Recuerdo que en los últimos días de vida de la abuela, nadie en la casa decía una sola palabra. Ni siquiera estoy segura de que la abuela aun escuchara, pero parecía que nadie quería interrumpir su agonía. Desde antes de que la abuela enfermara, yo tenia la costumbre de correr en el parque antes de ir al trabajo, luego tomaba café con la abuela en el balcón. Recuerdo que siempre la encontraba sentada con un rosario en la mano, en ocasiones sonriendo, y otras veces al borde del llanto. Nunca pregunte porque. La abuela no hablaba mucho, supongo que yo tampoco lo hago, solo nos sentábamos a ver salir el sol sin decir nada. Son los únicos recuerdos que tengo de la abuela antes de que enfermara.
Era curioso, pero la casa parecía morir junto con ella. Las tías iban a diario a hacer el aseo, regaban las plantas y hacían comida. La casa no estaba sucia, pero se sentía un ambiente mortecino, la luz parecía mas tenue, el sol no lograba entrar por completo y el aire estaba completamente enrarecido. La habitación de la abuela originalmente estaba en el segundo piso, cuando su enfermedad comenzó a empeorar la cambiaron al piso de abajo, hacia al final de su enfermedad decidieron volver a instalarla en la planta alta, no en su habitación, sino en el cuarto al final del pasillo. Los gemidos de la abuela parecían una grabación y no era algo que la familia deseara que escucharan los visitantes. En la casa había un constante entrar y salir de personas, amigos de la familia, parientes lejanos, ex novios de la tía Flor, compadres del tio Mario, amiguitas de las primas. Por supuesto que no subían, nadie veía a la abuela mas que los parientes mas cercanos. Todos se quedaban en la planta baja hablando de nada y tomando café con galletitas. Aun asi, en los espacios de silencio que eran muy pocos cuando había visitas, si se prestaba atención, era posible escuchar los lamentos de la abuela. En ocasiones me gustaba sentarme a ver a la gente hablar y tratar de encontrar el sonido perdido que la abuela emitía sin cesar.
Los doctores dijeron que no sufriría, que se trataba de una enfermedad por demás indolora, que el mal que se extendía por su cuerpo no atacaba las terminaciones nerviosas, solo el tejido muscular que rápidamente se transformaba en tejido necrótico. El doctor venia cada cinco días a lo que yo pensaba eran, sesiones cersenatorias, por que realmente lo único que hacia era remover la carne que iba muriendo. Quizá hacia al final de su vida a la abuela le entro una necesidad imperante de hablar, de contar historias, de preguntar, de saber, de cantar, de sentirse escuchada, aunque sin una lengua que estructurara las palabras, lo mejor que conseguía, eran sonidos graciosos. Desde que despertaba hasta que el cansancio de estar acostada todo el dia la vencía, la abuela gemía y se quejaba, no de dolor físico aparentemente, sino de desesperación por comunicarse.
Para la abuela no era un conflicto morir, eso nos lo dejo muy claro desde que supimos de su enfermedad y ella tomo la actitud mas estoica posible. Nunca la escuche quejarse, nunca la vi llorar, decía que su tiempo estaba por terminar y que se iría con la frente en alto, tal como lo hizo el abuelo. Nunca pregunte como murió el abuelo.
