo no quería contestar, me levante y me escondí de nuevo en el camerino. Tome un plátano que también pele muy lentamente, y que mastique como mínimo unas sesenta veces antes de pasar cada bocado. El aburrimiento ya era hastió, y el hastió pronto se convertiría en sueño. El sillón era cómodo, por lo que paso lo que tenia que pasar. No pasaron cinco minutos cuando una espantosa melodía me despertó de mi hermoso letargo mata conferencias. Me levante de un sobresalto, y de nuevo, traicionado por mis reflejos, me dirigí otra vez a la sala de conferencias. Héctor movía los brazos en lo que supongo, era el mejor intento de un desahuciado baile. Luego comenzó a cantar. Cantaba mejor que yo, lo cual no era siquiera una aproximación ridícula a un cumplido, pues canto horrible. Más que horrible. Conocía la canción, creo recordar que había sido el tema de alguna campaña publicitaria hace ya algunos años.
“abre tus brazos fuertes a la vida, no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá… abre tus brazos fuertes blablabla, que nada te llevaras, blablabla…” algo de ángeles y ya no recuerdo que mas. Todo el asunto comenzaba a parecerme patético, todo en conjunto pintaba un cuadro más bien melodramático y algo morboso. No me sentaba la idea de que alguien pasara así sus últimos días, mal cantando frente a una audiencia de personas de las cuales, probablemente una parte estaría ahí por obligación, y la otra porque no tenia nada mejor que hacer. Se me escapo una sonrisa. Lo mas seguro es que a Héctor no le molestara, incluso creo que se vanagloraria de haberme hecho reír. Cuando termino de cantar el publico respondió de nuevo con aplausos y silbidos. Y luego pensé en porque aplaudían. No creo que fuera por su maravillosa canción o por sus dotes artísticos o interpretativos. Entonces aplaudían porque el tipo tenia cáncer y no le quedaba mucho tiempo de vida, pero aun así estaba ahí, gastando sus últimos días dando testimonio de lo hermoso que a el (y creo que debería remarcar “el”) le parecía la vida. No quise adentrarme mucho en eso, en que tan moralmente aceptable pueden ser esos aplausos de reconocimiento que fácilmente se pueden ver como de lastima. Y no importa que nadie del publico lo pensara así, que nadie le tuviera lastima, pero las multitudes son mas fáciles de interpretar que los individuos. Cuando un individuo sonríe puede tener ochocientas connotaciones distintas, pero cuando una multitud de pone de pie para aplaudirle a un moribundo que acaba de cantar pesimamente (ya por el cáncer que probablemente tiene en la garganta o porque simplemente no tiene talento) durante casi dos minutos, no es tan difícil adivinar los motivos que los orillan a ese tipo de comportamientos. Empatía o lastima. O ambas. Una empatía lastimera. Si fuera posible juntar todos los pensamientos de la multitud en uno solo (esto de manera figurativa, como si existiera alguna formula para promediar las ideas) estoy seguro de que seria algo así como “alma mía de su vida, pobrecito! Que valiente! Míralo ahí, muriendo y aun tiene ánimos de cantar! BRAVO!”. Yo no aplaudí. No lo hice porque canto pesimamente. Y no le iba a aplaudir porque tuviera cáncer, eso ni a el le agradaría. ¿Entonces por que sonreía cuando le aplaudieron? ¿Pensaba que fue por su calidad vocal? ¿o sabia que era por que estaba condenado a muerte? ¿y que tan valido es una u otra de esas razones?. Bah. Como decía, ya todo era un cuadro patético de melodramatismo, una celebración de la vida propia por la muerte de otro. ¿Cuál era el mensaje final de esto? “aun estoy vivo, el esta muriendo, desde ahora viviré de manera diferente, no desperdiciare mi vida, no mas..” .Algo así supongo. Pero bien, si a ellos les funcionaba, no era nada criticable lo que Héctor hacia. Seguía perdido en esos pensamientos y el continuaba hablando, hasta que una frase capto mi atención. “…ellos me tocaban…”. Carajo. ¿Qué quien te tocaba que Héctor?...
