Siempre me han gustado los animales. Mi primer mascota fue un pez, era rojo y aburrido, se pasaba los días flotando en su diminuta pecera. Ni siquiera recuerdo si tenia nombre. Luego tuve un perro. Un cachorro de esos que te roban las sonrisas. Se llamaba Pepe. Deben entender que solo tenía 6 años, así que mi falta de creatividad esta justificada. Nunca supe que fue de Pepe, los recuerdos son borrosos, pero lo más probable es que haya terminado en la granja de mi tío Skip. Creo que le preguntare a mi madre la próxima vez que la vea. Después de Pepe, vinieron más perros, más peces, un gato que nunca me gusto y un ratón que se llamaba Solovino.
Siempre tuve un animal a mi lado. Los recuerdos de mi infancia están basados en eso. Yo y mi perro jugando en mi cuarto. Yo y mi gato escondidos en la cocina mientras mi padre golpeaba a mi madre. Yo con mi ratón en las manos, alejándonos de otro pueblo. Yo y mis mascotas. Les hablaba. De vez en vez me contestaban. El día que deje de tener mascotas, deje de ser un niño. Tenía 16 años y huí de casa.
Quisiera un perro. Seria agradable tener compañía en las noches cuando llego de trabajar. Los perros son fáciles de querer, les encanta el contacto humano y siempre saben responder.
Hoy hable con mi madre. Le pregunte acerca de mi perro Pepe. Dijo que ni siquiera se acordaba de que yo tuviera un perro llamado Pepe. Dure hablando dos horas con ella. No lograba que se callara. Me hablo de lo mismo. De todo. ¿O debería decir de nada?. Odio las conversaciones por teléfono. No puedes ver a la persona a los ojos. Aunque por eso, tampoco me gustan las conversaciones frente a otra persona.
“Hay miradas que matan”. No. Pero hay ojos tan hermosos que es difícil verlos.
Seria un poco difícil tener un perro aquí. El espacio es poco y los vecinos muchos. No puedo de dejar de pensar en Pepe. Mi madre ha decidido fingir demencia. Supongo que mi padre podría decirme, quizá lo visite en el transcurso del año. El perro no es tan buena idea, no tengo espacio donde acomodarlo. Un gato comienza a ser una opción viable. Son más pequeños y limpios. No hacen ruido y pueden estar más tiempo solos. Quizá vayan más con la decoración. Siempre he querido un gato negro.
Me he acostumbrado a la soledad. No es tan difícil lidiar con ella. Las grandes ciudades son como monstruos que se comen a las personas, y las digieren lentamente en algún rincón perdido de uno de los muchos que hay aquí. Las grandes sociedades modernas están hechas para desindividualizar a las personas que ya están solas.
¿ para que dispararle a los muertos?
Ni un gato será. El casero fue muy explicito, tanto como arbitrario. No lo se, quizá motivos cabalísticos, pero “ni una pelo de gato en este edificio!”. Mi madre hablo de nuevo. Levante la bocina y solo le colgué. No tenía ánimos de charlar de todo. No tenía mucho tiempo de cualquier manera.
Ayer le hable a mi padre. No me contesto. Sigo pensando en Pepe. Pensaba que seria tiempo de visitar a mi padre. Hace 2 años que lo veo. Hace 6 meses que no hablo con el. No es un viaje tan largo, son solo dos horas. Pero nunca nos damos el tiempo de hacerlo.
Aun quiero una mascota. Pero ya el perro no es una opción. Del gato ni hablar. Quizá un ratón o un perico. Lo que sea para engañar a la soledad. Nunca hemos tenido problemas, ella y yo, pero últimamente se empeña en joderme la existencia. En el piso de arriba, siempre escucho pequeños pasos en el día, un par de niños, en el piso de abajo, por las noches, el chirrido de una cama, un par de amantes. Y yo me engaño aquí en medio, sin niños y sin amantes. Un animal debería funcionar.
Fue un poco caro. Pero creo que fue una buena inversión. Una pecera grande, dos tantos, tantos peces, muchos tantos, comida y demás parafernalia, unos tantos mas. Ocupa toda la vista del departamento. De noche el panorama es hipnótico. Son más de una docena de peces. No escogí dos iguales. Hay de 12 formas diferentes, son 12 tamaños distintos y 12 son los colores.
Se me fue la noche de frente a mis nuevos amigos. Horas y horas, sentado, siguiendo con la vista a cada uno de ellos. Tocando con el dedo para ver si voltean, prendiendo y apagando la luz para ver si los sorprendo haciendo algo, metiendo el brazo en el agua con la esperanza de que se acerquen.