Durante los primeros años de su enfermedad, la abuela se negaba a recibir ayuda alguna, ella hacia todas las labores de la casa aun con mas fuerzas que antes. Yo seguía tomando el café con ella por las mañanas, sin hablar como siempre lo habíamos hecho. Ella Veía al horizonte de una manera muy extraña, como retando al sol, o a la vida, sonriendo burlonamente de ella misma o de su enfermedad. Yo la veía sin preguntar nada hasta que terminaba mi café, la besaba en la frente y mi iba al trabajo. La enfermedad duro casi un año en comenzar a lastimarla realmente. Los primeros síntomas eran solo manchas oscuras en las manos y pies, del tamaño de pecas y luego como lunares, que eventualmente comenzaron a crecer hacia los lados y luego hacia adentro. Cuando comenzaron a ennegrecerse le pregunte si le dolía. Todo lo que obtuve fue un lacónico No. A los ocho o nueve meses de que los manchas comenzaron a aparecer, la amputaron el dedo índice de la mano. La operación fue en un hospital, aunque el doctor dijo que no era necesario internarla, que la carne estaba muerta y era un procedimiento que se podía realizar en casa. Nadie de la familia acepto. Después del dedo índice le siguieron el menique, el anular, el pulgar y luego toda la mano derecha. Un pie también comenzó a podrirse un poco después. La mano y el pie izquierdo le fueron amputados el mismo dia. Tomo su nueva discapacidad sin decir nada, tampoco quiso hacer lo imposible, cuando perdió las manos y el pie dejo de hacer cosas, las tías comenzaron a ir a la casa a diario a hacer el quehacer, ella se sentaba va ver la televisión o en el jardín debajo del álamo. Seguía sin hablar. Yo seguía tomando el café con ella, todas las mañana la encontraba sentada en la cama, supongo que rezando aunque no estoy seguro de aquí asi fuera, puesto que ya no tenia manos para sujetar el rosario. Le daba los bueno días y la movía a la silla de ruedas para llevarla a la terraza. Al principio no sabia si darle o no café, así que simplemente evitaba tomarlo enfrente de ella, pero después ella me dijo que no le molestaba que lo hiciera. Todos los días la llevaba a la terraza y después iba por mi café, lo tomaba a un lado de ella, viendo salir al sol sin hablar. Nunca le ofrecí un sorbo.
Con el tiempo la enfermedad fue empeorando. Poco a poco los carne muerta fue avanzando por sus miembros, despacio pero de manera segura, las manchas negras se fueron comiendo las piernas y brazos de la abuela. El pelo comenzó a caérsele y nuevas ronchas aparecieron en su torso y rostro. La abuela nunca dijo nada al respeto. Mas y mas gente comenzaron a llegar a la casa de visita, la abuela ya estaba de nuevo en la planta alta, aun podía hablar pero rara vez lo hacia. Durante los primeros meses del ultimo año de la abuela, los llantos venían de abajo, de las hijas e hijos de la abuela, de mi propio padre, de mi hermano, de mis primos y primas, de los pequeños sobrinos que no podían subir a verla. Solo yo y mi hermana nunca lloramos. Yo seguía asistiendo puntual a mi cita toda las mañanas, antes de las siete llegaba al cuarto de la abuela y la ponía en la silla de ruedas, luego la sacaba a la terraza y me tomaba mi café. Los mismos buenos días sin el beso en la frente. La enfermedad no era contagiosa pero prefería no hacerlo. La abuela pareció entenderlo perfectamente, puesto que nunca hizo ningún comentario al respecto.
No creo que la abuela y yo tuviéramos un lazo especial, uno diferente al del resto de la familia. Me gusta pensar que la abuela era pragmática, asi como yo lo soy, pragmática y discreta, del tipo de personas que no dice nada si no tiene nada bueno que decir. Eso me gusta pensar por que de alguna manera es la única percepción positiva que tengo de mi mismo. Asi que no había razón para llantos y palabras de consuelo, ella estaba enferma y no hay nada que nadie pudiera hacer al respecto. Ella mismo lo dijo y yo compartía ampliamente su opinión. Volar no es posible no importa que tan fuerte se desee. Es una de las pocas cosas que la abuela me enseño.
Eventualmente la abuela perdió el habla. Una pequeña laceración le apareció en la lengua y a los pocos días tuvieran que removérsela. Fue cuando comenzó a emitir sonidos todos los días, a toda hora. Deje de sacarla a la terraza, porque creo que dejo de agradarle mi compañía, pues apenas me veía y comenzaba a gemir. Aun asi todos los días llegaba a darle los buenos días y luego me iba a tomar mi café al balcón.