-…mi padre duraba días tomando, agarraba la borrachera desde el viernes y en ocasiones no las terminaba hasta el siguiente viernes. Una semana encerrado en la casa, con vivavillas que en aquel entonces costaban diez pesos. 3 por día. Siempre tenía amigos en la casa, si es que a eso se les puede llamar amigos. No se quien era el ventajoso, si mi padre que los tenia ahí a cambio de que continuaron suministrándole alcohol, o sus amigos que continuaban comprándole aguardiente a cambio de un lugar donde tomar. Mi papa hacia como si mis hermanos y yo no hubiéramos existido, pasaban los días y el continuaba en lo suyo, pasaban las semanas y ni una palabra. Yo sabia que no había que hablarle, porque cada vez que lo hacíamos el reaccionaba como un animal y nos daba unas palizas de aquellas. Pero mis hermanos eran menores y en ocasiones se les olvidaba… es una ocasión se me ocurrió decirle a mi hermano que mi cumpleaños estaba muy cercano, y el, inocentemente le pregunto a mi papa con voz de juego “quien crees que cumple años en dos semanas pa´?”. Con la mirada perdida y ahogado en alcohol, se levanto a tropiezos de la cama, se quito el cinto, y comenzó a pegarle a mi hermano. Corrí desde la cocina, y me puse en medio de mi hermano y mi papa. El seguía gritando y levantando el brazo, “¿tu lo mandaste verdad? Para que me dijera que iba ser tu cumpleaños!”. ¿y saben algo? Yo estaba feliz, porque sabia que ese cinto no le pegaría mi hermano, porque sabia que el estaba en la cocina, asustado quizá, pero nadie lo estaba golpeando…-
Por dios Héctor… comenzaba a serme bastante inverosímil… comenzaba a pensar que solo jugaba con las sensibilidades de la audiencia. Y luego continuo:
-y mi papa se ahogaba en alcohol, y sus amigos seguían ahí, hombres que mi papa apenas conocía, teporochos de la colonia, almas perdidas… y en mas de una ocasión, algunos de ellos entraban por la noche al cuartito de cartón donde dormíamos yo y mis hermanitos, y se acostaban en medio de mi hermana y yo, y me tocaban, y yo veía como tocaban a mi hermana, pero teníamos demasiado miedo para hacer algo, solo nos quedábamos ahí, llorando, esperando que se quedaran dormidos o se fueran…-
Parecía que la habitación estaba muerta. Solo se escuchaban algunos sollozos perdidos entre la multitud. Al observar mejor, pude ver que había varias señoras llorando. Se mantenían inmutes, pero las lagrimas se resbalaban por sus mejillas. Héctor había tocado una fibra sensible, cierto, la pedofilia tiene ese efecto sobre las personas, les parece demasiado grotesco, demasiado horrible… y no se a donde quería llegar Héctor con eso. Se trataba de narrar tragedias creo, me di cuenta que no buscaba la empatía de las personas, no puedes pedir empatía a una multitud en base de abusos sexuales, eso iba mas allá, quizá se trataba de sensibilizar al publico, o de mostrar lo espantosa que la vida puede ser y aun estar bien dispuesto a sonreírle a lo que venga. O quizá alguien le había dicho a Héctor que el cáncer se podía curar con lágrimas ajenas. No lo se. En ese momento me deje entregar un poco a mi humanidad, y sentí empatía o algo así. Si, quizá sea un poco insensible, o un mucho, quizá parezca que no me importa nada, quizá sea cierto, pero tampoco estoy hecho de basura. He de suponer. El pobre hombre tenia cáncer, un padre alcohólico, una madre ausente, vivía en un casa de cartón, y además, encima de todo, sufría abusos sexuales.