Pero son tan indiferentes, tan enfrascados en su eterna sucesión de moverse de un lado para otro, de permanecer quietos por unos segundo, de subir y bajar, de sacar un poco la cabeza a la superficie. No se si escuchen, no si se ven mas allá de sus narices, no se si sientan, son perfectos, perfectos para mi, no se dan cuenta de nada, solo flotan y se pierden en su limitado espacio de cristal. No les hace diferencia estar ahí o en el mar.
No tienen esperanzas ni sueños.
Debería ponerles nombres. Comencé a bautizarlos. El primero fue fácil, al más grande y gordo le puse Pepe. No puedo dejar de pensar en ese perro. Recuerdo cuando mi padre lo trajo en navidad. Recuerdo a mi madre abrazándolo mientras yo jugaba con Pepe. Nunca se vieron muy felices, de hecho creo que esa fue de las únicas ocasiones donde vi a mi padre sonreír.
Después de nombrar a Pepe las cosas se complicaron. A el le sentaba en nombre, pero los demás no tienen cara de nada. El blanco parece una nube, pero siempre esta en fondo del tanque si moverse mucho. El negro me recuerda una moneda sucia, es redondo y opaco. Y el azul me intriga. Siempre esta detrás de una roca, siempre con los ojos entrecerrados, parece que los vigila, pero no creo que se atreva a juzgarlos.
Los nombre de la manera mas sencilla posible, supongo que ya no tengo 6 años y que mi falta de imaginación ya no esta justificada. Se llaman blanco, negro y azul. Creo que blanco y azul son ellas. a los demás simplemente los enumere. Al final, tenia a Pepe, a blanco (que era ella), negro, azul (que también era ella), cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y douze.
Douze es francés.
Siempre tuve un animal a mi lado. Los recuerdos de mi infancia están basados en eso. Yo y mi perro jugando en mi cuarto. Yo y mi gato escondidos en la cocina mientras mi padre golpeaba a mi madre. Yo con mi ratón en las manos, alejándonos de otro pueblo. Yo y mis mascotas. Les hablaba. De vez en vez me contestaban. El día que deje de tener mascotas, deje de ser un niño. Tenía 16 años y huí de casa.
Quisiera un perro. Seria agradable tener compañía en las noches cuando llego de trabajar. Los perros son fáciles de querer, les encanta el contacto humano y siempre saben responder.
Hoy hable con mi madre. Le pregunte acerca de mi perro Pepe. Dijo que ni siquiera se acordaba de que yo tuviera un perro llamado Pepe. Dure hablando dos horas con ella. No lograba que se callara. Me hablo de lo mismo. De todo. ¿O debería decir de nada?. Odio las conversaciones por teléfono. No puedes ver a la persona a los ojos. Aunque por eso, tampoco me gustan las conversaciones frente a otra persona.
“Hay miradas que matan”. No. Pero hay ojos tan hermosos que es difícil verlos.
Seria un poco difícil tener un perro aquí. El espacio es poco y los vecinos muchos. No puedo de dejar de pensar en Pepe. Mi madre ha decidido fingir demencia. Supongo que mi padre podría decirme, quizá lo visite en el transcurso del año. El perro no es tan buena idea, no tengo espacio donde acomodarlo. Un gato comienza a ser una opción viable. Son más pequeños y limpios. No hacen ruido y pueden estar más tiempo solos. Quizá vayan más con la decoración. Siempre he querido un gato negro.
Me he acostumbrado a la soledad. No es tan difícil lidiar con ella. Las grandes ciudades son como monstruos que se comen a las personas, y las digieren lentamente en algún rincón perdido de uno de los muchos que hay aquí. Las grandes sociedades modernas están hechas para desindividualizar a las personas que ya están solas.
¿ para que dispararle a los muertos?
Ni un gato será. El casero fue muy explicito, tanto como arbitrario. No lo se, quizá motivos cabalísticos, pero “ni una pelo de gato en este edificio!”. Mi madre hablo de nuevo. Levante la bocina y solo le colgué. No tenía ánimos de charlar de todo. No tenía mucho tiempo de cualquier manera.
Ayer le hable a mi padre. No me contesto. Sigo pensando en Pepe. Pensaba que seria tiempo de visitar a mi padre. Hace 2 años que lo veo. Hace 6 meses que no hablo con el. No es un viaje tan largo, son solo dos horas. Pero nunca nos damos el tiempo de hacerlo.
Aun quiero una mascota. Pero ya el perro no es una opción. Del gato ni hablar. Quizá un ratón o un perico. Lo que sea para engañar a la soledad. Nunca hemos tenido problemas, ella y yo, pero últimamente se empeña en joderme la existencia. En el piso de arriba, siempre escucho pequeños pasos en el día, un par de niños, en el piso de abajo, por las noches, el chirrido de una cama, un par de amantes. Y yo me engaño aquí en medio, sin niños y sin amantes. Un animal debería funcionar.