Hacia el final de octubre, a la abuela le faltaba una pierna completa, otra a la mitad del muslo, los dos brazos hasta al hombro, un seno y una oreja. Tampoco tenía pelo, le faltaba un parpado, el labio superior, la mitad de los dientes y una mejilla. Además no tenia lengua y la nariz no era mas que un pequeño muñón sin forma. La abuela murió hace tres días. Ahora tomo el café en mi casa
Era curioso, pero la casa parecía morir junto con ella. Las tías iban a diario a hacer el aseo, regaban las plantas y hacían comida. La casa no estaba sucia, pero se sentía un ambiente mortecino, la luz parecía mas tenue, el sol no lograba entrar por completo y el aire estaba completamente enrarecido. La habitación de la abuela originalmente estaba en el segundo piso, cuando su enfermedad comenzó a empeorar la cambiaron al piso de abajo, hacia al final de su enfermedad decidieron volver a instalarla en la planta alta, no en su habitación, sino en el cuarto al final del pasillo. Los gemidos de la abuela parecían una grabación y no era algo que la familia deseara que escucharan los visitantes. En la casa había un constante entrar y salir de personas, amigos de la familia, parientes lejanos, ex novios de la tía Flor, compadres del tio Mario, amiguitas de las primas. Por supuesto que no subían, nadie veía a la abuela mas que los parientes mas cercanos. Todos se quedaban en la planta baja hablando de nada y tomando café con galletitas. Aun asi, en los espacios de silencio que eran muy pocos cuando había visitas, si se prestaba atención, era posible escuchar los lamentos de la abuela. En ocasiones me gustaba sentarme a ver a la gente hablar y tratar de encontrar el sonido perdido que la abuela emitía sin cesar.
Los doctores dijeron que no sufriría, que se trataba de una enfermedad por demás indolora, que el mal que se extendía por su cuerpo no atacaba las terminaciones nerviosas, solo el tejido muscular que rápidamente se transformaba en tejido necrótico. El doctor venia cada cinco días a lo que yo pensaba eran, sesiones cersenatorias, por que realmente lo único que hacia era remover la carne que iba muriendo. Quizá hacia al final de su vida a la abuela le entro una necesidad imperante de hablar, de contar historias, de preguntar, de saber, de cantar, de sentirse escuchada, aunque sin una lengua que estructurara las palabras, lo mejor que conseguía, eran sonidos graciosos. Desde que despertaba hasta que el cansancio de estar acostada todo el dia la vencía, la abuela gemía y se quejaba, no de dolor físico aparentemente, sino de desesperación por comunicarse.
Para la abuela no era un conflicto morir, eso nos lo dejo muy claro desde que supimos de su enfermedad y ella tomo la actitud mas estoica posible. Nunca la escuche quejarse, nunca la vi llorar, decía que su tiempo estaba por terminar y que se iría con la frente en alto, tal como lo hizo el abuelo. Nunca pregunte como murió el abuelo.