(Dios se ensaño con este cabron)
Me reí un poco de mi pensamiento. Me reí solo por dentro, siempre he podido conservar la postura en esas situaciones, porque no podía ignorar a la veintena de señora que continuaban llorando a mi alrededor. La idea de volver a atrincherarme en el camerino no parecía tan mala, pero en ese momento, un amigo que no veía desde hace tres o cuatro años, se sentó a un lado. No había cambiado mucho, tendría unos tres kilos de más, el pelo un poco mas corto, pero en esencia, era el mismo Pepe de los años de escuela. Sonreía como la última vez que lo vi.
-¿Qué estas haciendo aquí?- susurro de manera muy poco efectiva
-soy chofer del tipo con cáncer- dije entre dientes mientras señalaba a Héctor
-¿que fuerte historia no?- pregunto de forma casi acusativa
-si- dije después de dudar unos instantes…
Que fuerte historia. A eso lo resumía Pepe. No estoy muy seguro de que es lo que quiso decir con “fuerte historia”, si se refería a la profundidad del relato, o la fuerza de la narrativa, o al trasfondo ético de la novela… pero lo dijo de una manera casi absoluta, haciendo énfasis en “fuerte” y el ultimo “no”, como ya sabiendo la verdad, como solo esperando una respuesta que tendría que ser confirmativa. Tuve que decir que si. No se si porque lo pensaba así en ese momento o porque me daba pereza discutir.
-creo que es homosexual…- dije a manera de broma, tuve que reír un poco para que Pepe se diera cuenta de eso y afortunadamente el rio también. La historia no era tan “fuerte” como para no poder burlarnos un poco.
-¿lo besarías si fuera su ultimo deseo?- pregunte
-creo que si… ¿tu lo harías?- dijo sonriendo de nuevo
-no… no es mi tipo- conteste mientras observaba a Héctor. Los dos reímos. Héctor continuaba hablando:
-… y eso es lo que me ha ayudado a enterrar el pasado. El perdón. Aprendí a perdonar aun cuando nadie me había pedido perdón. Y es diferente a olvidar, no perdonamos por que olvidamos, perdonamos porque nos quitamos los rencores de encima, porque todos los reproches guardados no son mas que veneno, veneno que infecta nuestra alma, veneno que puede terminarnos, por eso yo perdono pero no olvido, porque es la vida es tan bella y en ocasiones tan corta, que no vale la pena pasarse los días así. Aprendan a perdonar para que puedan ver con claridad la vida. Y déjenme les digo, que hace un mes inauguramos un nuevo tumor en los lagrimales, y en menos de un mes perderé la vista, por eso ahora, me dedico a guardar imágenes bonitas para cuando se apague la luz, tengo algo que recordar…-
Y luego esa sonrisa de suficiencia de nuevo., una sonrisa casi retadora, incitante, azuzando al publico como a un toro, esperando que este saliera de su letargo con un largo suspiro, un suspiro quejumbroso y lastimero, no si era mas empatía o mas lastima, no se que estaba buscando Héctor, en ese momento solo trataba de mantenerme alejado del foro, no quería pensar mas en eso, sentía como si alguien tratara de atacar mi tristeza y mi dolor, como un pavorreal con una cola claramente mas grande y con mas colores, pavoneándose de un lado a otro, emitiendo graznidos y moviendo la cabeza como si fuera a picotearme, queriendo dejar muy claro que todo lo que yo sentía, era minúsculo, ridículo, maldita sea, como si no tuviera ya problemas para justificar todo eso, como si en ocasiones no sintiera que toda la nausea que siento es inútil, desplantes de un ridículo hombrezucho con complejos de genio atormentado, maldita sea, no quería pensar en eso, quería alejarme con lo mío, esconderlo lejos de este moribundo que se dedicaba a robárselo a las personas sin cáncer, a las personas que nunca fueron sexualmente abusadas, a los que no nos vamos a quedar ciegos, a los que no somos como el. Sentí la inmensa necesidad de salir corriendo de ahí, de pasar en medio de todas las sillas, de empujar a la gente, de hacer un escándalo, de robarle algo de la atención que tenia de toda la gente, pero me quede ahí, sentado y tratando de casi no moverme, y luego vi a Pepe. Seguía sonriendo, pero tenia los ojos llenos de agua, a punto de desbordarse, Pepe, el que siempre sonreía, había sido alcanzado por Héctor. No supe que sentir o hacer y el estaba en la misma situación. Volteo a verme y medio abrió la boca, se le quebró la voz, mas agua en sus ojos, no dijo nada mas. Me sentí un poco incomodo, así que mejor me levante, toque el hombro de Pepe esperando que entendiera el gesto de apreciación, y me fui sin decir nada mas. El estaría mas cómodo solo, con Héctor y su dolor. Luego de nuevo en las barracas, hurgando entre la fruta y tratando de no escucharlo mas. Claro que la intención de Héctor no era minimizar el dolor de los demás, pero así era como yo lo percibía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Esa voz llena de alegría se escuchaba lejos, pero aun así retumbaba en mis oídos y rebotaba en mi cabeza una y otra vez.