Fue un poco caro. Pero creo que fue una buena inversión. Una pecera grande, dos tantos, tantos peces, muchos tantos, comida y demás parafernalia, unos tantos mas. Ocupa toda la vista del departamento. De noche el panorama es hipnótico. Son más de una docena de peces. No escogí dos iguales. Hay de 12 formas diferentes, son 12 tamaños distintos y 12 son los colores.
Se me fue la noche de frente a mis nuevos amigos. Horas y horas, sentado, siguiendo con la vista a cada uno de ellos. Tocando con el dedo para ver si voltean, prendiendo y apagando la luz para ver si los sorprendo haciendo algo, metiendo el brazo en el agua con la esperanza de que se acerquen.
Pero son tan indiferentes, tan enfrascados en su eterna sucesión de moverse de un lado para otro, de permanecer quietos por unos segundo, de subir y bajar, de sacar un poco la cabeza a la superficie. No se si escuchen, no si se ven mas allá de sus narices, no se si sientan, son perfectos, perfectos para mi, no se dan cuenta de nada, solo flotan y se pierden en su limitado espacio de cristal. No les hace diferencia estar ahí o en el mar.
No tienen esperanzas ni sueños.
Debería ponerles nombres. Comencé a bautizarlos. El primero fue fácil, al más grande y gordo le puse Pepe. No puedo dejar de pensar en ese perro. Recuerdo cuando mi padre lo trajo en navidad. Recuerdo a mi madre abrazándolo mientras yo jugaba con Pepe. Nunca se vieron muy felices, de hecho creo que esa fue de las únicas ocasiones donde vi a mi padre sonreír.
Después de nombrar a Pepe las cosas se complicaron. A el le sentaba en nombre, pero los demás no tienen cara de nada. El blanco parece una nube, pero siempre esta en fondo del tanque si moverse mucho. El negro me recuerda una moneda sucia, es redondo y opaco. Y el azul me intriga. Siempre esta detrás de una roca, siempre con los ojos entrecerrados, parece que los vigila, pero no creo que se atreva a juzgarlos.
Los nombre de la manera mas sencilla posible, supongo que ya no tengo 6 años y que mi falta de imaginación ya no esta justificada. Se llaman blanco, negro y azul. Creo que blanco y azul son ellas. a los demás simplemente los enumere. Al final, tenia a Pepe, a blanco (que era ella), negro, azul (que también era ella), cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y douze.
Douze es francés.
Debería llamar a mi padre. Pero como dije, nunca nos damos el tiempo de eso. Siempre estamos enfrascados en el yo. ¿Que son tan solo 5 minutos?. Mucho aparentemente. Hoy vi a un niño jugando con un perro en el parque. Los niños son fáciles de identificar, no me guío por el tamaño, lo noto en los ojos. Son claros y brillan. ¿Por qué son de niño?. Contrasta terriblemente con los míos cuando los veo en el espejo. Opacos y nebulosos.
Cuando llegue a casa no quise darle oportunidad a la soledad de que irrumpiera. Prepare la cena y me senté de frente a mi pecera. Azul parecía la única dispuesta a charlar. Le conté de mi día, sin entrar en muchos detalles hablamos de mi madre, nos burlamos de los vecinos y recordamos a Pepe.
Este año visitare a mi padre, ya son casi 3 años que no lo veo, mas de siete meses que no le hablo y 6 semanas que no se de el. No es un viaje muy largo, le alegrare el día y sabre que fue de Pepe. Quizá visitemos al tío Skip. No le diré a mi madre que iré.
Frente a la pecera me quede dormido, Azul velo mis sueños, desde su roca y con sus ojos entrecerrados, salio un poco y pude verlos por completos…
El teléfono me despertó. Era mi madre que se oía mas humana que nunca. La conversación fue corta. No hubo necesidad de hablar de todo.
Mi padre murió en la noche, ni siquiera recuerdo los detalles. Colgué el teléfono y me derrumbe en la silla. Azul me veía con sus ojos entrecerrados desde su roca.
Recordé lo que mi padre ya me había dicho de Pepe. El perro había muerto arrollado por un automóvil y mi padre se había encargado de llevarse el cadáver lejos. Me dijo que Pepe se había ido con el tío Skip, por que le iba a ayudar a cuidar la granja. Le pregunte si podíamos visitarlo y me rodeo con el brazo, sonriendo como en aquella navidad.
(final editado)