Durante los primeros años de su enfermedad, la abuela se negaba a recibir ayuda alguna, ella hacia todas las labores de la casa aun con mas fuerzas que antes. Yo seguía tomando el café con ella por las mañanas, sin hablar como siempre lo habíamos hecho. Ella Veía al horizonte de una manera muy extraña, como retando al sol, o a la vida, sonriendo burlonamente de ella misma o de su enfermedad. Yo la veía sin preguntar nada hasta que terminaba mi café, la besaba en la frente y mi iba al trabajo. La enfermedad duro casi un año en comenzar a lastimarla realmente. Los primeros síntomas eran solo manchas oscuras en las manos y pies, del tamaño de pecas y luego como lunares, que eventualmente comenzaron a crecer hacia los lados y luego hacia adentro. Cuando comenzaron a ennegrecerse le pregunte si le dolía. Todo lo que obtuve fue un lacónico No. A los ocho o nueve meses de que los manchas comenzaron a aparecer, la amputaron el dedo índice de la mano. La operación fue en un hospital, aunque el doctor dijo que no era necesario internarla, que la carne estaba muerta y era un procedimiento que se podía realizar en casa. Nadie de la familia acepto. Después del dedo índice le siguieron el menique, el anular, el pulgar y luego toda la mano derecha. Un pie también comenzó a podrirse un poco después. La mano y el pie izquierdo le fueron amputados el mismo dia. Tomo su nueva discapacidad sin decir nada, tampoco quiso hacer lo imposible, cuando perdió las manos y el pie dejo de hacer cosas, las tías comenzaron a ir a la casa a diario a hacer el quehacer, ella se sentaba va ver la televisión o en el jardín debajo del álamo. Seguía sin hablar. Yo seguía tomando el café con ella, todas las mañana la encontraba sentada en la cama, supongo que rezando aunque no estoy seguro de aquí asi fuera, puesto que ya no tenia manos para sujetar el rosario. Le daba los bueno días y la movía a la silla de ruedas para llevarla a la terraza. Al principio no sabia si darle o no café, así que simplemente evitaba tomarlo enfrente de ella, pero después ella me dijo que no le molestaba que lo hiciera. Todos los días la llevaba a la terraza y después iba por mi café, lo tomaba a un lado de ella, viendo salir al sol sin hablar. Nunca le ofrecí un sorbo.
Con el tiempo la enfermedad fue empeorando. Poco a poco los carne muerta fue avanzando por sus miembros, despacio pero de manera segura, las manchas negras se fueron comiendo las piernas y brazos de la abuela. El pelo comenzó a caérsele y nuevas ronchas aparecieron en su torso y rostro. La abuela nunca dijo nada al respeto. Mas y mas gente comenzaron a llegar a la casa de visita, la abuela ya estaba de nuevo en la planta alta, aun podía hablar pero rara vez lo hacia. Durante los primeros meses del ultimo año de la abuela, los llantos venían de abajo, de las hijas e hijos de la abuela, de mi propio padre, de mi hermano, de mis primos y primas, de los pequeños sobrinos que no podían subir a verla. Solo yo y mi hermana nunca lloramos. Yo seguía asistiendo puntual a mi cita toda las mañanas, antes de las siete llegaba al cuarto de la abuela y la ponía en la silla de ruedas, luego la sacaba a la terraza y me tomaba mi café. Los mismos buenos días sin el beso en la frente. La enfermedad no era contagiosa pero prefería no hacerlo. La abuela pareció entenderlo perfectamente, puesto que nunca hizo ningún comentario al respecto.
No creo que la abuela y yo tuviéramos un lazo especial, uno diferente al del resto de la familia. Me gusta pensar que la abuela era pragmática, asi como yo lo soy, pragmática y discreta, del tipo de personas que no dice nada si no tiene nada bueno que decir. Eso me gusta pensar por que de alguna manera es la única percepción positiva que tengo de mi mismo. Asi que no había razón para llantos y palabras de consuelo, ella estaba enferma y no hay nada que nadie pudiera hacer al respecto. Ella mismo lo dijo y yo compartía ampliamente su opinión. Volar no es posible no importa que tan fuerte se desee. Es una de las pocas cosas que la abuela me enseño.
Eventualmente la abuela perdió el habla. Una pequeña laceración le apareció en la lengua y a los pocos días tuvieran que removérsela. Fue cuando comenzó a emitir sonidos todos los días, a toda hora. Deje de sacarla a la terraza, porque creo que dejo de agradarle mi compañía, pues apenas me veía y comenzaba a gemir. Aun asi todos los días llegaba a darle los buenos días y luego me iba a tomar mi café al balcón.
Hacia el final de octubre, a la abuela le faltaba una pierna completa, otra a la mitad del muslo, los dos brazos hasta al hombro, un seno y una oreja. Tampoco tenía pelo, le faltaba un parpado, el labio superior, la mitad de los dientes y una mejilla. Además no tenia lengua y la nariz no era mas que un pequeño muñón sin forma. La abuela murió hace tres días. Ahora tomo el café en mi casa