-y una semana antes de navidad, cuando trabajaba limpiando vidrios en un crucero, una señora me dio una cajita con tres pelotas de ping-pong. Por esas fechas también trabajaba en una carpintería haciendo el aseo, y le pedí al maestro carpintero algo de los deshechos que iba a tirar. ¡Iba a hacer una mesa de ping-pong!, haría las raquetas y pintaría la madera, y el día de navidad, debajo del árbol que todos los años estaba vacio, pondría la mesa y mis hermanitos tendrían un regalo por primera vez en sus vidas. Comencé a trabajar en el patio de la casa, no podía decirle a mis hermanos que estaba haciendo porque era una sorpresa, pero Carlitos, que tenia seis años en ese entonces, estaba pregunte y pregunte “que estas haciendo, que estas haciendo, que estas haciendo”, le dije que se metiera a la casa porque me iba a tirar la madera, pero no hizo caso, y bueno, efectivamente tiro la madera, tiro la mesa y la rompió en dos. Sentí mucho coraje y lo nalguee. Comenzó a llorar como si alguien le hubiera pegado con un tubo. Estaba inconsolable, pero no era por la nalgada, sino porque se sentía culpable. Yo también comencé a llorar del coraje, Salí del patio y me senté en la banqueta. Carlitos se sentó a mi lado y sollozando me decía “perdón, manito, perdón”. Yo quería decirle que estaba bien, que no pasaba nada, pero el coraje era demasiado y la voz no me salía. Cuando por fin me calme, voltee a ver mi hermano para decirle que todo estaba bien y esa fue la ultima vez que lo vi vivo. La defensa de un carro le dio justo en la frente. Y ahí estaba, mi hermanito tendido en la calle lleno de sangre, yo a su lado, embarrándomela en el cuerpo para ver si podía compartir algo del dolor, para ver si me hermanito se levantaba, pero ya era demasiado tarde para decirle que lo perdonaba…-
No me esperaba eso. Toda la conferencia era un increscendo de desgracias y tragedias, cada vez mas triste, cada vez mas doloroso, cada vez mas crudo. Ya no sabia que pensar o sentir, solo deseaba que terminara pronto, que Héctor nos contara la desgracia mas grande todas para poder irnos a nuestras casas con nuestros propios dolores. No tenia que salir para comprobar que seguramente todo el publico estaba llorando, pero aun así lo hice. El seguía hablando, diciendo algo del perdón y de la importancia de decir las cosas a tiempo, y la gente seguía sumida en las miserias del moribundo, y yo, bueno yo estaba un poco aturdido si he de ser sincero, aunque en el exterior fuera toda tranquilidad y todo temple, he de admitir que por dentro, y solo por ese momento, llegue a dudar de mi capacidad para hacer un lado los problemas ajenos. El folleto de la presentación de Héctor rezaba algo así como “cambia tu vida” o algo así. ¿y si realmente este sujeto tenia la capacidad para ir de pueblo en pueblo, contando lo mal que la vida lo había tratado, con una sonrisa de oreja a oreja, cambiando la perspectiva de los desdichados que iban a verle?. Si, por un momento así lo creí, por un momento minimice todos mis problemas, todas mis desgracias, todas las pequeñas situaciones que me acontecen y que mi quitan el sueño, todas las cajas llenas de ilusiones muertas que acarreo como una cruz, todos los prejuicios hacia mi mismo y hacia los demás que me siguen como una sombra y que me hunden mas en este juego que se llama vida, todas mis falsas percepciones, todo parecía tan pequeño, tan insignificante al lado de la vida de ese hombre con tubos en el vientre. Estaba anonadado, tuve que sentarme para evaluar mi sorpresa. Esa fue la ultima desgracia que conto Héctor, de ahí en adelante se dedico a pregonar sus éxitos en la vida, que había ganado el campeonato nacional de matemáticas y obtenido el segundo lugar en el mundial de números, de cómo había obtenido una beca para estudiar en una universidad de prestigio, de su maravilloso promedio que le valió estudiar en el extranjero, de conocer no se cuantos países, de haber sido subgerente de una importante empresa a los veintitrés años… y la lista seguía, algo de un doctorado y otra cosa del gobernador de no se que parte. Comenzaba con lo trágico, seguía con lo bueno y terminaba con una canción y un aplauso de siete minutos. Ya al final de la conferencia, la gente se le arremolinaba para abrazarle, para desearle lo mejor, para darle donativos, para pedirle autógrafos, y siendo parte de mi trabajo, tuve que quedarme a su lado como si se tratara de una estrella de televisión, diciendo una y otra vez “si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte, si lo vas a abrazar que no sea muy fuerte”. Al cabo de una hora de lo mismo, la fila por fin termino. Salimos del auditorio cerca del medio día, y en esa ocasión Héctor prefirió ir atrás. Se puso gafas oscuras y una gorra, prendió un cigarro y no me ofreció nada –¿que es lo peor que puede pasar? ¿Qué me de cáncer?- dijo bromeando. Le pregunte a donde quería ir, me dijo que lo llevara al lugar mas turístico de la ciudad. Lo lleve al calabozo donde murió Hidalgo y luego a caminar por la calle Libertad. Una mujer lo reconoció y se le acerco para felicitarlo, luego lo acompañe a comer con los demás conferencistas y los organizadores del evento. En el restaurant habría cerca de ocho personas, entre conferencistas y directivos. Cuando le preguntaron que quería comer, el dijo que tenia que seguir una dieta muy estricta, libre de grasas, azucares y carbohidratos, pero que ese día en particular la pasaría por alto. Era viernes santo, o viernes de esos de cuaresma y el pidió un filete termino medio. Yo sabia que no debía hablar frente a los jefes y realmente no tenia deseos de hacerlo. Entre los conferencistas estaba una diputada feminista de Ecuador que había hablado de la equidad de genero, otra conferencista bizca que era de la capital y que hablaría del derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, además de los choferes de estas, representantes del municipio y un padre amigo de una de ellas. Cuando llegamos estaban hablando de una ley proaborto que recién se había aprobado en Ecuador, todos se mostraban un poco indignados y luego Héctor dijo algo como “yo nunca abortaría, la vida es tan hermosa blablabla, yo el cáncer blablabla…”. Luego otra de las conferencistas hizo un comentario acerca de la catedral y Héctor rápidamente desvió de nuevo la conversación hacia el “a si, de hecho de ahí venimos, preciosa la catedral, hubieran visto en calle, mucha gente se acercaba a saludarme, es muy bonito cuando se tiene la oportunidad de conocer asi a las personas…”. Y Héctor lo logro, desvió la mayor parte de la atención hacia el, La comida se convirtió en una sesión de preguntas y respuestas, ¿Qué tipo de cáncer tienes? ¿hace cuanto lo detectaron? ¿Cuál es tu esperanza de vida? ¿en verdad tienes una escuelita de niños con cáncer? ¿Quién te financia eso? ¿Cuántas conferencias das por mes? ¿no cobras? , tengo cáncer en el estomago y en los intestinos, me lo detectaron hace seis años, los doctores no me dan mas de tres meses, es una organización donde ayudamos a niños con cáncer pero le decimos escuelita de cariño, nadie me financia, yo consigo recursos de aquí y de allá, doy hasta veinte conferencias por mes, yo no cobro; luego miradas de compasión y de admiración, luego la sonrisa de suficiencia de Héctor, hablando de niños cancerosos que duermen en cuevas mientras mordisqueaba su filete de trescientos pesos, le daba un sorbo a su tequila y hablaba de filas de personas deseosas de conocerlo que yo sabia que nunca existieron. Dude. Es decir, no dude de las buenas intenciones que pudiera tener, porque incluso si todo hubiera sido una mentira destinada a sacar provecho económico, el mensaje que daba se podía considerar objetivo, las reacciones que despertaba en la gente eran evidentes y el efecto era a luces positivo, no obstante de todas las deficiencias que pudieran existir, de los huecos y de las muy viables exageraciones, de las mentiras blancas y de los cuentos ajenos. ¿Qué tan criticable era mentir o exagerar si el propósito era “bueno”? , y encomillo la palabra bueno por lo relativo que el concepto puede ser. Bah, a mi que me importa, a mi que me importaba y que me importara todo el asunto. Al siguiente día el tipo se marcharía y jamás lo volvería a ver, ya sea por el cáncer, ya sea porque no existían motivos para ello. Pero aun así, no obstante de todos esos detalles, de que realmente no debería importarme, había algo en todo el asunto que me molestaba, algo que deseaba gritarle en el oído a Héctor, un sentimiento que bien podría ser un primitivo deseo de simplemente darle un golpe en la boca del estomago para ver si eso seria suficiente para matarlo. Contemplaba a Héctor hablar, quieto, muy quieto, apenas respirando, sin parpadear, mientras imaginaba que brincaba sobre el y le clavaba el tenedor una y otra vez hasta sacarle el ultimo de los tubos de su estomago, cuando finalmente termino su monologo, se despidió de los comensales y pidió que nos retiráramos. Me levante y asentí con la cabeza a modo de un adiós, siendo yo un simple elemento de logística, no requería mas formalidades que esa. Aun quedaban tres horas para su otra conferencia, la que le daría al auditorio mas joven, así que me pidió que lo llevara al hotel para que pudiera descansar un poco. En esa ocasión rechace su invitación a subir y le dije que mejor lo esperaría en el lobby. Al cabo de dos horas, Héctor bajo con mirada cansada. no sentía muchos deseos de hablar, por lo que, lo mas cortésmente que pude, cortaba las platicas lo mas rápido que podía. Ya casi por llegar al auditorio, Héctor me pregunto que edad tenia, le dije que en unos cuantos meses cumpliría los veintisiete, luego dijo muy soberanamente “espero que alcances la edad que aparentas”, lo dijo sin dejar de sonreír, sin mostrarse hostil, como con los mejores deseos. No dije nada, el tampoco, cada quien a los suyo, yo al camino y seguramente el volteo los ojos para poder verse por dentro. La otra conferencia fue básicamente igual a la de la mañana, aunque me di cuenta que improviso un poco, al hacer mas chistes y utilizar palabras como cabron y valemadrismo. Logro las mismas reacciones, incluso algunas mas fuertes, una niña que apenas tendría quince años no dejo de llorar en toda la conferencia, a un tipo de la sierra (y lo digo no tanto por la cachucha que tenia la leyenda “mis tres gallos” y con el grabado de lo que supongo eran tres gallos, sino por el marcadísimo acento con el que hablaba) se le quebró la voz cuando al final tomo el micrófono para decirle a Héctor que hasta ese día “yo estaba perdido”, y al final fue un poco mas de los mismo, la fila interminable de chavitas y chavitos que querían agradecerle, y bueno, alguien se equivoco al presentarme como el representante del moribundo, así que en esa ocasión no tuve que preocuparme por cuidar que no fueran a sacarle los adentros de tanto abrazo, sino que solo tuve que decirle a unos de los gorilas de seguridad que si podían encargarse de eso. Después de terminar con los abrazos, Héctor fue invitado por el comité que organizaba, a la tradicional celebración de bienvenida (pues el evento apenas duraba dos días) que hacían en una casa que se alquilaba para fiestas. Héctor acepto, por lo que mi turno se alargo aun mas. Eran casi las diez de la noche cuando esperaba que Héctor terminara con su sesión de… acomodamiento de tubos nocturna he de suponer, llevaba casi dieciséis horas moviéndome de un lugar a otro, por lo que cargue un café a la cuenta del comité y me senté en el bar a esperar a que todos los tubos terminaran de arreglarse para salir de noche. La fiesta estaba atiborrada de chavales de todos tamaños y colores, supongamos que la edad media no rebasaba los diecisiete años, aun así había barra libre porque unos de los principales patrocinadores era una nueva marca de sotol, aunque había “un estricto control sobre la distribución de alcohol”, pude ver a niñas de catorce años sorbiendo margaritas hechas a base de hielo. Pero bueno, por supuesto que una persona del calibre de Héctor no estaría con la plebe, por lo que fuimos pasados a la área de gente muy importante, donde el se acomodo entre el dueño de la nueva marca de sotol y el hijo del alcalde. Yo me alinee con el resto del personal de seguridad y choferes, pero Héctor me mando llamar para que me sentara entre el y el hijo del alcalde. No voy a ponerme a decirles que Héctor se dedico a hablar de el porque seria como estarse quejando, y no pretendo quejarme por algo que no debería importarme. Pero el caso es que así lo hizo. Duramos cerca de tres horas ahí, sentados y observándolo, a el y solo a el. Y afortunadamente eso sirvió de catalizador para que el tipo terminara por causarme asco. Mientras el seguía hablando de lo mismo, en mi muy personal análisis del día, termine por darme cuenta que el no tenia mas poder sobre mi que las demás personas. No tenía por que sentirme mal por el, no tenia que cambia mi manera de ver la vida, ni siquiera era valido considerar que conocerlo había sido un evento medianamente trascendente. Por eso me apresure a escribir estas líneas, antes de que todo terminara por olvidarse. Al siguiente día el se marcharía y jamás volvería a verlo. Otro individuo mas que tengo el poco placer de conocer, y que terminaría en la lista de gente poco importante que guardo en un rincón perdido de mi cerebro. El no era mejor que yo, su dolor no era mas importante que el mío, sus historia bien podrían ser falsas y aunque fueran ciertas, no eran mas trascedentes para el resto del universo que las mías propias, es decir, realmente importaban un carajo, si, tenia cáncer, pero no era motivo para aplaudirle y darle una medalla, millones de personas mas están enfermas, millones de personas mas han tenido una vida tan dura como la de el, millones de personas mas morirían el mismo día que el, y todo seguiría igual, nadie marcaria la mínima diferencia, su dolor, mi dolor, y el dolor del resto de las personas de la habitación y de la fiesta, era el mismo, la gente puede lamentarse por tener cáncer o por que su equipo de futbol no gano ese día, por haber perdido la casa en una apuesta o por terminar una relación de tres años, por no haber podido ir a la fiesta de tu madre o por la novela de las cuatro. Todos elegimos nuestros dolores, todos elegimos como los afrontamos, todos elegimos que es lo nos importa, y si yo quiero amargarme por simplemente no ser feliz, o si la vecina opta por huir por que su esposo la golpeo de nuevo, o si Héctor cree que sonreír es la mejor manera de recibir a la muerte, lo que sea, es lo mismo, son decisiones tomadas individualmente, unilaterales y arbitrarias, y todos importan lo mismo hablando de lo trascendente que pueden llegar a ser. Al final nada de eso va importar.
Decidí ocuparme con una mandarina que había guardado, masticando muy lentamente, haciendo tiempo y esperando que ese día terminara.
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